sábado, 29 de mayo de 2010

Como de costumbre, (costumbre de tres días, pero costumbre al fin), fuimos de los primeros en entrar al salón comedor, acomodarnos afanosamente en dos sillas de las cómodas, -también para eso era bueno levantarse temprano- y clavarnos el riquísimo desayuno, (no teníamos ni idea cuánto extrañaríamos estos desayunos en el resto del viaje!). Como para este día el plan era viajar a Uyuni y sabíamos que salían micros cada hora, (al menos hasta la tardecita), no teníamos demasiado apuro por abandonar nuestros lugares, así que nos tomamos todo el tiempo que quisimos para desayunar, descansar un poquito para hacer un huequito en el estómago, y arremeter con tutti otra vez. Claro que, pensando en el prójimo, tan viajero como uno, nos podríamos haber apurado en desocupar nuestros lugares y que otro los ocupe. Pero sinceramente, no se nos dio por ahí, je! Suena mal, no? Si, horrible, pero la verdad sea dicha, y la verdad es que nos venían haciendo notar claramente que no éramos gringos y que por esa causa, no éramos los preferidos a la hora de la atención y el trato, (todo eso de hermanos latinoamericanos no funca, eh!). Por otra parte, qué decir de los gringos que no esté ya demostrado por sus propios actos??? (es necesario recordar que los ingleses están en medio de exploraciones petroleras en el sur de NUESTRO país, en las Islas Malvinas, dispuestos a entrar en guerra en cualquier momento? es necesario recordar cualquiera de los miles de actos de explotación y sumisión a los que EE UU somete a quién puede?). Por lo tanto, admito que no, no hicimos ningún esfuerzo en apurar nuestro desayuno ni en liberar nuestros lugares.

Es raro lo que ocurre cuando uno está de viaje, todo se vuelve extremo, todo es vivido con una pasión desmesurada. Uno establece vínculos del estilo “para toda la vida” con gente a la que acaba de conocer, y a la hora de despedirse, aunque se pronuncie un “hasta luego”, internamente todos sabemos que es un “hasta nunca”. Y en cierta forma, está bien que así sea. Y lo mismo ocurre a nivel “patriotismo”, por llamarlo de algún modo. Cuando te tratan bien, “son las personas más amables del mundo”. Cuando te tratan mal, uno lo sufre, lo padece, y se vuelve el ser más patriota que existe, con frases del estilo: “Esto en casa/Argentina/Buenos Aires, no te pasa”. Bueno, yo creo que todas las mañanas nos pasaba un poco eso: “Ah sos gringuito, vos, te gusta andar invadiendo a la gente, a vos… vas a desayunar si sos Mandrake” Quizás parezca exagerado, (bueno, quizás no, más bien lo digo con certeza, ES exagerado, pero bueno, cuando uno está de viaje todo cobra otra dimensión, una dimensión exagerada…

Pero bueno, todo termina al fin, y una vez pipones y satisfechos, nos levantamos de la mesa, (acto seguido de una bandada de altos rubios que se abalanzaron sobre nuestros asientos, sin mediar el famoso “mujeres y niños primero”), y fuimos a la habitación a buscar nuestras cosas. Pedimos un taxi y nos subimos con destino al lugar de dónde salían los bondis para Uyuni, que estaba bien lejos de ser una Terminal de Ómnibus…

El micro, por llamarlo de alguna forma, consistía en una especie de catramina bastante vieja y destartalada, (gracias que tenía los asientos bien pegados al piso del micro!). Las valijas iban atadas en el techo, y cubiertas por una lona para que no se les pegue todo el polvo del camino.
Subir las valijas al techo ya era toda una experiencia. Uno de los conductores se subia al techo, (a trapada pura, eh! ninguna escalera ni nada por el estilo!), y desde abajo había que tirarle, -si, si, tirarle!- las valijas que él atajaba y ataba con sogas al techo. Yo estaba con calavera, así que quién lanzó las valijas fue él, (si a veces pesa muchísimo y uno ni puede cargarse solo la mochila a los hombros, cómo podría levantarla por sobre la cabeza y aún tener fuerzas suficientes como para tirarla más allá, no?), pero había señoras o viejitas que viajaban solas, y que de no ser por calavera, no se cómo hubiesen podido lanzar sus bártulos al techo del micro. Pero bueno, detalles… Lo importante es que todo el maletaje fue amarrado con éxito al techo del micro, (che, ni una propina para calavera!), y así emprendimos el viaje.

Nos esperaban 10 largas horas de recorrido hasta llegar a Uyuni. Como siempre, cualquier queja puede ser escuchada… y empeorada! Ya en el viaje de Villazón a Potosí nos quejamos del frío, del chiflete que entraba por la ventanilla sin vidrio que estaba sobre nosotros. Bueno, pues ahora nos pasaríamos 10 horas quejándonos del calor… Y si, Bolivia es así: para todos los gustos. Resulta que esta vez el viaje arrancaba a la mañana, a las 11, así que nos bancamos todas las horitas de sol directo sobre el bondi, calentando techo, asientos y pisos, y con ventanillas que no podían abrirse, (por si algún desorientado pregunta: no, no había aire acondicionado). Así que así fue no más, 10 horitas a pleno rayo de sol y con ventanillas que no pueden abrirse, una pinturita!

