miércoles, 28 de julio de 2010

07/4 Casi - Casi II De vuelta a Cuzco

A las 8 de la mañana, y después de dar vueltas y vueltas en la cama, de a uno, nos fuimos levantando. A los 4 nos había pasado lo mismo, desde hacía 2 horas estábamos despiertos, sin poder conciliar el sueño, expectantes a cualquier ruido que indicara que alguien se acercaba para despertarnos anunciando la feliz noticia de que nos íbamos.

Pero nada…

Ningún sonido tras la puerta, ningún paso acercándose. Lo único que se oía era la lluvia, que suave, no había parado de caer en toda la noche, complicándolo todo aún más.

Para las 8 de la mañana, ya nuestros cuerpos entumecidos por los nervios, no aguantaban más. Así que nos levantamos, de a uno, e hicimos todos el mismo recorrido, primero al baño a lavarnos los dientes, y luego agolparnos todos frente a la ventana a ver caer la lluvia.

Lo peor que nos podía pasar, era tener que quedarnos ahí un día más, con todo lo que eso traía aparejado, y que en principio, no resultaba gracioso para nadie, pero en el caso de los chicos, más que eso, no iba a pasar. En nuestro caso, en cambio, la cosa se agravaba, al día siguiente a las 8 de la mañana, salía nuestro avión para La Paz, nosotros DEBIAMOS abandonar Santa Teresa ese día.

Después de clavarnos mirando hacia fuera por la ventana, después de organizar nuestras cosas, después de ponernos más o menos en condiciones a nosotros mismos, ya no nos quedaba nada más por hacer en la habitación, así que nos fuimos, y encaramos para el restaurante donde esperábamos encontrar a Flora y a las buenas noticias.

Con la parsimonia esa que ya nos estaba impacientando, Flora nos dijo que no nos preocupáramos, (ya era tarde para esa recomendación), y que ella nos avisaría cuando apareciera una combi que podía trasladarnos al lugar del derrumbe. Como a esta altura ya no creíamos en espejitos de colores, la obligamos a que nos dijera cuánto tiempo debíamos esperar, hasta qué hora debíamos esperar, “un rato”, a esta altura de los acontecimientos, nos parecía un dato demasiado incierto. Así logramos robarle un “hasta el mediodía”, y con esa respuesta nos conformamos… por un tiempo.

Desayunamos, recorrimos un poco el lugar, y tratamos de divertirnos, aunque sinceramente, ya nos costaba un poco, el miedo a perder el avión lo ensombrecía todo.

Ya pasadas las 11 de la mañana, sin moros ni combis a la vista, y con la experiencia que veníamos acumulando, volvimos a buscar a Flora. Nuestra desesperación era tal, que no pudo más que hacerse cargo de la situación y comenzó a hacer llamados. Ahí se contagió la desesperación que nos invadía, tampoco ella parecía ahora encontrar respuestas. Y nuevamente el panorama se nos tiñó de un negro profundo.

Ya bastante después del mediodía, consiguió dar con una combi que iba a trasladarnos hasta el lugar del derrumbe, e intentó hacer lo que todos venían haciendo, “del otro lado del derrumbe, va a ver un tal Daniel que tiene una combi que los va a llevar a Cuzco”, pero en todo este tiempo, algo habíamos aprendido, así que le rogamos a Flora que viniera con nosotros, cruzara el derrumbe con nosotros, y nos despidiera con la mano una vez que nos viera arriba de la combi del tal Daniel. Por suerte, accedió a nuestros ruegos, sino, no nos hubiese quedado otra opción más que secuestrarla…

Llegó la combi, nos subimos, y en silencio viajamos hasta la zona del derrumbe. De día, todo se veía con otra claridad, y esa claridad anunciaba la locura que estábamos por cometer. Los trabajadores, intentaban allanar el camino con sus máquinas, y en la faena, montones de piedras caían desde lo alto de la montaña para estrellarse contra el derrumbe o seguir precipicio abajo. Un montón de gente intentaba cruzar tanto de un lado como del otro, y en ambos lados, los choferes, al lado de sus camionetas, observaban divertidos la odisea que todos, atemorizados, debíamos enfrentar.

Los que dirigían el “operativo cruce loco y peligroso”, a la voz de “YA”, daban la orden para que comencemos a cruzar. Yo no puedo explicar lo que fue eso, lo recuerdo y se me erizan todos los pelos. No sólo no era sencillo caminar por ahí, no sólo existía el riesgo de dar un mal paso y caer precipicio abajo, además las piedras no cesaban en su caída. Y los gritos de todos ordenando que nos apuremos, sólo lo empeoraba todo. Fue horroroso, de verdad, sentí miedo, mucho mucho miedo, no podía dejar de pensar en que estaba exponiendo mi vida de un modo tonto e inconciente, y lo peor del caso, es que no dejaba de tener conciencia de lo peligroso que era. Recé, mucho, a lo largo de toda esa caminata, y sentí mucha culpa también por estar comprometiendo mi vida de una manera tan pava, y si me caía? y si me caía una piedra en la cabeza? Listo, así no más, “un día se fue de vacaciones y nunca más volvió” Ya me imaginaba las noticias en “Una turista argentina muerta en Machupicchu mientras intentaba cruzar un camino desmoronado” Horrible, horrible final. Una piedra en la cabeza, un paso mal dado y chin pun, c´est fini!

Si a lo largo de este viaje había temido por mi vida, de pronto todo aquello me pareció un juego de niños, esta vez me las vi negras de verdad. Fui la última en cruzar, de los cuatro, evidentemente los otros o eran más corajudos o más inconscientes, no lo se, pero una vez que llegué del otro lado, no pude contener las lágrimas. Durante el cruce, varias veces estuve tentada de volver hacia atrás, pero el riesgo era el mismo para un lado como para el otro. Una parte creí que no iba a lograr cruzarla nunca, que me iba a quedar ahí, trabada sin poder avanzar, pero lo hice, en cuatro patas, pero logré llegar del otro lado… Nunca más, por favor, nunca más una cosa así!!!!!!!!!!!!!

Del otro lado, estaba calavera esperando que me agarró fuerte y me contuvo como pudo. Y también estaba Flora, que con casi el mismo miedo que yo había logrado cruzar. Entonces comenzó la siguiente lucha, encontrar a ese tal Daniel que nos iba a llevar hasta Cuzco. El tema, aparentemente, era que nadie quería hacer el trabajo de nadie, y menos gratis. Nosotros teníamos la vuelta paga, por supuesto, pero de los que nos tenían que llevar, ni rastros. Flora tuvo que pedir por favor, y comprometerse ella con pagarle al chofer en el supuesto de que en Cuzco, la empresa que habíamos contratado, no quisiera pagarle, y después de promesas y súplicas, por fin Flora logró su cometido y nosotros logramos 4 lugares en la combi.

UFFF!!!!!!!!!! Nunca un regreso se me había hecho tan cuesta arriba, aunque este también había tenido bastante de cuesta abajo.

Ya en la combi, una vez que todo lo peor había pasado, pudimos relajarnos y descansar pensando que al día siguiente, a esa hora, ya habríamos dejado Perú.

