El incesante tic-tac del reloj no hacía otra cosa más que hacer avanzar las manecillas, a la par que los rugidos de hambre retumbaban en nuestros estómagos. Cada vez que en el camino se vislumbraba algún farolito con luz, algo parecido a un poblado, cruzábamos los dedos esperando la parada. Pero la parada nunca llegaba, y uno a uno íbamos dejando atrás estos mínimos rastros de vida humana.
El camino, por otra parte, era de locos! A un lado, montaña, al otro el precipicio, y en el medio, un largo escarpado que parecía conducirnos al país del nunca jamás… Pero, como corresponde en estos casos, salvo los turistas que estábamos en el micro, nadie más parecía horrorizarse ni por lo peligroso del camino, ni por la brutalidad con que se conducía. Más bien parecían estar bastante tranquilos, a gusto con la cumbia boliviana al mango, comiendo mandarinas, con miles y miles de bártulos desparramados por todas partes, (de verdad: por qué los bolivianos no usan valijas??? En lugar de 5 bolsas enormes por cabeza, no sería más simple acomodar todo en valijas? Y más fácil de transportar, incluso? Incógnita que se me abrió en este viaje y aún continúa sin responderse).
Por un lado, semejante tranquilidad de los lugareños, tiende a tranquilizar: se supone que si están tan tranquilos, es porque no tienen miedo de morir esta noche, en este micro, en este camino, en este viaje… UFFF!!! Suspiro de alivio! Por otra parte… será acaso que son todos una manga de inconscientes???!!! No, no no, quedémonos mejor con el suspiro de alivio…
Así que así íbamos calavera y yo, tiritando de frío debajo de la ventanilla sin vidrio, con dolor de cabeza provocado por la cumbia boliviana que retumbaba en nuestros oídos, con un cansancio acorde a la travesía que veníamos atravesando, y con un hambre voraz, capaz de acabar con una carnicería entera… y por supuesto, con el humor digno de semejante descripción.
Yo no se si el dolor en la rodilla era tal que la reacción fue imposible de contener, (calavera tuvo no se qué cosa hace mucho, en una rodilla que se lastimó jugando al football, debió operarse pero desde entonces cada tanto le duele, y estar en mala posición o sin estirar la gamba durante un tiempo prolongado, no ayuda en lo absoluto), pero paso a relatar la situación, y luego cada uno sacará sus propias conclusiones…
Era de noche, y veníamos de un trajín importante, (no creo que sea necesario, pero para no restar dramatismo, paso a enumerar: 24 hs. de viaje + 6 en comisaría de Jujuy a causa del difunto con franela cubriéndole la cara, nuevas 12 hs de viaje por delante, chiflete que más que chiflete era un frío brusco que entraba por la ventanilla sin vidrio, miedo de morir en el camino, incomodidad, hambre, dolor de cabeza por cumbia que no paraba), obviamente estábamos crispados. No se qué le pregunto a calavera y ni quiero recordar qué me responde, pero no puedo olvidar el modo, (y recuerdo que pensé AUCH!), cuestión que se levanta y va a pararse a las escaleritas del bondi, con su pierna dolorida. Así un rato, dos ratos tres ratos… hasta que me levanté y fui a donde estaba, más que nada para ver si necesitaba algo o si podía ayudar, no se algo, sentía que ALGO tenía que hacer. Estaba jugando a no se qué jueguito de su celular, (ya dije que calavera para todo usa el celular, no?), y sin esperar a que abriera mi boca, me tomó de los brazos y me giró media vuelta y con firme gesto me mandó otra vez a mi lugar
O.K.
Empecé a preguntarme si este viaje había sido realmente una buena idea o la peor decisión tomada en años… No podía dejar de pensar “y esto recién comienza”
Y así con toooodoooo esto a cuestas, volví a mi asiento.