A pesar del calor que te achicharraba las crenchas, el paisaje era maravilloso. Los caminos no, claro está, pero ese paisaje entre montañas, con colores de los más diversos, y cada tanto, alguna llamita pastando, era fabuloso, inmenso.

Alrededor de las 12.30 hs. paramos a almorzar. Era temprano, hacía poco que habíamos comenzado el viaje y no hacía demasiado más que habíamos terminado de desayunar copiosamente, así que no teníamos hambre como para almorzar. Menos mal!!! Porque la parada fue en un pueblo fantasma, donde había algo parecido a un restaurante que evidentemente ya nos estaba esperando, y tenía preparadas para almorzar muchas raciones de SOPA. Si, sólo eso había para comer y de hecho fue lo que todos en el lugar estaban comiendo, sopa. A mi me encanta la sopa, eh! Pero el clima estaba más para clavarse un helado que otra cosa… Pero bueno, aprovechamos para recorrer la cuadra y media del pueblo, estirar las piernas, caminar un poco y sacar muchas fotos!




Cuando los comensales del lugar acabaron con su ración de sopa, continuamos el viaje hacia Uyuni. Siempre, por supuesto, acompañados del calor agobiante y la cumbia boliviana a todo volumen.

Cerca del anochecer llegamos a Uyuni. El pueblo no es gran cosa, pero desde ahí se sale para la excursión al salar, uno de los lugares maravillosos con los que cuenta Bolivia, así que hay bastante turismo y bastantes lugares donde comer o tomar algo.



Lo primero fue conseguir hostel. Yo tenía el dato del hostel donde había parado una amiga, que me había pasado un muy buen precio, y hacia allí fuimos. Claro que todo tiene un precio, y si es bajo, seguramente sea porque no vale más. Conclusión: el hostel era espantoso! Sin baño privado, pero al menos en la habitación si estábamos solos. De todos modos no pensábamos pasar más que una noche en el lugar, así que hicimos de tripas corazón y nos conformamos con ese lugar. Lo que queríamos era dejar los bártulos rápido y salir a recorrer el lugar y ver la posibilidad de contratar la excursión de 3 días por el salar y el desierto de Uyuni para el día siguiente.

Y eso hicimos, dejamos todo tirado en la habitación, y fuimos a recorrer un poco el pueblo. Primero entramos en el lugar de excursiones más cercano al hostel, (al lado, exactamente). Cabe aclarar que lo único que hay para hacer en Uyuni es la excursión al salar y al desierto, así que cada 5 pasos uno se topa con uno de estos lugares que ofrecen la excursión, exactamente la misma cada vez…

Es difícil optar por un lugar sobre otro. Siempre está la sensación de que “te la van a dar”. Y ya me veía en un arduo peregrinaje saltando de uno a otro de estos puestitos sin saber por cuál volcarnos… Pero no, resultó que al salir del primero, nos interceptó una señora preguntándonos si estábamos interesados en esa excursión, y de a poco nos fue convenciendo de contratarla con ellos. La señora había salido de su guarida, (de su lugar donde vendía las excursiones), para comprar pan, pero como quien ve luz y entra, nos vio a nosotros al salir de un reducto muy similar al suyo, y sin dudarlo, se nos acercó y no se inmutó por “robarle” posibles candidatos de excursión a su compatriota. Y así fuimos caminando hasta su guarida, ella con el pan bajo el brazo y contándonos todo acerca de la excursión por el salar…
Nos mostró fotos y mensajes que habían dejado, supuestamente, otros turistas que habían pasado por ahí. Y de a poco, nos fue convenciendo. Media hora más tarde ya estábamos cerrando trato con ella, y ya teníamos excursión programada para el día siguiente.

Ahora si, con la misión cumplida, nos pusimos en campaña para encontrar un lugar donde pudiéramos cenar esa noche…

Nos recomendaron uno que se llamaba 16 de julio, (no se por qué, pero había muchos restaurantes nombrados con fechas de julio… y yo que pensé que sólo era un mes excelente por ser el mes de mi cumple…). Cenamos muy rico, una carne con unas cosas que no se qué eran pero sabían bien, y una rica cervecita. Qué bueno, ya estábamos muy cerquita de comenzar la excursión, muy cerquita de conocer el salar!!!

lunes, 24 de mayo de 2010

22/03 LAS MINAS

Ahora si! Lunes otra vez, sobre la ciudad, la gente que ves, vive en soledad… Muy sui generis todo, pero este lunes nos agarró en Potosí!!!

Y era lo que estábamos esperando! Todo aquel al que consultamos antes de viajar sobre qué lugares visitar, todos, sin excepción, habían dicho: “tienen que ir a Potosí, y tienen que ir a las minas!”. Así que, una vez en Potosí, no veíamos la hora de ir a las minas. Pero llegamos un sábado por la mañana, y para ir a las minas había que esperar hasta el lunes.

Finalmente el lunes había llegado, finalmente iríamos a las minas!!!

Bien temprano amanecimos para desayunar, (obvio!), y ya 8.30 estaban los guías en el hostel para llevarnos de excursión. Varios de los que estábamos alojados en el Koala Den en ese momento partimos hacia la excursión a las minas, sólo calavera y yo éramos argentinos. Había de todo: alemanes, ingleses, australianos, yankis, españoles, israelíes… de todas las razas y todos los colores. Y el grupo se dividió en 3, cada grupo con un guía. La división tuvo que ver con la cantidad de personas y con el idioma: inglés o español, así que éramos bastantes poquitos en el grupo español y bastante muchitos en los otros dos. Los alemanes e israelíes, y bueno, tuvieron que acomodarse en el grupete del idioma que mejor hubiesen aprendido de escolares, qué va a hacer!