Y comenzó el retorno. Además de nosotros 4, viajaban un grupito de gringos todos rubios, altos, atlético, (qué comen los gringos? por qué todos parecían ser rubios, altos y atléticos???). Sin posibilidad de establecer contacto, (a esa altura, mis neuronas ya no hacían sinapsis, intentar hablar en otro idioma hubiese sigo una tarea titánica y no tenía fuerzas para enfrentarla), el regreso comenzó callado. Pero, así como después de la tormenta viene la calma, también hubo calma antes de la tormenta, así que este silencio que parecía inalterable, de pronto se vió absolutamente interrumpido, en medio del camino, nos topamos con un camión que tenía toda la cabina cayendo montaña abajo, y era sostenido por detrás por varios hombres que, con cuerdas, se esforzaban en no dejarlo caer. Increíble! En mi vida había visto cosa igual, salvo en las películas, claro, pero así, en vivo y en directo, jamás! Entonces la combi estacionó a un costado, y el chofer bajó y pidió socorro a calavera y Juan y al grupito de gringos rubios y atléticos. Por suerte, entre todos y a la voz de “tiren tiren” lograron subir a tierra firme al camión trapecista. Esta pequeña aventura, además de hacernos sentir en una película por 5´, le inyectó un poco más de bullicio a este viaje silencioso. Pero la emoción no duró mucho más, un ratito después, de a uno, íbamos cayendo en un sueño profundo…


Alrededor de las 19 hs. aproximadamente, llegamos a Cuzco.

Qué felicidad! Qué alegría! Qué contentura!

Lo primero que hubiésemos hecho, en circunstancias normales, hubiese sido volver a la agencia donde habíamos contratado la excursión, contar lo bien que la habíamos pasado, y devolverles la mochila que tan gentilmente nos habían alquilado. Pero las circunstancias distaban mucho de ser las normales, y lejos de agradecerles, queríamos pegarles por haber teñido nuestra excursión, que debió haber sido perfecta, de tantas cosas desagradables. Así que sin siquiera tener que charlarlo, con la mirada, calavera y yo decidimos cobrarnos con la mochila el mal trago que nos habían hecho pasar.

Ceci y Juan nos apoyaron un 100 % en nuestra decisión, y en una esquina nos despedimos de los chicos, cada cual debía volver a su hostel a reencontrarse con sus cosas y, en nuestro caso, prepararlo todo para viajar mañana, pero quedamos en volver a encontrarnos para cenar juntos.

Así que nos alejamos, y calavera y yo fuimos al hostel. Ahí nos enfrentamos a otra tormenta, la nuestra, la de Calavera y Jimena Luján. Un garrón! Aunque ahora me parece inevitable, después de todas las peripecias que habíamos vivido…

Así que así fue, nos gritamos un poco, pero después pudimos hablar otro poco, y finalmente nos arreglamos.

UFFFF! MUCHO! TOO MUCH!

A la noche, nos encontramos con los chicos, fuimos a comer pollo con ensalada y papas fritas, comimos como caballos y después a un bar a tomar un par de birras.

Nos despedimos pasándonos teléfonos, y ahora si, cada uno volvió a su hostel.

Casi sin poderlo creer, esa noche, al apoyar la cabeza sobre la almohada, caí rendida en un sueño profundo y placentero, por fin la pesadilla había terminado, sólo quedaba espacio para el sueño más dulce y placentero…

martes, 27 de julio de 2010

6/4 El comienzo del fin

Dormimos como angelitos, toda la noche, con la tranquilidad de la misión cumplida.

Como teníamos que dejar la habitación antes de las 10 de la mañana, pasó Alex a buscarnos, nos entregó a cada uno el ansiado boleto de tren y nos citó en un punto donde debíamos encontrarnos a las 12 para que nos llevara a tomar el tren.

Pero aún faltaba para las 12 y ya teníamos que abandonar el hotel, así que nos fuimos los 4 a desayunar. Nos sacamos fotos, una vez más recordamos los sucesos vividos hasta el momento y pudimos reirnos de cada uno, ya el viaje estaba llegando a su fin, sólo nos quedaba volver…

A las 12 nos reencontramos con Alex que nos acompañó a tomar el tren. Ahí nos despedimos, le agradecimos eternamente que se hubiese comportado tan bien con nosotros y no nos hubiese dejado de garpe como venían haciendo todos sistemáticamente, y le pedí mil veces perdón por lo mal que le había hablado el día anterior.

Y así, con un gran abrazo y un apretón de manos, nos subimos al tren.

Ya sabíamos lo que se venía, esa larga hora de caminata hasta llegar a la tirolesa, y ahí la larga cola hasta finalmente cruzar al otro lado. Además de la gente que viajaba en el tren, estaban los muchos que habían salido bien temprano en la mañana para hacer el recorrido del tren caminando, así que suponíamos que la cola para cruzar el río en tirolesa iba a ser inmensa. Por eso, entre los cuatro, planeamos la siguiente estrategia: ni bien frenara el tren, calavera y Juan tomarían la delantera, y Ceci y yo iríamos más tranquis, cosa de llegar a la tirolesa y que ellos ya estuvieran más adelantados haciendo la cola, y ser de los primeros en cruzar, y encontrarnos rápidamente con el guía que estaría del otro lado esperando por nosotros... si, otra vez, ni yo misma puedo creer que hayamos caído otra vez en la misma trampa, pero vayamos por partes…

La fabulosa idea que se le ocurrió a calavera, fue que llevara yo la mochila más pesada. Vale aclarar que en el viaje de ida la cargó él y despotricó a lo largo de todo el viaje. Un poco para no oirlo despotricar más, otro poco porque la idea era que ellos se adelantaran, pero sobre todo para no oirlo más, cerré trato, “además, -pensé-, ahora nos queda la mejor parte, si esta caminata de ida fue en subida, ahora nos toca en bajada” pero la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida…

Una vez que frenó el tren, los chicos, como habíamos quedado, tomaron la delantera, y nosotras, yendo a paso firme, los seguíamos por atrás. Un primer tramo fue normal, hasta que llegamos al momento en donde debería comenzar la bajada para nosotros. Ese camino que hicimos a la ida que bordeaba el río, lo pudimos hacer porque era domingo y no había nadie trabajando, pero en realidad, es un camino cerrado, el camino que hay que tomar es por la montaña, y como era día de semana y la gente estaba, obviamente, trabajando, no nos dejó pasar y todos debimos tomar el camino de la montaña, MALDICIÓN!!!!!!!!!!!!!

Sentí que el mundo se me caía a los pies… se estrellaba contra el piso y se rompía en mil pedazos.

La mochilota ya no la soportaba más sobre las espaldas, cada 2x3 paraba Ceci a preguntarme si andaba bien, porque mis ojos inyectados en sangre y mi respiración de caballo agitado indicaban todo lo contrario. Y claro! Si a calavera le pesaba la mochila, qué se podía pretender de mi??? Sin mencionar que venía de una seguidilla de dejarme kg en el camino porque para qué cargarlos, no? Y en medio de la montaña! No sólo había subidas por doquier, sino que el camino no era fácil, (bah, no había camino), era peligroso, te podías caer… un garrón!

Lo admito, tenía ganas de asesinar a calavera. Sólo me calmó un momento en que Ceci me ofrece agua, yo le agradezco, pero ya estaba destapando la botella que cargaba yo, y en ese momento, Ceci se aviva que toda el agua con que contábamos, la teníamos nosotras. En ese momento, una breve sonrisa asomaba a mis labios…

Ya nos contarían después los chicos que les pasó más o menos lo mismo, en un momento, Juan le pide a calavera un poco de agua, y calavera le dice que la cargaba yo, y se lamentaron y putearon en todos los idiomas. Y bueno, chillá calavera, chillá, varios mts atrás estaba yo chillando de lo lindo también…

Caminamos, caminamos y caminamos.

