martes, 7 de septiembre de 2010

La Huida

Con el cuerpo deforme y musculoso que esta realidad me tiene reservado, decidí darme una ducha de agua fría que despertara todos mis sentidos y me dispusiera del mejor modo posible para la investigación que seguramente me tendría horas, días recluída. Pensé que el agua helada era la mejor opción para despabilar sentidos, y que si me había esforzado tanto haciendo ejercicio hasta alcanzar un cuerpo de tales dimensiones, entonces seguramente estaría acostumbrada a soportar grandes esfuerzos y demás incomodidades, cómo no toleraría una simple ducha de agua helada? Así que confiada, me metí de lleno bajo el chorro de agua helada. Mala idea. El agua estaba realmente congelada, así que con rapidez hice enroque de canillas, abriendo a full la caliente y cerrando a la vez la fría, con tanta mala suerte que el primer chorrito caliente cayó con fuerza sobre el cuero cabelludo, protegido por los escasos pelos que quedaban en mi cabeza, y el dolor fue tal que enseguida me fui con todo el cuerpo para atrás, como escapando del agua caliente que caía, pero al hacerlo, trastabillé de modo tal que caí al piso llevándome conmigo la cortina de la ducha. Parecía que nada en esta realidad resultaría simple.

La caída dejó como secuelas un moretón enorme en el cachete izquierdo de mis asentaderas y un corte no profundo pero considerable en mi codo derecho. Lo primero, ponerme de pie con un rosario de quejidos acompañando cada movimiento. Entrar en la ducha, nuevamente, ya sin cortina ni nada, sólo para enjuagarme así no más, una vez que logré, bien lejos del chorro, que el agua saliera a temperatura templada. Después de secarme comencé la búsqueda de algo que sirviera para tapar el corte del codo y, de ser posible, alguna crema que aliviara el golpe del trasero, que ya estaba comenzando a hincharse. Lo primero a lo que atiné es a revisar el armarito del baño, supuse que en ésta y en cualquier otra realidad, de guardar gasas, algodón, alcohol, curitas y demases para dolores y cortes, seguramente los guardaría en un botiquín o armarito en el baño, pero qué sabía yo, después de todo? Así que sin demasiadas expectativas, abrí el armarito, y para mi sorpresa, un arsenal de ungüentos, gasas, cintas adhesivas, píldoras y calmantes me llevaron al edén de los músculos golpeados. Y claro, con semejante cuerpito que me había echado, gasas, vendas, y cremas para dolores musculares era lo mínimo que podía tener. Así que desinfecté la herida, la cubrí con gasa y cinta, y así por pura casualidad, descubrí un frasquito misterioso con dosificador, que contenía un líquido transparente y cuya etiqueta me llamó poderosamente la atención: “SOLO POR DESESPERACIÓN”, se leía en letra imprenta. La letra, era bastante parecida a la mía, aunque también podía haber sido de cualquier otro, y la leyenda era algo que perfectamente podría haber escrito yo, siempre extremista y dramática, sea en la realidad que fuera. Por un momento me quedé paralizada, con la vista fija ante semejante descubrimiento. A qué clase de desesperación aludía la etiqueta? Imposible saberlo. Todo este asunto estaba volviéndose cada vez más escabroso. Sin tomar ninguna decisión, tomé el frasquito y salí del baño. Me vestí con unas babuchas circenses, de muchos colores y dudoso gusto, una remera amplia, y fui a la cocina a prepararme un café con leche, con un poco de cafeína en la sangre, supuse, podría comenzar a ver las cosas con mayor claridad y retomar mis investigaciones. Para mi asombro, (aunque a esta altura ya pocas cosas podían asombrarme), tras revolver todas las alacenas, no encontré por ninguna parte un frasco de café decente, todos eran descafeinados, se podía ser tan distinta en otra vida? Así estaba, a las puteadas, cuando el sonido del timbre me sacó de mis pensamientos. Por un momento no supe qué hacer. Estaba todo demasiado patas para arriba, hacía un día no más, yo era yo, y no otra, y acababa de volver de mis vacaciones con calavera. Tras dormir una noche, nuevamente había despertado en el cuerpo de otra yo, había sufrido una caída que casi me rompe la crisma, y había corroborado que el cambio de latitud de mis vacaciones me había mantenido en mi realidad, para volver a sacarme de ella de un tirón apenas volviera. Para colmo de males, de calavera ni noticias. Además de eso, no había averiguado mucho, salvo que todo este asunto de los viajes era mucho más complejo de lo que podía imaginar, y sin tener la completa seguridad, comenzaba a intuir que mi vida corría peligro. En esos pensamientos estaba cuando decidí que lo mejor era atender el portero, cualquier cosa podía servir como pista que me guiara sobre cómo continuar con todo esto. Al preguntar por el portero eléctrico quién llamaba, reconocí la voz del viejito hippie que había venido aquella mañana, (parecía que había pasado una eternidad ya!), con la joven de overol y me habían hablado por primera vez de la CSS. Si bien ya nadie me parecía demasiado confiable, incluso en su primera visita me había sentido intimidad por ellos, algo en mi tendió a confiar, y cuando estaba a punto de tocar el botón para que entraran, escucho un “Cuidado!” un poco más lejano, seguramente de la joven, un sonido como de disparo y un quejido después. No me quedé a escuchar nada más. Ya todo esto estaba pasando de castaño a oscuro. Saltar de una realidad a otra, era una cosa, que la gente se muera de un balazo en la puerta de mi casa era otra muy distinta. Así que comencé a correr. Con una agilidad suprema trepé de un tranco la escalera caracol, llegué a la terraza, y sin frenarme por ningún obstáculo comencé a saltar por las terrazas vecinas. Ya antes de llegar a la terraza de mi casa había escuchado como rompían la puerta y entraban de prepo varias personas, y si bien no volví a echar la vista atrás, sabía que estaban persiguiéndome, acechándome. Yo sólo podía correr, y eso hico. Por los techos vecinos primero, por subtes y pasadizos después, pero corrí, corrí, corrí con un afán y una destreza que no me llamaron la atención hasta que, en plaza San Martín, me tiré bajo la sombra de un árbol a descansar. Entonces comprendí que la huída que había protagonizado no era normal, sólo una persona acostumbrada a huir podía hacerlo con la maestría que había desplegado. Y comencé a pensar que este cuerpo no era sólo producto de un extraño interés por desenvolverme en las artes de la acrobacia. Parecía que toda yo estaba preparada para huir. Quién era yo realmente? De qué estaba huyendo? Y lo más importante, hacía cuánto que huía? Me dolía la cabeza, el corazón latía agitadamente dentro de mi pecho, y entonces, del bolsillo de la babucha circense asomó el frasquito con la leyenda “SOLO POR DESESPERACIÓN”. No sabía a qué me había referido con esas palabras, ni siquiera sabía si había sido yo quién las había escrito, pero este era un momento de desesperación, de eso estaba segura, y si la letra era mía, tenía que confiar en mi. Claro que podía ser que la letra no fuese mía, pero prefería ni pensar en eso. Algo tenía que hacer, no se me ocurría nada, y estaba claramente desesperada. Luego de unos segundos de sostener el frasquito entre mis dedos, sin pensarlo más, lo abrí y con el dosificador eché unas cuantas gotitas debajo de la lengua. Y lo tragué. En mi mente rebotaban las palabras “SOLO POR DESESPERACIÓN”