Nuestro guía era Oscar, me encantó, súper claro y didáctico, y nos tiraba mucha data histórica y contada de un modo dinámico, hasta gracioso, aunque muchas de las cosas que nos contaba no eran muy graciosas que digamos…

La primera parada fue en una especie de casa en donde debíamos dejar las mochilas o lo que lleváramos con nosotros y que no fuese absolutamente imprescindible que llevemos a las minas, y además para cambiarnos la ropa, o, mejor dicho, ponernos arriba de la que traíamos puesta una casaca grandota, unos pantalones enormes, unas botas y un casco con linternita incorporada. Pero al llegar al lugar, un patio grande nos esperaba con la siguiente inscripción en una de las paredes:




Obligué a calavera a que le sacara una foto.

Ya con el atuendo puesto, volvimos a los micros y nos llevaron a un lugar donde había uno al lado del otro, todos puestitos en los que se vendían toda clase de insumos utilitarios en las minas: dinamita, alcohol, mechas, explosivos, herramientas, sogas, hojas de coca, gaseosas, etc.

Entramos en uno de estos puestitos, y uno a uno Oscar nos iba contando para qué servía cada cosa. Así nos enteramos de que las minas funcionan en realidad como cooperativas, es decir, el minero gana según la cantidad de material que logre extraer, o no, de las minas, y además debe hacerse él mismo de todo lo necesario para desempeñar su labor, desde la indumentaria hasta la los explosivos y todo lo que precise. Así que Oscar nos propuso, (era más una directiva que una propuesta, pero está bien), que cada uno se hiciera de un kit de minero para dejárselo luego como obsequio a los laburantes de las minas. Así que cada cual se hizo de su bolsita con la dinamita, la mecha, la gaseosa y la bolsa de coca.
Antes de dejar el local, Oscar nos explicó que, como tradición, previo a entrar en las minas, se debe hacer una ofrenda al Tío, (después sabríamos mejor quién es el famoso tío), y a la Pacha Mama, para que, una vez que nos encontremos en las entrañas mismas de la tierra, nos protejan, no permitan que nos suceda nada y den mucho mineral para ser extraído por los mineros. El ritual consistía en unas palabras de protección que enunció Oscar como un mantra y en tomar una tapita de alcohol puro, sisisisisisi, de ése que uno tiene en el botiquín del baño. Primero pensamos que nos estaba haciendo un chiste, pero tenía la mirada muy seria, no parecía estar bromeando, y tampoco nos vamos a poner a joder nosotros ni con la Pacha Mama ni con el Tío, así que adentro la tapita de alcohol puro! AAAAJJJJJJJ!!!!!!!!!!!

Ahora si, ya estábamos listos para entra a las minas!!!

Pero aún nos faltaba algo más… A esta altura, la ansiedad me estaba carcomiendo por dentro! Y ahora qué? Bueno, lo que seguía era una recorrida por las instalaciones por donde pasaba el mineral una vez extraído de la mina. Así conocimos el proceso por el que pasaba, todo el recorrido que debía hacerse antes de que el mineral estuviese en condiciones de ser vendido o cualquier otro fin al que hubiese sido destinado…

Y ahora si, a entrar en las minas!!!

Yo no tenía ni idea de qué se trataba esta excursión, ni siquiera me lo había planteado, simplemente era algo que me habían recomendado, como otras tantas excursiones que teníamos pensado hacer. Pero ni siquiera me había detenido en averiguar de qué se trataba, iba absolutamente virgen de conocimiento sobre las minas. Así que una vez allí, todo era nuevo para mi.

La entrada a las minas es lo más parecido a la entrada a una cueva, de hecho, en cierta forma, es una cueva, un hueco en una montaña, un hueco grande, claro. Y los 5 más el guía que formábamos el grupo, pronto nos adentramos a las entrañas de ese hueco, esa cueva en la montaña. Una vez dentro, y tras un breve recorrido con el torso apenas inclinado por la altura del techo de la montaña, Oscar, el guía, nos advierte que prestemos atención a sus indicaciones, por si ocurriera que el carrito que viene cargando el mineral que extraen está viniendo hacia nosotros, de ser así, debíamos desandar el camino de la manera más veloz posible hasta llegar a algún huequito en los costados de las vías por las que pasaría el carrito para meternos y que no nos pase por encima. “Jaja” pensé, mientras una sonrisa se dibujaba en mi rostro, “estamos en Disney, esto no es más que un acting para volverlo más divertido” Pronto me daría cuenta de que no se trataba de ningún acting y que tenía bastante poco de divertido…

A medida que íbamos avanzando, cada vez debíamos agacharnos un poco más para poder entrar más profundo en la montaña. Hasta que llegó el momento en que Oscar, alterado, comenzó a correr hacia nosotros al grito de “atrás, atrás!” No se cómo explicar el terror que sentí! Nunca fue tan cierto eso de que “los últimos serán los primeros”, así que los que venían detrás de todo fueron los primeros en retroceder y llegar al lugar de guarecerse, y los primeros debimos pasarlos a ellos y seguir corriendo hacia atrás hasta llegar al próximo lugar refugiarnos y así. En cuanto llegué al refugio, después de chequear que mi corazón, que además de ir a 1000 revoluciones por minuto, seguía en su lugar, comencé a pensar que quizás meterme en una mina no era lo divertido que me había imaginado y que si toda la vida había sido un trabajo esclavo y denigrante, además de peligroso, EN QUÉ MOMENTO SE ME HABÍA OCURRIDO QUE PODÍA SER UNA BUENA IDEA???!!!