Hasta que finalmente, con el último suspiro llegamos al tramo final donde debíamos, también por la montaña, comenzar a bajar para llegar hasta la tirolesa. Ahí lo encontramos a calavera que estaba indicando el lugar por donde debíamos bajar, ya más adelante estaba Juan.

Al verme, desfigurada, desarmada, desencajada, desesperada y todas las “ada” posibles, intentó tomar la mochila para cargarla él. No fue necesario que mediara palabra, mi mirada lo dijo todo. Creo que esa vez no lo tiré barranco abajo porque no tenía fuerzas suficientes… pero lo hubiese tirado.

Por suerte, Juan estaba bien adelantado en la cola, así que prontito cruzamos al otro lado. Como cada vez pueden cruzar sólo 3, yo crucé con los chicos, no quería ni compartir la tirolesa con calavera!

Ya del otro lado, una vez que me compuse un poco, todo volvió a tomar un tono más ameno. Ahora debíamos esperar que Miguel, así nos había dicho Alex que se llamaba el guía con el que nos debíamos encontrar, nos pasara a buscar con la combi y emprendiéramos el regreso a Cuzco

CRI CRI CRI CRI

Nos reímos, charlamos, almorzamos atún con queso y galletitas y esperamos, esperamos y esperamos.

Esperamos hasta que nos empezamos a preocupar, podía ser que nuevamente nos hubiesen dejado varados???????? Y si, podía ser…

El tiempo pasaba, los grupos enteros cruzaban y los veíamos irse en sus combis con sus guías, -qué envidia!- pero nadie acusaba el nombre de Miguel, nadie sabía dónde estaba ni quiénes éramos nosotros ni qué teníamos que hacer. Como estábamos en el medio de la nada, y no faltaba mucho más para que comenzara a oscurecer, decidimos tomar un taxi hasta Santa Teresa, y ver ahí qué corno podíamos hacer.

Con toda la bronca del mundo nos subimos a un taxi, y una vez en Santa Teresa, comenzamos a averiguar qué hacer.

Los chicos intentaban comunicarse con su agencia, calavera y yo intentábamos que una combi nos llevara de regreso, sin que nos cortara la cabeza. En eso estábamos con uno de los guías que se creía el rey teniéndonos en sus manos, hasta que llegaron los chicos diciendo que habían hablado con su agencia, y que esa combi que pretendía cobrarnos el pasaje era la que nos tenía que llevar de vuelta. Les habían dicho que había 4 pasajeros que no formaban parte del tour que estaban trasladando a quienes tenían que buscar, pero en ningún momento se les ocurrió hacer 2+2 son 4 y pensar que esos 4 que tenían que llevar éramos nosotros 4, no en ningún momento se les ocurrió, ni tampoco estaban muy preocupados por esos 4 que debían llevar y no estaban llevando. Según nos dijeron, nos buscaron del otro lado de la tirolesa, y como no estábamos, se fueron. No me consta que nos hayan buscado, de verdad que fuimos de los primeros en cruzar, y vimos irse a un montón de camionetas, y a nadie vimos que nos buscara. Pero de todos modos, no nos esperaron, y eso no está bien, no?

Por suerte dimos con ellos en el restaurante donde habíamos parado a la ida para almorzar, y ahí estuvimos un rato largo, luego, ese rato largo ahí lo pagaríamos caro.

Todos nos subimos a la combi y parecía que ahora si la odisea había terminado. Pero al llegar al lugar que tuvimos que cruzar a pie a la ida, la combi se frenó: el camino estaba 100000000000 veces peor que la primera vez que lo cruzamos. Con el agravante de que ya estaba oscuro, (esto por la demora en el restaurante, demora que todo el pasaje les echaría en cara: "nos tuvieron una hora ahí, para que consumamos, para que gastemos, y ahora, de noche, no se puede cruzar, si no hubiesen sido tan codiciosos..."),así que no se veía nada. La gente que estaba trabajando en el lugar, nos prohibió cruzar, (a pie, claro, en combi era imposible). Así que el guía, al enterarse de esto, subió a la combi a avisarnos que debíamos pasar la noche en Santa Teresa. Muchos de los que viajaban tenían avión para el día siguiente, lo que significaba que este retraso les haría perder el vuelo, pero no parecía que hubiese demasiadas alternativas.

Así las cosas, lo que les empezamos a decir, es que nos garantizaran alojamiento y comida. Ahí la cosa se puso peliaguda.

La gente que estaba trabajando en el derrumbe, tras delimitar la zona con una franja de seguridad que prohibía su cruce, se fue. Y los guías entonces, no tuvieron mejor idea que cortar la franja, (esto no es un delito???!!!), e instarnos a cruzar a oscuras un camino que se venía abajo y que teníamos prohibido cruzar. Por suerte, todos estuvimos de acuerdo en no hacerlo, salvo una señora que también tenía vuelo al día siguiente y no pensaba perderlo. Pero el resto, nos mantuvimos firmes. Una pareja de españoles que también debía volar al día siguiente, a voz en cuello pregonaba “que no he venido al Machupicchu a dejar la vida” Y tenían razón, yo tampoco había ido a Machupicchu para caerme de cabeza por un barranco desmoronado.

Y nos tuvieron que llevar de vuelta a Santa Teresa.

No se si es verdad eso de que Dios aprieta pero no ahorca, o eso de que todos contamos con un ángel protector, pero la cuestión es que, dentro de todos los garrones que nos tuvimos que comer, siempre encontramos una forma de solucionarlo o dimos con una persona que piadosamente nos ofreció su ayuda. Y así como Alex nos salvó en su momento, ahora Flora, la dueña del restaurante de Santa Teresa, no se por qué, pero nos dijo que nos tenía a su cargo y que se iba a ocupar de nosotros. Nos dio alojamiento, comida, y nos aseguró que al día siguiente nos iría a buscar al alojamiento en cuanto nos encontrara un lugar en alguna combi que nos llevara de vuelta a Cuzco.

Bueno, mañana veríamos qué haríamos, (ya eso de “yo te lo resuelvo todo” no se lo creíamos a nadie), en principio, teníamos comida y dónde pasar la noche, ya era algo…

Una vez más, y tratando de olvidar lo pasado y enfrentan con fe lo que faltaba, comimos, tomamos cerveza, charlamos y nos reímos.

Y luego, los 4 a una de esas habitaciones multitudinarias de los hostels, pero a esa altura, qué me importaba? Podía dormir parada en la plaza del pueblo!

domingo, 18 de julio de 2010

05/04/2010 MACHUPICCHU

De pronto, unos golpes secos, graves, me sacaron de un zarpazo del sueño profundo en que me había dejado caer, eran los insistentes golpes a la puerta de la recepcionista del hotel que nos avisaba que ya eran las 4 de la mañana. “Las 4 ya?!” Grité mientras de un salto salía de la cama, y a los gritos despertaba a calavera, que seguía navegando en las aguas de un sueño remoto, “dale que ya son las 4, a las 4 se iba el micro, ya son las 4, dale, dale, dale” eternamente insistente mientras me ponía una calza con una mano y guardaba el sepillo de dientes con la otra, “levantate que nos despertaron tarde, la puta madre, otra vez caminar 3 horas no!” “no se van a ir sin nosotros”, me respondió el iluso, yo, en cambio, no dije nada, sólo lo miré, con ojos inquisidores…

Dos minutos después, corríamos por la calle con los cordones sin atar y la mochila a medio cerrar.
Pero por suerte, ahí en el punto de encuentro, estaban todos aún, esperando, y así seguimos, esperando, por un rato más… Pero la espera se vió interrumpida cuando, por ahí, escucho algo así como que estaban entregando los boletos del tren para el día siguiente. Me acerco y pido los nuestros, pero no estábamos en la lista, (ya empezamos con las listitas!). Los estaba repartiendo el guía que se encargaría de nosotros desde que, esa misma tarde, volviéramos de Machupicchu. Así que me acerqué, y volví a pedir nuestros boletos. Ante la insistencia sobre eso de que no estábamos en la listita, saco el baucher le muestro como sí teníamos los boletos, así que un comino me importaba a mi la bendita listita, perdiendo absolutamente la compostura, (recordemos: venía descompuesta desde Copacabana!), le dije un par de cositas más también, pero conseguimos nuestros boletos… yo otras 7 horas no volvía a caminar ni en trance! Pero al pobre chico lo traté pésimo, y sería el único que nos daría una mano después…

Una vez apaciguada la tormenta de boletos pasajeros, vemos llegar a Ceci y Juan, la parejita de argentinos copados, que venían caminando de lo más campantes. Y así, calavera, con expresión triunfal en el rostro, me demostraba que había exagerado un poco con el apuro…

Un rato después, ya subidos al micro con destino a Machupicchu, y mientras desayunábamos una barra de cereal y un jugo que nos habían dado dentro de una bolsita a modo de vianda, nos pusimos a charlar con Ceci y con Juan y pegamos una onda increíble, y qué suerte! aún no sabíamos todo lo que nos faltaba compartir…

Llegamos a Machupicchu súper temprano, ni siquiera había abierto aún. Las entradas ya las teníamos, así que sólo debíamos hacer la cola para registrarnos, porque todos los que entran en Machupicchu deben registrarse, con número de DNI, para tener contabilizado el número de gente que ingresa, porque hay un tope determinado.

Y entramos…



No tengo palabras…



Una vez más, todo lo que habíamos padecido, la odisea atravesada, todo pasaba a segundo plano ante la inmensidad de la recompensa, hasta lo volvía un poco más místico todo…



Es inmenso, es bellísimo, es realmente sorprendente. Ni bien entras, lo que se ve es la imagen más conocida que todos tenemos de Machupicchu, y ahí nos sacamos mil fotos!!! Con la tecnología que es una cosa que no se puede creer, con la que no me amigo, pero que respeto, eso de tener la posibilidad de ver la foto en el mismo momento en que la tomás, y eso de poder sacar 1000 es fantástico! Y me pasó algo increíble, calavera me sacó la foto y cuando la vi, ni ahí mismo me lo podía creer, estaba ahí, me veía ahí, pero al ver la foto, me parecía que estaba photoshopeada, no lo podía creer, todavía no puedo creer que estuve ahí…

Pero ahí estábamos. Amoroso nos citó a todos a determinada hora para hacer la recorrida guiada, pero hasta ese momento, teníamos el tiempo libre. A recorrer entonces! Y estuvimos haciendo turismo los 4 juntos, Ceci, Juan, calavera y yo.

Cuando se hizo la hora señalada por Amoroso, fuimos al punto de encuentro, pero a la cita sólo acudimos nosotros 4 y Amoroso, se ve que los otros 6 que habían caminado por horas la noche anterior con nosotros, seguían muy furiosos con el chabón, y tenían razón, no es que nosotros no lo estuviéramos, es sólo que no nos queríamos perder las explicaciones… Así que lo que siguió fue la visita guiada que nos hizo Amoroso. Fue súper interesante, además me parece que Amoroso lo contaba y explicaba todo muy bien. Es inimaginable la organización, lo adelantados que estaban, los conocimientos que tenían… una cultura inmensa. Y como Amoroso era descendiente directo de los Incas, (o al menos eso nos dijo, y yo le creo), lo contaba de un modo especial, y dando siempre un condimento personal que sólo engrandecía todo. Así que no me arrepentí de haber tomado su guía, al contrario, cuando estaba a punto de amigarme con él, de casi quererlo un poco, calavera me cuenta que, cuando terminó de hacernos la visita a nosotros, una colega que estaba ahí le preguntó: “pero ya la terminás?” “si, ya está, les hago hasta acá”… Lo que más bronca me dió fue saber que me estaba haciendo perder un montón de cosas que me encantarían que me contaran como todo lo demás que me habían contado! Pero bueno, es así, qué se yo… es duro saber que eso de “hermanos latinoamericanos” es una mentira, tanto de un lado como de otro, no? es feo darse cuenta de que el sueño no fue posible, de que el sueño no es posible…

Cuando Amoroso decidió terminar con la visita guiada, también terminó con nosotros, y nos encomendó en las manos de Alex, el guía con el que me había carajeado a la mañana.

Adiós Amoroso.

Y los 4 seguimos recorriendo Machupicchu a nuestras anchas, y a nuestras largas también! Qué lugar inmenso, por Dios! Me impresionó ver a mucha gente que pareciera que suele ir a visitar las ruinas, que va a meditar, que se lleva una sillita y elige un lugar y se queda horas, otros que van con súper cámaras con trípode y todo, y las colocan en un lugar y también se pueden quedar horas. Otros van con un pañuelo o algo así, para poner en el piso, y arrodillados, meditan, o hacen TAI-CHI… La sensación era como que la gente esta, VIVIA, RESPIRABA Machupicchu… o algo así. Y por supuesto, esta gente, (en su mayoría, personas mayores), no llega a Machupicchu cruzando en tirolesa, eh!

Dicen que Machupicchu tiene poderes curativos, que tiene una energía muy especial… Yo no se nada de nada, lo único que puedo decir, es que a mi Machupicchu me curó. Después de Machupicchu, comencé a sentirme muchísimo mejor, ya no más descompuesta… Listo es lo único que tengo para decir. Ah, y lo de la energía, también, se siente… Ahora si, listo.

Almorzamos tirados en el pastito de Machupicchu, con una llama que andaba paseando cerca…

BELLISIMO
ME ALEGRA HABER ESTADO AHÍ

Alrededor de las 14 hs. ya no podíamos mantenernos en pie, así que nos despedimos de Machupicchu hasta siempre, y emprendimos la retirada.

La subida la habíamos hecho en bondi, ahora la vuelta debíamos hacerla caminando. No fue tan terrible como si hubiese sido al revés, pero estábamos tan cansados, que cualquier cosa era demasiado, y cada vuelta que terminábamos, al comprobar que aún nos faltaba al menos otra vuelta más, era desesperante!

No se cuánto tiempo nos habrá llevado terminar esa bajada, pero finalmente lo logramos, y fuimos directo a clavarnos una grande de muzza, y esperar encontrarnos con Alex en algún lugar…

Por suerte Alex, era bastante más responsable que sus compañeros, así que se ocupó de conseguirnos los boletos de tren y de conseguirnos alojamiento, porque una vez más, calavera y yo nos habíamos quedado afuera de una “listita”

El resto del día fue trasladarnos al nuevo hotel, bañarnos y luego salir a cenar.