Lo que siguió de la excursión fue así, pero cada vez un poquito peor. Avanzar en la montaña se tornaba cada vez un poco más escabroso y peligroso, cuando no teníamos que agacharnos cual gigante en tierra de enanos, debíamos directamente arrastrarnos por el piso, (piso, bah, piedra, tierra y lodazal), cuando no teníamos que trepar por las paredes debíamos meternos por huecos intentando calzar el pie justo en un lugarcito que nos sostuviera mientras nos abrazábamos a la piedra con uñas y dientes. Para ese entonces, mi entusiasmo y mi humor, se habían ido por la alcantarilla, en el supuesto de que existiese alguna, o con el mismísimo carrito que sacaba fuera de ese infierno el material extraído por esas almas en sombras, y no podía más que preguntarme si salir de la mina implicaría el mismo recorrido que había significado entrar en ella…

A lo largo del recorrido, fuimos cruzándonos con los trabajadores de las minas, siempre con una bola de hojas de coca en alguna de sus mejillas, las más de las veces desencajados y siempre con una apariencia mucho mayor de la edad que efectivamente tenían. Hasta que llegamos a un lugar donde trabajaba un solo hombre, y allí nos detuvimos y Oscar comenzó a hacerle preguntas, que monosilábicamente y sin ganas respondía el minero. Así nos enteramos de que Adrián, tal el nombre del minero en cuestión, desempeñaba ese trabajo siempre, es decir, ése era su rol dentro de la mina, le correspondía y nadie podía sacárselo, sino, era guerra. También nos enterábamos de que trabajaba los 5 días de la semana 8 hs diarias, menos uno de los días, que cumplía un horario de 24 hs. ése día, como no abandonaba la mina en todo el día, no comía nada, sólo se mantenía a agua y hojas de coca. Por su trabajo, a veces no llegaba a cubrir los gastos mínimos que le significaba su desempeño laboral, y ya hacía 11 años que trabajaba en las minas.

A partir de aquí, ya el panorama nos cambió a todos en el grupo. El guía también nos contó que muchos de los mineros desarrollaban una enfermedad en los pulmones que les ocasionaba la muerte, y que como no lograban alcanzar la edad de jubilarse, debían salir a trabajar sus mujeres, que también iban a parar a las minas. Pero hay una creencia de que las mujeres traen la mala suerte a las minas. Cuenta la leyenda de que el idilio entre el Tío y la Pacha Mama se quebraba cuando las mujeres entraban a trabajar a las minas, aparentemente el Tío estaba muy contento pero la Pacha Mama no. No se si por eso o porque es un poco más justo que lo otro, pero la única reforma copada que hizo Evo con respecto a la explotación de las minas es adelantar la jubilación, así que desde hace unos años, para los mineros, la jubilación es a partir de los 50 años, ya no desde los 60. Pero si me piden mi opinión, además deberían pagarles un sueldo, (qué es eso de conformar una cooperativa, por favor???!!!), un buen sueldo, y desde ya proporcionárles toda la ropa y herramientas de trabajo, Sino, que hagan un paro!!! Una ciudad como Potosí precisa de la explotación de las minas para subsistir, incluso en lo que tiene que ver con el turismo, así que me parece que están en óptimas condiciones como para ponerse firmes en sus reclamos!

Ahora me siento una estúpida, seguramente, cualquiera con dos dedos de frente se hubiese imaginado que una excursión a las minas de Potosí, no sería como un paseo por el paraíso, pero sinceramente, ni me lo había planteado. Para mi fue lo más parecido a hacer lo que en argentina se conoce como turismo cartonero, es decir, ir a ver cómo los cartoneros husmean en la basura ajena, son relegados y maltratados y hacen de todo eso su trabajo. Era como ir al zoológico, pero en lugar de ver los monos en las jaulas, ver a los mineros cumpliendo su labor y encima pretender una sonrisa cuando uno entregaba la bolsita con los “presentes”. Me sentí sucia, indignada y, sobre todo, avergonzada. Una estúpida, en qué había estado pensando??? No en mucho, se ve.

La excursión terminó con unas detonaciones de dinamita que los tres guías habían hecho volar fuera de la mina. Y listo, y vuelta a la casa del BOLIVIA 6 – ARGENTINA 1, vuelta a cambiarnos y a juntar nuestras cosas.

Y vuelta al hostel. De ahí, sin escalas a bañarnos, a ver si además de la mugre me sacaba un poco la vergüenza…

Luego del baño, (reparador, por cierto), con agua bien calentita, salimos a pasear.
Pasamos por el mismo lugar precioso donde habíamos merendado el sábado, vimos luz, y decidimos entrar. Otra vez nos complacimos con una merienda exquisita. Seguimos paseando y sacando fotos, recorrimos un pequeño mercadito de puestos en la calle, y compramos un par de tonterías.