Sería nuestra última noche en Aguas Calientes, al día siguiente emprenderíamos la vuelta a Cuzco, o eso creíamos al menos…

viernes, 16 de julio de 2010

04/04 La odisea a Machupicchu

A las 5.50, la camioneta de la agencia, nos estaba pasando a buscar por el hostel. Como las callecitas de Cuzco son, en general, angostísimas, había un concierto de bocinas apurandonos ahí afuera, y con toda la rapidez de la que éramos capaces para esa hora de la madrugada, dejamos el equipaje que no llevábamos en manos del pibe del hostel para que lo guardara en el depósito hasta nuestra vuelta, y con nuestra mochila prestada y la propia, bajamos escaleras abajo para dar inicio a lo que aún no sabíamos, pero se transformaría en una odisea digna de Ulises...

Nos subimos a la camioneta hermosa, moderna, cómoda, y el sr. con quien habíamos contratado la excursión, nos informa sobre un cambio que tuvo que hacer, el tren que tomaríamos después de cruzar con la tirolesa, ya no lo teníamos, en cambio, nos había agregado el micro para subir a Machupicchu. Nos pareció bien, y sin chistar estuvimos de acuerdo, y seguimos en viaje, sólo hasta donde estaba la van que nos llevaría a la excursión –no viajaríamos en esta divinura- y donde estaba el resto del pasaje. Al llegar, ya casi todos estaban allí, incluso la van a la que debíamos subir, una especie de catramina, polvorienta y tosca, donde debimos encarar las primeras 6 horas de lo que sería un viaje de locura…

En total, viajábamos unas 15 personas aproximadamente, 13 turistas (+ o -), el guía y el chofer.

Como decía, el primer trecho de viaje fueron 6 interminables horas, de cuerpos pegados y plegados sobre si, (calavera tenía un dolor de rodilla que no daba más!), en esta lata de asientos incómodos y duros. Por suerte paramos en un punto a desayunar, -moríamos de hambre!- porque además, en mi caso, me apremiaba la urgencia sanitaria: no olvidemos que yo desde Copacabana, no volví a regularizar mi estado, y no se si todo mi cuerpo estaba en descomposición, pero una parte importante, seguro que si!

Pero al transcurrir estas primeras 6 horas, ya era cerca de las 13, debimos hacer un parate obligado: el camino se había venido abajo. Nos habían advertido que los caminos no estaban en condiciones, nos lo habían advertido… y no lo quisimos escuchar. Claro que esta otra agencia nos dijo que si se podía, que no había problema, y la versión “no hay problema”, sonó más dulce a nuestros oídos. Cuestión que camino en medio de la montaña, ya no había, sólo era precipicio de un lado y un montón de barro y piedras caídas del otro, y la única opción que quedaba, era cruzarlo a pie. No era un trecho largo, serían unos 5´ caminando, pero ya la cosa se fue tornando de castaño a oscuro…

Calavera, que entre la catramina y el dolor de rodilla tenía un humor que se lo llevaba el demonio, embistió nuevamente con eso de “yo me voy, me vuelvo al hostel que estaba tan tranquilo y me quedo viendo la tv, total, yo a Machupicchu ya fui…” OK, casi lo tiro barranco abajo. Pero me acordé de que él tenía los documentos, los pasajes, la plata, y opté por la paciencia zen, (esa que dice contá hasta 10, si no alcanza, que sea hasta 100, y si tampoco sirve, seguí hasta 1.000.000), y mientras todos los guias y demás peruanos gritaban que nos apresuremos, metí borceguí en barro y me dediqué a la tarea de cruzar caminando un camino intrasitable. Como tampoco le quedaba mucha opción, calavera, hizo lo mismo. Y así lo hicieron el resto de los compañeros de viaje, y los demás que como nosotros habían quedado varados de uno u otro lado del camino. La cosa era así, los que íbamos, una vez atravesado este trecho caminando, debíamos subirnos a las camionetas que desocupaban los que venían, que harían lo propio con las camionetas que nosotros habíamos dejado libre. A medida que nos íbamos cruzando con los que “venían”, uno a uno nos iban advirtiendo: “preparense, esto recién empieza” Lo confieso, sentí pavor!

Ya del otro lado, ya subidos en la nueva van, nuestro próximo destino sería el lugar donde almorzaríamos. ALELUYA! Comer era, sin lugar a dudas, un muy buen plan. En el lugar donde hicimos la parada para alimentarnos, nos cruzamos con otros tantos que volvieron a repetirnos eso de “esto recién empieza”, pero decidí hacer oídos sordos, ya lo peor, supuse yo, había pasado…

La comida rica, con gusto a poco, pero rica. El baño, aceptable, otra visita a las instalaciones del lugar se me presentó como cita impostergable.

Ya con el estómago lleno, el humor de calavera mejoró notablemente, y así las cosas, nos dispusimos a disfrutar lo que quedaba del viaje hasta Aguas Calientes. Pero, como nos venían advirtiendo, esto recién empezaba…

Volvimos a montarnos a la combi, que nos llevó un trecho más hasta donde debíamos cruzar el río en tirolesa. Había bastante gente antes que nosotros y sólo una tirolesa que cruzaba, así que tuvimos un rato largo de espera, pero una vez que nos tocó el turno, fue sumamente divertido! Debíamos cruzar de a 3, sentados en un tablón, uno detrás del otro, con las piernas abiertas que caían al vacío, y el de adelante, debía tirar de la soga para ir avanzando. No se cuánto habrá durado el viajecito, no mucho, pero fue lindo y adrenalínico a la vez, al final de cuentas, estábamos a un montón de mts de altura, cruzando un río, subidos a un tablón de madera y sostenidos por cuerdas.

Una vez que cruzamos al otro lado, debíamos encontrarnos con otro guía de nombre Amoroso que continuaría el viaje con nosotros, ya que el guía con el que habíamos salido de Cuzco no cruzaba al otro lado del río, sino que se quedaba esperando a los que cruzaban para dar la vuelta. Ese fue uno de nuestros grandes errores, y no sería el único…

Sabíamos que lo siguiente era caminar durante una hora hasta llegar a la Hidroeléctrica, de donde salía el tren que nos llevaría hasta Aguas Calientes, y sabíamos que ese recorrido debíamos hacerlo con un ese tal Amoroso, con el que debíamos encontrarnos una vez hecho el viajecito en tirolesa, pero no sabíamos mucho más.

Lo que ocurrió fue que, una vez del otro lado, Amoroso no aparecía por ninguna parte. De todos modos, lejos de desconfiar, nos sentamos en círculo a charlar entre los que ya habíamos cruzado, mientras esperábamos a los que aún faltaban, total, no nos iba a abandonar un guía en el medio de la nada, no??????????????????????????????

Lo que detonó la hecatombe fue que a un avispado se le ocurrió preguntar por el tren, y así nos enteramos de que el único tren que salía hasta Aguas Calientes, partía a las 16 hs. A esa altura ya eran las 15.30 hs, y si llegar a la hidroeléctrica nos llevaría una hora de caminata… En ese momento comenzaron a no cerrar nuestros cálculos. “Y qué pasa si perdemos el tren?” se le ocurrió preguntar a uno, fácil, otras 6 horitas más de caminata hasta llegar a Aguas Calientes. Ese fue el momento en que el grupo se empezó a movilizar. Mientras los últimos rezagados del terminaban de cruzar por la tirolesa, el resto de nosotros cantaba a voz en cuello el nombre Amoroso, selección poco afortunada para llamar a alguien en esas circunstancias. Otro guía que andaba por ahí con otro grupo nos informó: “Amoroso ya se fue con otro grupo para la hidroeléctrica” WHAT??????????????????????????????????????? Cómo otro grupo? Qué otro grupo? Y nosotros??????????????????????????????

PANICO

Una vez que nos sobrepusimos del baldazo de agua fría, comprendimos que no podíamos quedarnos mucho tiempo más mirándonos las caras, alguna decisión debíamos tomar. A esa altura, de todos los que nos habíamos subido a la van en Cuzco, quedamos un grupo de 10: una pareja de Brasileños, una australiana que viajaba con unos amigos que ya hacía rato habían comenzado la caminata a la hidroeléctrica, 3 yanquis que viajaban juntos, Ceci y Juan, una parejita de argentinos con los que luego pegaríamos mucha onda, y calavera y yo. Muchas opciones no teníamos, no nos quedaba otra más que caminar a la hidroeléctrica. Pero algo que pensábamos hacer despreocupadamente descansando en el guía que nos acompañaría, comenzó a preocuparnos, cómo coño vamos a la hidroeléctrica???????????? Y mientras más preguntábamos, más nos preocupábamos: “ah, si les pasó lo mismo que a nosotros… tengan cuidado por qué camino agarran, nosotros nos equivocamos, nos perdimos, fuimos por la montaña, y estuvimos 12 hs caminando”, nos relató uno de los pibes que esperaba para cruzar por la tirolesa, pero en plan de vuelta. Así las cosas, decidimos juntarnos y, fuese lo que fuese que hiciéramos, hacerlo todos juntos. De ahí en más, nos convertimos en un grupo de 10 bien armado y afianzado. Junto con otros que estaban en igual situación que nosotros, emprendimos la marcha hacia la hidroeléctrica. Nos costó bastante dar con el camino que debíamos tomar “por ahí no más, toman el caminito de la montaña, lo van a ver, ahí abajito” "Ahí abajito" Dónde cuernos será "ahí abajito", pensaba yo. En síntesis, lo mismo que nada. Un par tomaron la delantera, y el resto los seguimos, y así comenzamos a escalar la montaña… Dicho así, suena fácil, pero no lo era. Estábamos cargados con mochilas, no había un camino por el cual ir, así que íbamos casi en cuatro patas, agarrándonos de pastitos y ramitas para no caernos, hasta que llegó un momento en que la cosa se puso difícil de verdad, y yo pensé: “este no puede ser el camino, está muy complicado, me puedo matar en cualquier momento”. Y en eso vemos que, por debajo de nosotros y en sentido contrario, iba llegando un grupo de gente “es por ahí”, gritamos!. No se cómo nos las ingeniamos para bajar, y una vez que nos cruzamos con otro grupito que venía en nuestra dirección, nos informaron que, ahora si, había que seguir derecho hasta llegar a la estación de tren.

Ya encaminados, nos tranquilizamos un poco. Había que trepar un trechito por la montaña, pero en seguida bajar y seguir derecho por la playita que iba al costado del río… por supuesto, en subida! Más allá del cansancio y el esfuerzo, ya estábamos encaminados.

Para cuando llegamos a la hidroeléctrica, ya era cerca de las 18 hs. Unos trabajadores del lugar nos hicieron firmar el libro en el que queda asentado quienes pasaron por allí, y aprovechamos para preguntarles cómo llegar a Aguas Calientes y contarles nuestras penurias. Los muy truhanes vieron algún motivo de risa en nuestra odisea –que recién comenzaba- y casi nos los comemos crudos. Al ver lo desmedida de nuestra reacción, (la brasileña ya estaba sacando cuchillo y tenedor para entrarles en la yugular), recapacitaron y pacientemente nos explicaron cómo continuar, a partir de ahora, debíamos seguir las vías del tren. En un primer trayecto, iba todo bien, pero luego había que subir por la montaña nuevamente atravesar la maleza, y retomar el camino de las vías. No queríamos hacerlo, nos negábamos, cómo meternos en medio de la selva? Pero no quedaba alternativa, en ese punto, no se por qué pero no se podía seguir en la misma dirección, y había que retomar las vías por arriba, y para eso, debíamos volver a trepar a la montaña y hacernos camino entre la maleza, con el agravante de que, a la noche que se aproximaba, había que agregarle la oscuridad de la selva… Un garrón! Por suerte siempre hay una luz si uno la sabe buscar, y 3 de los 10 que éramos en el grupo, tenían linterna. Lo que siguió fue sinceramente admirable, si, formamos una cuadrilla admirable, encabezada, nada más ni nada menos, que por calavera y Juan! Una vez que sorteamos la parte selvática de nuestra aventura, volvimos a la ruta de las vías del tren, pero a esta altura, ya la noche había caído sobre nosotros, no se veía nada. Y ahí la audacia de nuestros líderes de cabecera! Adelante, y como si conocieran el camino, iban calavera y Juan, indicando cuando había un pozo, cuando algún desnivel o cualquier otra cosa que nos pudiera hacer caer, tropezar, etc. Y al costado, los tres con linternas apuntaban a nuestros pies. Así estuvimos, caminando, flaqueando por momentos y dando ánimos en otros, riendo, parando un rato para tomar o comer algo -yo aún tenía de ese maíz inflado que habíamos comprado en Bolivia y fue muy bien recibido- charlando… Y así, durante 6 horas…

Hasta que, cuando ya creíamos que no lo íbamos a lograr, cuando ya creíamos que habíamos equivocado el camino y que estábamos siguiendo las vías equivocadas, cuando ya creíamos que algún monstruo marino de la época de los incas iba a expulsarse de alguna de las tantas aguas que cruzamos en la oscuridad y nos iba a hacer desaparecer de un bocado para adentrarse en las profundidades por 600 años más, unas luces allá adelante comenzaron a parpadear de pronto “LLEGAMOS” exclamamos todos, mientras corríamos con la última exhalación de aliento que nos quedaba antes de derrumbarnos por el agotamiento. Pero la ilusión no duró demasiado. No se trataba de otra cosa más que de la estación de trenes de Aguas Calientes, que dadas las altas horas de la noche, (ya eran las 23 hs!), estaba vacía… y oscura. Nos cruzamos, sin embargo, con un grupito que en ese momento terminaba de jugar un picadito en una canchita que había por ahí, y cuando les preguntamos por Aguas Calientes, nos informaron que “sólo les quedan 30 minutos de caminata” PERO LA PUTA, VIEJO! NO LLEGAMOS MÁS!!!!!

Nos desmoralizamos.

De verdad.

Mucho.

Y así…
de a poco…
nos fuimos apoyando
unos a otros hasta que logramos
ponernos en marcha otra vez por otros 30 minutos más

Hasta que, finalmente, llegamos.


Durante toda esta odisea, desde el comienzo, todos, sin excepción, habíamos estado pensando algo de lo que no queríamos hablar, no queríamos ni mencionar, pero ahora que ya habíamos llegado a destino, debíamos enfrentarlo, no nos quedaba más que asumirlo: no teníamos ni la menor idea de qué hacer ahora.