Estábamos antojados de pizza, así que fuimos a saborearla al mismo lugar donde habíamos cenado el pollito con vegetales, a LA TORR DE PIZZA, riquísima!!! Nos atendieron con esa parsimonia propia de los bolivianos, (al menos de los bolivianos de regiones como esta, bien distintos son los de La Paz, por ejemplo), así que cada plato demora su tiempito. Evidentemente, cuando escogimos la pizza, recién ahí se pusieron a amasar. Por eso, cuando finalmente nos trajeron la pizza, olimos ese olorcito que emanaba y nos emocionamos con ese quesito derretido y el humito que parecía elevarse hacia los cielos como una oración, ni lerdos ni perezosos le dijimos: “andá haciendo marchar otra, dale?”.

Y así, bien pipones, nos fuimos derechito al sobre, mañana nos esperaba un largo día, mañana emprendíamos la retirada de Potosí y marchábamos rumbo a Uyuni…

lunes, 17 de mayo de 2010

21/03

A las 8 de la mañana, el penetrante sonido del celular de calavera, nos anunciaba el comienzo de un nuevo día.

Como el desayuno se servía de 8 a 10, y nosotros, por una cuestión de religión casi, tenemos prohibidos saltearnos los desayunos gratis, (o mejor dicho, incorporados en el paquete que sea que estemos pagando), y por experiencia ya sabemos que lo que se va consumiendo no va siendo repuesto, habíamos decidido ponernos el despertador para levantarnos bien tempranito y ser de los primeros en dar el presente en el comedor a la hora del desayuno.

El hostel estaba poblado de gringos muertos de hambre que arrasaban con todo lo que veían a su paso, (vaya novedad, tratándose de gringos, no? je!), que se desayunaban con huevos revueltos y otros mejunjes rarísimos, y se tardaban tanto tiempo en darse por satisfechos, que si no te levantabas temprano, no encontrabas ni lugar dónde sentarse ni nada que deglutir, o al menos no lo mejorcito, que ya había caído en manos no latinas.

Así que con la rapidez de un soldado, en cuanto sonaba el celular, saltábamos de la cama como eyectados, nos vestíamos rápidamente, y nos dirigíamos al comedor, famélicos, y con la fime misión de arrasar con todo nosotros también, (alguna vez alguien debía adelantarse a un gringo!).

Una vez que nuestro estómago nos agradeciera el desayuno hinchándose de modo tal que debíamos desajustarnos el pantalón, considerábamos por terminada nuestra primera parada del día. Ahora si estábamos en condiciones de arrancar, propiamente dicho!

Nos habían dicho que las Termas de Potosí eran muy lindas. Y que va! Las termas, en general, siempre son lindas: agüita a temperaturas altas, poder retozar un poco después de tanto trajín… Si, sin lugar a dudas, no nos íbamos a ir sin conocer las termas de Potosí!

El señor del hostel nos explicó un par de formas para ir a las termas, entre las que se incluía la obvia de tomar un taxi. Pero preferimos hacerlo a lo populacho, que es otra buena forma de conocer el lugar que estás visitando: viajar en el transporte público como cualquier hijo de vecino. Para ello, debíamos ir al Mercado Machia, y de ahí tomar el bondi que fuera hasta las termas.

Para llegar al Mercado ya había que caminar unas cuantas cuadras. Claro, todos los comienzos son prometedores y uno los encara de forma entusiasta, pero a la tercera cuadra en subida, ya comenzábamos a pensar que después de todo éramos turistas, y tomar un taxi de vez en cuando no es tan mala idea… Pero cuando viajan al menos dos personas juntas, en general, cuando uno afloja el otro alienta, así que a puro tire y afloje, luego de unas 10 cuadritas siempre subiendo, llegamos al Mercado.

El famoso Mercado Machia era un lugar enorme lleno lleno de puestitos, stands y manteles en el piso ofreciendo todo tipo de cosas, desde comida hasta ropa de las más variadas clases. Lo recorrimos un poco, bastante a las corridas. Ese era un tema, yo me pararía en todo aquello que se pueda ver/comprar, aunque luego no compre nada, y calavera lo pasaría todo de largo. Así que hicimos un mix, parábamos en casi todo, pero era como una parada relámpago y a seguir. Bueno, así, a relámpago puro recorrimos el mercado y luego fuimos a tomar el bondi para las termas.
Por suerte, cuando llegamos a lo que sea que hayamos llegado, (no se qué era, pero una estación no era), justo había un bondi que tenía aún 2 asientos disponibles esperando ser ocupados para arrancar rumbo a las termas, (porque los bondis salen una vez que están llenos). Así que nos subimos y emprendimos el camino.

El viaje habrá durado aproximadamente 40 minutos. Así que pronto estábamos ahí, como cualquier otro boliviano más, en las termas dispuestos a pasar un lindo domingo de sol.

Las Flores, así el nombre de las termas a las que fuimos, constaban de 2 piletas, ambas cubiertas, con el agua calentita, divina. Me gustó porque era un lugar súper popular, era para que cualquier boliviano pudiera ir y disfrutar. El lugar está bien cuidado, y salvo las cholas que andan por ahí que siempre algo te cobran, (pero poquito), no se pagaba entrada y todos tenían derecho a disfrutar de las piletas. En mi opinión, cobrar una entrada a los extranjeros no estaría nada mal. Me parece genial que no le cobren a los bolivianos, pero a los que somos turistar si nos podrían cobrar, (sin que sea un hachazo en la cabeza, claro), y esa plata destinarla al cuidado de las termas y demás… lo tiro, por si algún interesado lo levanta…

También había varias duchas, así que la gente aprovechaba y se bañaba ahí también. Creo que ya dije que cuando ves un chorrito de agua caliente, aprovechas y te metés abajo, no? Bueno, parece que en las termas todos aprovechan, y como el agua de las duchas está bien calentita, todos, (calavera y yo no íbamos a ser menos), llevamos nuestro jabón, nuestro shampoo y aprovechamos y nos bañamos ahí. Ahhhh!!! Qué placer!!!