Todos habíamos comprado nuestro baucher en agencias distintas, cada cual había hecho su arreglo particular con su agencia, lo único que todos sabíamos que compartíamos, era el guía y el hotel, pero no contábamos con los datos sobre los mismos. Sabíamos que del otro lado de la tirolesa debíamos encontrarnos con Amoroso, que nos llevaría hasta el hotel, nos daría de cenar y nos llevaría al día siguiente a Machupicchu, pero ahora que, amorosamente, nos había abandonado, qué hacer???

En cuanto pusimos un pie en Aguas Calientes, nos precipitamos en el primer hotel que encontramos, y le explicamos todo al pibe que estaba en la recepción. Como siempre digo, en la oscuridad hay que tener la capacidad de ver la luz, y los que hablábamos castellano, tomamos las riendas del asunto. Como yo soy bastante quisquillosa con algunas cosas, tenía baucher, n° de teléfonos y todo lo que podría llegar a servirnos, claro que a esa altura, quién nos aseguraba nada, no? Pero por suerte, los teléfonos que había anotado el de la agencia eran reales, el pibe del hotel lo llamó, yo hablé con él, debe haber notado el tono de desesperación en mi voz, y me dijo que iba a mandar a alguien a que nos pasara a buscar…

Y ahí nos quedamos, esperando…

Ya estábamos trazando planes sobre cómo seguir, todos habíamos pagado el total de la excursión, (error!), pero nada nos garantizaba que alguien cumpliera en algún sentido con nosotros, y cuando estábamos a punto de preguntar cuánto costaban las habitaciones en ese hotel, un muchacho llegó para rescatarnos!!!

ALELUYA!!!!!!! Al menos algo parecía comenzar a encaminarse! Le preguntamos si era Amoroso y nos aclaró que no, pero que nos llevaría a donde estaba él… yo sólo podía repetir en mi cabeza unas cuantas cositas que tenía para decirle a este tal Amoroso.

Nos llevó hasta la plaza principal, nos derrumbamos en los bancos, y esperamos pacientemente que Amoroso apareciera. En cuanto lo vimos acercarse, automáticamente, todas las mujeres, nos abalanzamos encima como leonas enjauladas! No se si alguna vez tuvo un recibimiento más violento, pero si no nos paraban, yo creo que le pegábamos, sobre todo por la angustia que nos había hecho pasar! Cómo abandonarnos así, a la buena de Dios en un lugar que no conocemos??? A quién se le ocurre??? Y le chanté una que no le gustó ni un poquito, pero que me salió del alma: “yo creía que ser guía tenía algún sentido especial para quien elegía esa profesión, pensar que cuando fue la inundación un guía como vos se murió por intentar rescatar a una chica, y vos nos dejás abandonados a nuestra suerte”, o algo así…

Y despotricamos, despotricamos, despotricamos.

Una vez que calmamos un poco la furia, nos llevó al restaurant.

Qué bueno sentarnos a comer! Qué alivio, de verdad! Ya relajados, pudimos conocernos un poco más entre nosotros, divertirnos incluso de todo lo que habíamos pasado, empedarnos un poco y reirnos mucho!!! Otra vez la estábamos pasando bien.

Para cuando terminamos de cenar, ya eran más de las 12, y estábamos sucios y agotados. Nos llevaron al hotel, y nos dijeron que al día siguiente a las 4 de la mañana, teníamos que estar listos para tomar el micro que nos llevaría a Machupicchu.

La habitación era muy linda, aunque no la disfrutamos demasiado. Nos bañamos, no por una cuestión de obsesiva limpieza, sino porque realmente estábamos roñosos, y nos acostamos a dormir aunque más no fuesen un par de horitas… O mejor dicho, nos desmayamos en la cama hasta que un rato después nos vinieran a tocar la puerta para continuar viaje…

martes, 13 de julio de 2010

03/04 Cuzco

El despertar fue un tanto… como decirlo… ruidoso. En principio, vecinos de cuarto que ya habían dado por satisfecho el descanso requerido por sus cuerpos, decidieron prestarle atención a otros requerimientos de su pretenciosa anatomía, dando rienda suelta a la algarabía de la carne.

Intentando satisfacer el requerimiento de mi no menos pretencioso cuerpecito que consideraba que aún no había descansado lo suficiente, seguí durmiendo mientras soñaba con gangsters y princesas.

Un rato después, la ruidosa mañana nos sacó de la cama a los gritos pelados. Aparentemente, una turista alojada en el hostel, -mi intuición me dice que se trataba de la misma que, hacía un rato, había estado alardeando con alaridos desproporcionados- estaba tomando una ducha cuando se percató de que estaba siendo fotografiada por uno de los empleados del hostel.

Con calavera, a pesar de que teníamos muchas cosas para hacer, (recorrer la ciudad, por ejemplo), decidimos quedarnos un rato más en la habitación, con la oreja pegada a la puerta, para no perder detalle de lo que la atormentada mujer, entre sollozos, relataba mientras que pedía a gritos que llamaran a la policía. La recepcionista del lugar, queriendo defender lo indefendible, -es que el muchacho tiene aires de paparazzi- no sabía cómo tranquilizarla, (a mi sólo me hubiesen podido calmar con un dardo tranquilizante). Para cuando llegó la dueña del hostel, ya todo se había vuelto bastante más escabroso de lo que imaginamos, y no alentaba seguir escuchando detrás de la puerta. Así que nos abrigamos bien, y con un cortés “buenos días”, saludamos a la policía, a la turista con los ojos inyectados en sangre, a la dueña que intentaba mantener la compostura a toda costa, y a la recepcionista con cara de “esto no estaba incluido en el sueldo”. Y así, muy campantes, nos fuimos a desayunar.

Calavera quería llevarme a un lugar donde solía desayunar él, cuando con un amigo había estado en Cuzco hacía ya 3 años. Pero o el lugar no estaba más o no lo encontró, y buscando, buscando caímos en otro lugar repleto de exquisiteces.

Luego comenzamos la recorrida de la ciudad, a la vez que íbamos averiguando opciones para realizar la excursión al Machupicchu. La situación era la siguiente: por las inundaciones producidas en febrero, Machupicchu fue cerrado al público, y recién volvío a abrirse el 01/04, es decir, dos días antes. Pero los caminos no estaban aún en condiciones óptimas como para llegar al lugar sin problemas, y la mejor opción era el tren. Cuando averiguamos por esta opción, nos dijeron que hasta el día 09/04 no había lugar, y para esa fecha, ya estaríamos de vuelta en Bs. As. La desilución fue enorme, pero las ganas de conocer Machupicchu era más enorme aún, y sin darnos por vencidos, seguimos averiguando. Finalmente, contratamos una excursión que te aseguraba el feliz arribo al lugar vía terrestre…

La excursión constaba de un micro hasta un lugar donde había que cruzar un río en tirolesa, luego caminar bastante hasta una estación de tren que nos llevaría a Aguas Calientes, la noche en un hotel, la visita con guía al Machupicchu para el día siguiente, otra noche en el hotel, y luego la tirolesa de vuelta hasta el lugar donde debíamos tomar el micro de regreso a Cuzco. Todo, por supuesto, con las correspondientes comidas y colaciones.

Ya tranquilos con nuestro baucher de la excursión bien guardadito, seguimos disfrutando de la ciudad.

Luego volvimos al hostel a tomar una ducha, y mientras rezaba por no estar siendo espiada por ojos ajenos, me esforzaba probando poses, por las dudas, para salir lo más decorosamente posible en fotos indiscretas de pseudos paparazzis…

Después de una ducha reparadora, tirarse a mirar un poco de tv fue un placer recuperado, que por un momento me hizo caer en la tentación de cancelar toda excursión posible y trocarla por una estadía de cómoda poltrona, papas fritas bien saladas, mucha coca-cola y sobredosis de tv. Pero la vida del turista es sacrificada y, como un soldado, en la primera propaganda, me puse de pie y comencé a armar la mochila para nuestra excursión a las ruinas incas. Los de la agencia donde habíamos contratado la excursión, nos habían alquilado una mochila, que debíamos pagar y devolver a la vuelta-, que estaba buenísima, y si bien era grande, no era TAN grande como las mochilas con las que viajábamos, así que pesaba menos.

Una vez organizado el temita de las mochilas, ya bañaditos y cambiaditos, y con un hambre feroz, salimos a cenar por las frías calles de Cuzco. Al día siguiente debíamos arrancar muy temprano a la mañana, así que lo mejor era tempranito, estar bien guardaditos en la cucha, con el edredón hasta las pestañas y disfrutando de los últimos momentos televisivos, hasta el regreso de la visita a las ruinas.

Cada vez un poquito más cerquita de MACHUPICCHU!!!

lunes, 12 de julio de 2010

Y en el medio, un sueño...

Tuve un sueño… En uno de los interminables viajes que hicimos de un lugar a otro, en algún momento me quedé dormida, y tuve un sueño.

El chico malo que siempre se vestía todo de negro, estaba muerto…

Yo estaba en mi laburo, que no era como es realmente mi laburo, pero que en el sueño, era mi laburo.
En eso, empieza a llegar la policía, y claro, todos nos precipitamos en averiguar qué había pasado. Así me enteré de que, en otra habitación vacía, cercana a la oficina en que me encontraba yo, yacía sin vida el cuerpo del chico malo que siempre se vestía todo de negro…

Aparentemente, lo había encontrado en el baño de su casa, colgando de una soga, la señora que iba una vez por semana a limpiar.

Todo parecía indicar que chico malo que siempre se vestía todo de negro, se había suicidado, pero la policía sospechaba que no era así, que en realidad, se trataba de un asesinato… Y yo pensaba igual. Suicidarse chico malo??? No era su estilo. Si el menosprecio, si el desplante y el desinterés, si el asesinato a palabra limpia, pero el suicidio… No, definitivamente, ése no era su estilo. Así que, al igual que la policía, yo también sospechaba que se trataba de un asesinato. Al final de cuentas, había mucha gente que no quería a chico malo que siempre se vestía todo de negro… y al parecer, en estos últimos años, el número se había acrecentado.

Fuera como fuera, la realidad decía que el cuerpo de chico malo yacía boca arriba en una oficina vacía muy cercana a la oficina en la que trabajaba yo, y esto me colocaba en una posición sumamente incómoda. Por qué se encontraba ahí? No era ni cerca de su casa, ni siquiera de su trabajo, qué tenía que hacer, entonces, el cuerpo sin vida de una persona que para mi hacía mucho tiempo que había muerto? Es que me encontraba yo engrosando una lista de “sospechosos”? De pronto, sentí que todas las miradas recaían sobre mi, sentí que en mi frente se dibujaba la palabra “sospechosa”, y encima, sentí culpa por la cantidad de cosas que he dicho sobre chico malo…

Y empecé a actuar de un modo extraño, se me caían las cosas, tartamudeaba, transpiraba… Traté de tranquilizarme. Traté de no caer en la paranoia. Traté de pensar en otra cosa. Después de todo, hacía mucho que no lo veía, que no sabía nada de él, y sobre todo, yo era inocente! Traté… pero no pude. No podía sacarme la sensación de culpabilidad de encima.

La policía estaba pidiendo que cualquiera que contara con algún tipo de información se comunicara con ellos, “cualquier dato, por tonto que parezca, nos puede ser de gran utilidad”.
Todos se acercaban y me preguntaban lo mismo, por qué no iba a hablar con la policía? mi testimonio podría ser relevante, y yo respondía, “qué puedo decir yo que les sirva para algo? hace 5 años que no lo veo” y seguía con mi trabajo.
Pero la verdad es que me daba miedo, me daba miedo verme involucrada en semejante entuerto, y sobre todo, me daba miedo que la policía considerara que contaba con motivos suficientes como para incurrir en un asesinato, sin dudas porque yo misma consideraba que tenía motivos más que de sobra como para haber cometido el acto…sólo que no lo había hecho.

Pero siempre hay una bocona dando vueltas por ahí, siempre hay una de esas personas que, como no tienen nada que ocultar, se creen que los demás tampoco tienen nada de lo que prefieran no hablar. Y cuando la policía llegó a nuestra oficina pidiendo cualquier tipo de información, ella tuvo que abrir su bocota de “todolodigoyentodomemeto”, y mencionó la relación que habíamos tenido.

Acto seguido, yo estaba, en la habitación donde yacía el cuerpo sin vida de chico malo, explicando por qué no me había presentado ante ellos de forma espontánea, sabiendo que estaban intentando recopilar toda información posible. Me llevó un tiempo explicarles que hacía mucho que no sabía nada de él y que no me parecía que pudiera aportar ningún dato de relevancia, y otro tanto me llevó explicarles qué quería decir con eso de que “para mi ya hacía mucho que estaba muerto”, pero finalmente pude establecer mi coartada y quedé libre de toda sospecha. Me pidieron que reconociera el cuerpo, y aunque no me causaba gracia, tampoco estaba en condiciones de negarme, así que acompañé a uno de los oficiales que me condujo hasta la mesa donde descansaba, boca arriba, el cuerpo inanimado de chico malo. Su aspecto no era el típico de rostro hinchado, morado y desencajado, al contrario, seguía con esa sonrisita sobradora tan caractarística. Los ojos permanecían cerrados, cosa que agradecí, aunque por un momento, me pareció ver que se abrían, me miraban y se sonreía por completo. Pero lo admito, pudo haber sido mi imaginación. Bueno, todo es producto de mi imaginación, porque todo esto no es más que un sueño, pero quiero decir mi imaginación dentro de la imaginación global que es el sueño, se entiende?

Una vez hecho el reconocimiento, me preguntaron, luego de una pausa que denotaba gravedad, qué opinaba yo con respecto al caso: “yo tampoco creo que se haya suicidado”, respondí. Fue lo último que dije, me agradecieron, me acompañaron hasta la puerta, y así, sin mas, me retiré.

Finalmente el caso se cerró. Si bien había sospechosos, no había pruebas firmes que sirvieran para incriminarlos. Tampoco existía nadie verdaderamente interesado en que el caso se resolviera, y quedó en la nada, como tantos otros casos que quedan en la nada, que se cierran sin resolución concreta, ya sea por desidia o por desinterés.

Y me desperté. Me desperté con la rara y aliviadora sensación de haber podido velar, a cuerpo presente, el cadáver de esa relación espasmódica y tortuosa, y enterrarlo bien profundo en las entrañas de la tierra, y así, por fin, dar por terminado un duelo que hacía mucho debió haber cerrado y que, ante la ausencia tan repentina del “objeto”, (no olvidemos que chico malo sencillamente se “esfumó” de un día para el otro), no había podido atravesar en su momento, y que ahora podía decir sin más: que en paz descanse!