Realmente haber estado tirados boca arriba en las termas nos vino de maravillas. Recién ahí nos dimos cuenta de lo entumecido que teníamos todo el cuerpo!

Pero calavera me había hecho un pedido especial, así que temprano, a las 14, emprendimos la vuelta. El pedido especial: volver temprano al hostel porque se jugaba el boca-river del domingo. Y bueno, ante semejante pedido hecho de rodillas y casi en un ruego, debí acceder, no sin antes asegurarme una vuelta por el mercado de la mañana, pero ya con más tiempo para dedicarle.

La vuelta se resolvió del mismo modo que la ida. Nos subimos al bondi que iba para el centro de Potosí, y cuando se llenó, se puso en marcha el motor. Esta vez, calavera y yo viajábamos en el asiento de adelante, yo en el medio, al lado del conductor, y calavera al lado mío. Sin mayores inconvenientes volvimos al mismo lugar del que habíamos partido a la mañana, y al llegar, el chofer me pidió que pisara el pedal que creo, era el freno, hasta que se bajara el último de los pasajeros y él terminara de cobrar el boleto. Cuando le tocó el turno a calavera, intentó una rebaja por los servicios prestados, pero no hubo trato, je! Esta es otra de las cosas que te puede pasar todo el tiempo en Bolivia, y que lo vuelve un viaje sumamente pintoresco.

Como ya estábamos con el cansancio acumulado por la caminata de la mañana y el agua calentita que nos había dejado a punto para una siesta, y apremiados por el tiempo porque el partido estaba a punto de comenzar, ahora si nos decidimos por un taxi que nos llevara al hostel.

Al llegar al Koala Den, calavera, sin otra parada en el medio, fue al cuartito de la tv, mientras yo iba a dejar las cosas a la habitación, iba al baño y hacía todo lo que se me daba la gana porque sinceramente no me moría por ver ningún partido. Pero una vez hecho todo lo que tenía que hacer, colgado la ropa que traíamos húmeda de las termas y demás, fui al cuartito donde estaba calavera para ver con él el súper clásico. Ahí me enteré de lo que calavera se había enterado pocos minutos antes: por un diluvio de aquellos, el partido se había sus pendido. Y bueh! Parece que Buenos Aires tampoco estaba muy distinta de cómo la habíamos dejado…

Como nuestro plan se había suspendido, decidimos salir a buscar un lugar donde poder tomar una merienda, ya que desde el desayuno que no comíamos nada…

Nunca nos imaginamos que la merienda podía convertirse en una misión imposible. Nos recorrimos todo Potosí, de arriba a abajo, y nada, ningún lugar donde pedir un mísero café. Se ve que los domingos descansan en serio!

Cuando ya estaba empezando a oscurecer y a refrescar, y ya nos habíamos dado por vencidos en nuestra búsqueda de un lugar para merendar, decidimos emprender la vuelta al hostel y ver si ahí teníamos más suerte. En eso estábamos cuando, caminando comúnmente por la calle, en pleno regreso al hostel, vemos cómo delante nuestro, una chola, (así se les llama a las señoras con el típico atuendo bolivianos: pollera larga, pulóver, trenzas larguísimas y casi siempre sombrero), una señora más bien mayor, se detiene en su paso, se sube las polleras, se agacha un poco y ahí no más comienza a orinar

¡¿?!

Si, así no más…

Nosotros lo más educadamente posible, sin decir ni una palabra, (nos miramos, pero no pudimos emitir sonido), cruzamos de vereda y seguimos rumbo al hostel.

Cuando llegamos al Koala, intentamos por todos los medios que alguien se apiadara de nosotros y nos preparara un café con leche. Explicamos que habíamos recorrido como locos sin encontrar ningún lugar donde poder tomarlo, y todos asentían como sabiendo de qué estábamos hablando, pero de todos modos no logramos que nos prepararan el café. Ofrecían desayuno, si, pero merienda, ni aunque de eso dependiera tu vida… Y bueno, esto también es Latinoamérica, (aunque una cosa así, en Buenos Aires no te pasa!).

A la hora de la cena estábamos famélicos. Yo creo que si pasaba un bolivianito por ahí, me lo manyaba de una! Fuimos en búsqueda de comida. Como este hostel te daba la posibilidad de cocinar ahí mismo o de traer comida y cenar en el comedor, y como desde el primer día que llegamos a Potosí estábamos tentados con un pollito al spiedo que veíamos girar y girar, salimos en búsqueda de nuestro pollito y con una sola frase acabamos con tanto giro: queremos el pollo entero! Y así, con una sonrisa en nuestros rostros y cargando el pollito, volvimos al hostel, nos hicimos de platos y cubiertos, nos acomodamos en comedor, y más rápido de lo que canta un gallo, acabamos con el pollo, chupándonos los dedos y todo. Nos faltó cacarear, pero para eso está calavera, que con su equipo de la franja roja sabe muy bien de qué se trata, je!

Dicen que panza llena, corazón contento… Bueno, mi estómago estaba tan agrandado, tanto espacio tuvo que ocupar por todo el pollo que le metí, que creo que mi corazón estaba un poquito oprimido. Pero no le di mucha importancia, seguramente mañana, después de una buena digestión, todo volvería a la normalidad. Por ahora me conformaba con panza llena panza contenta.

Y mañana nos esperaba la excursión a las minas, que era finalmente a lo que habíamos venido a Potosí. Así que a dormir que mañana había que madrugar otra vez…

martes, 11 de mayo de 2010

20/03

El incesante tic-tac del reloj no hacía otra cosa más que hacer avanzar las manecillas, a la par que los rugidos de hambre retumbaban en nuestros estómagos. Cada vez que en el camino se vislumbraba algún farolito con luz, algo parecido a un poblado, cruzábamos los dedos esperando la parada. Pero la parada nunca llegaba, y uno a uno íbamos dejando atrás estos mínimos rastros de vida humana.

El camino, por otra parte, era de locos! A un lado, montaña, al otro el precipicio, y en el medio, un largo escarpado que parecía conducirnos al país del nunca jamás… Pero, como corresponde en estos casos, salvo los turistas que estábamos en el micro, nadie más parecía horrorizarse ni por lo peligroso del camino, ni por la brutalidad con que se conducía. Más bien parecían estar bastante tranquilos, a gusto con la cumbia boliviana al mango, comiendo mandarinas, con miles y miles de bártulos desparramados por todas partes, (de verdad: por qué los bolivianos no usan valijas??? En lugar de 5 bolsas enormes por cabeza, no sería más simple acomodar todo en valijas? Y más fácil de transportar, incluso? Incógnita que se me abrió en este viaje y aún continúa sin responderse).

Por un lado, semejante tranquilidad de los lugareños, tiende a tranquilizar: se supone que si están tan tranquilos, es porque no tienen miedo de morir esta noche, en este micro, en este camino, en este viaje… UFFF!!! Suspiro de alivio! Por otra parte… será acaso que son todos una manga de inconscientes???!!! No, no no, quedémonos mejor con el suspiro de alivio…

Así que así íbamos calavera y yo, tiritando de frío debajo de la ventanilla sin vidrio, con dolor de cabeza provocado por la cumbia boliviana que retumbaba en nuestros oídos, con un cansancio acorde a la travesía que veníamos atravesando, y con un hambre voraz, capaz de acabar con una carnicería entera… y por supuesto, con el humor digno de semejante descripción.

Yo no se si el dolor en la rodilla era tal que la reacción fue imposible de contener, (calavera tuvo no se qué cosa hace mucho, en una rodilla que se lastimó jugando al football, debió operarse pero desde entonces cada tanto le duele, y estar en mala posición o sin estirar la gamba durante un tiempo prolongado, no ayuda en lo absoluto), pero paso a relatar la situación, y luego cada uno sacará sus propias conclusiones…

Era de noche, y veníamos de un trajín importante, (no creo que sea necesario, pero para no restar dramatismo, paso a enumerar: 24 hs. de viaje + 6 en comisaría de Jujuy a causa del difunto con franela cubriéndole la cara, nuevas 12 hs de viaje por delante, chiflete que más que chiflete era un frío brusco que entraba por la ventanilla sin vidrio, miedo de morir en el camino, incomodidad, hambre, dolor de cabeza por cumbia que no paraba), obviamente estábamos crispados. No se qué le pregunto a calavera y ni quiero recordar qué me responde, pero no puedo olvidar el modo, (y recuerdo que pensé AUCH!), cuestión que se levanta y va a pararse a las escaleritas del bondi, con su pierna dolorida. Así un rato, dos ratos tres ratos… hasta que me levanté y fui a donde estaba, más que nada para ver si necesitaba algo o si podía ayudar, no se algo, sentía que ALGO tenía que hacer. Estaba jugando a no se qué jueguito de su celular, (ya dije que calavera para todo usa el celular, no?), y sin esperar a que abriera mi boca, me tomó de los brazos y me giró media vuelta y con firme gesto me mandó otra vez a mi lugar

O.K.
Empecé a preguntarme si este viaje había sido realmente una buena idea o la peor decisión tomada en años… No podía dejar de pensar “y esto recién comienza”

Y así con toooodoooo esto a cuestas, volví a mi asiento.

Al rato, por suerte no mucho más desde el episodio de la escalerita, finalmente hicimos la parada para cenar. Ya era cerca de la una y media de la mañana. Todo lo que uno pueda imaginarse como parada que se hace para cenar en un viaje en micro de 12 hs. de duración, todo, absolutamente todo lo que uno pueda imaginarse, no tiene nada que ver con “esto” en lo que se convirtió nuestra parada para cenar. Fue lo más parecido que vi a la Villa 31, y las variantes para comer era, sea cual fuera el stand pocilgoso elegido para cenar, la opción se reducía a un pollo frito que colgaba de un pinche de dudosa procedencia con unas papas sacadas de un tacho que causaban la misma impresión, o unas hamburguesas hechas en un recipiente nunca antes visto por mi, con vaya a saber cuántas cosas más ahí metidas entre dos tapas de pan muy poco tentadoras. Sin dudarlo, me incliné por el pollo que devoré con fragor. Calavera, aún con un humor de perros, estaba más reticente que yo con la comida, (increíble!!!), pero el hambre ganó la partida, y al rato ya estaba comiendo las papas de mi porción, (y yo su arroz, porque además, todo, absolutamente todo, siempre viene con arroz!). Ya con el estómago lleno, (no sabemos muy bien con qué, pero al menos con algo), le ofrecí un ibuprofeno que aceptó a regañadientes. Y así con una mala onda imposible volvimos a subirnos al micro, aún nos quedaban como 6 hs. de frío y miedo caminero…

Pude dormir poco y nada en lo que restaba de viaje. Así que me dediqué a apreciar todo el camino de locos que hicimos. En un momento, entramos en un tunel angostísimo y oscuro, en el que no nos sobraba más que 1 cm en cada extremo del bondi. Decidí confiar en la maestría del conductor, de todos modos, no tenía opción.

Finalmente, ya de día pero aún con un frío que calaba los huesos, llegamos a la terminal de Potosí. Para ese entonces, ya calavera se sentía bastante mejor, y sin saber bien cómo, me agradeció el ibuprofeno y se disculpó por el exabrupto de la noche anterior. Yo seguía preguntándome si éste no habría sido un terrible error…

Pero al bajar del bondi y estirar las piernas, al dejar descansar a nuestros oídos de tanta cumbia y al hacernos de nuevo con nuestras cosas, toda la ilusión del viaje pareció renacer en nosotros. Ahora si estábamos en nuestra primera parada, ahora si comenzaba nuestro viaje!

Macario, nuestro compinche de micro, se había bajado con nosotros y con su hija y su cuñado, y decidimos compartir un taxi al centro. Nos habló de un hostel al que podíamos ir, el KOALA DEN, y sin pensarlo dos veces nos dejamos conducir hasta allí. Ahí nos despedimos con la firme convicción de volver a vernos, pero en estos viajes las cosas suceden así, todo es muy fuerte, todo parece de hoy y para siempre, y por lo general es hoy y nunca más, así que así fue la despedida del que sería nuestro primer guía casual.

El KOALA DEN era un re-hostel. Y por lo tanto, no una baratija. Pero después de lo que veníamos atravesando, nos merecíamos descansar cómodos y en paz, así que tomamos una habitación para dos con baño privado. Antes de que nos dieran la habitación, (recién se desocupaba y aún debían limpiarla), pasamos al salón comedor en donde disfrutamos de un delicioso y copioso desayuno, que compartimos con el resto de los turistas alojados en el hostel, (mucho inglés, mucho yanki, mucho alemán). Frutas, panes, manteca, mermelada, huevos revueltos y toda infusión habida y por haber: café con leche, mate cocido, mate de coca, te… de todo.

Ahora si, con el estómago contento y el alma un poquito más animada, nos dieron la llave de la habitación y sin siquiera bañarnos, nos guardamos en el sobre y a dormir hasta nuevo aviso!!!

Para cuando nos levantamos, decidimos disfrutar de las bondades del agua caliente, un valor que a lo largo del viaje aprenderíamos a agradecer o añorar, según fuera el caso.

Ya limpitos, ya descansaditos, ya con panza llena y corazón contento, salimos a recorrer las callecitas de Potosí. Precioso lugar, muy pintoresco. Callecitas angostas, ni espacio casi para caminar por las veredas, autos que deben dejarse el paso mutuamente, mucha gente en la calle disfrutando de la tarde del sábado… Algo que me llamó la atención: las tortas! RARISIMO LO DE LAS TORTAS. Empezamos a ver a mucha gente que iba de un lado a otro cargando tortas, en sus manos, así sin más, sin empaquetar, sin siquiera estar tapadas por un papel un paño, algo… Mucha gente con tortas en las manos. Y después nos llamaron la atención los stands de tortas apostados en las callecitas, así pequeños stands de tablas repletos de tortas encima ¿¿¿??? Raro, no? Bueno, no se, una curiosidad más…
Aprovechamos nuestra tarde libre y fuimos a conocer la casa de la moneda, y seguimos paseando y sacando fotos sin piedad.
Paramos en una ex iglesia, actual teatro que además funcionaba como confitería. Hermoso teatro. Nos dijeron que en ese momento no había nada en escena y tampoco se podía pasar a conocer la sala, pero por lo que vimos, debía de ser enorme y hermoso. Ahí nos sentamos a una de las mesas y pedimos una rica merienda. Sin dudas, uno de los cafés más ricos que tomaríamos en toda Bolivia. Parecía que la suerte empezaba a cambiar…

El hostel contaba con todas las comodidades que uno puede esperar, a saber, Internet y tv, y en este primer día, hicimos uso de ambos. Mandamos mails informando que estábamos a salvo, y nos dedicamos a un zapping furioso, abstinencia que estaba comenzando a afectarnos.

Y pronto se hizo la hora de la cena. Así que nuevamente salir y buscar dónde engullir algo rico. Averiguando sobre excursiones para hacer, nos recomendaron un lugar, LA TORRE DE PIZZA, especializado en pizzas, pero nos decidimos por un pollo con vegetales que estaba de rechupete. Acompañamos con una cervecita y una vez acabada la cena, raudos volvimos al hostel a descansar. Mañana nos esperaba un nuevo día, todo todo nuevito para que escribamos en el a piacere. Finalmente el viaje parecía tomar el rumbo esperado…