Al rato, por suerte no mucho más desde el episodio de la escalerita, finalmente hicimos la parada para cenar. Ya era cerca de la una y media de la mañana. Todo lo que uno pueda imaginarse como parada que se hace para cenar en un viaje en micro de 12 hs. de duración, todo, absolutamente todo lo que uno pueda imaginarse, no tiene nada que ver con “esto” en lo que se convirtió nuestra parada para cenar. Fue lo más parecido que vi a la Villa 31, y las variantes para comer era, sea cual fuera el stand pocilgoso elegido para cenar, la opción se reducía a un pollo frito que colgaba de un pinche de dudosa procedencia con unas papas sacadas de un tacho que causaban la misma impresión, o unas hamburguesas hechas en un recipiente nunca antes visto por mi, con vaya a saber cuántas cosas más ahí metidas entre dos tapas de pan muy poco tentadoras. Sin dudarlo, me incliné por el pollo que devoré con fragor. Calavera, aún con un humor de perros, estaba más reticente que yo con la comida, (increíble!!!), pero el hambre ganó la partida, y al rato ya estaba comiendo las papas de mi porción, (y yo su arroz, porque además, todo, absolutamente todo, siempre viene con arroz!). Ya con el estómago lleno, (no sabemos muy bien con qué, pero al menos con algo), le ofrecí un ibuprofeno que aceptó a regañadientes. Y así con una mala onda imposible volvimos a subirnos al micro, aún nos quedaban como 6 hs. de frío y miedo caminero…
Pude dormir poco y nada en lo que restaba de viaje. Así que me dediqué a apreciar todo el camino de locos que hicimos. En un momento, entramos en un tunel angostísimo y oscuro, en el que no nos sobraba más que 1 cm en cada extremo del bondi. Decidí confiar en la maestría del conductor, de todos modos, no tenía opción.
Finalmente, ya de día pero aún con un frío que calaba los huesos, llegamos a la terminal de Potosí. Para ese entonces, ya calavera se sentía bastante mejor, y sin saber bien cómo, me agradeció el ibuprofeno y se disculpó por el exabrupto de la noche anterior. Yo seguía preguntándome si éste no habría sido un terrible error…
Pero al bajar del bondi y estirar las piernas, al dejar descansar a nuestros oídos de tanta cumbia y al hacernos de nuevo con nuestras cosas, toda la ilusión del viaje pareció renacer en nosotros. Ahora si estábamos en nuestra primera parada, ahora si comenzaba nuestro viaje!
Macario, nuestro compinche de micro, se había bajado con nosotros y con su hija y su cuñado, y decidimos compartir un taxi al centro. Nos habló de un hostel al que podíamos ir, el KOALA DEN, y sin pensarlo dos veces nos dejamos conducir hasta allí. Ahí nos despedimos con la firme convicción de volver a vernos, pero en estos viajes las cosas suceden así, todo es muy fuerte, todo parece de hoy y para siempre, y por lo general es hoy y nunca más, así que así fue la despedida del que sería nuestro primer guía casual.
El KOALA DEN era un re-hostel. Y por lo tanto, no una baratija. Pero después de lo que veníamos atravesando, nos merecíamos descansar cómodos y en paz, así que tomamos una habitación para dos con baño privado. Antes de que nos dieran la habitación, (recién se desocupaba y aún debían limpiarla), pasamos al salón comedor en donde disfrutamos de un delicioso y copioso desayuno, que compartimos con el resto de los turistas alojados en el hostel, (mucho inglés, mucho yanki, mucho alemán). Frutas, panes, manteca, mermelada, huevos revueltos y toda infusión habida y por haber: café con leche, mate cocido, mate de coca, te… de todo.
Ahora si, con el estómago contento y el alma un poquito más animada, nos dieron la llave de la habitación y sin siquiera bañarnos, nos guardamos en el sobre y a dormir hasta nuevo aviso!!!
Para cuando nos levantamos, decidimos disfrutar de las bondades del agua caliente, un valor que a lo largo del viaje aprenderíamos a agradecer o añorar, según fuera el caso.
Ya limpitos, ya descansaditos, ya con panza llena y corazón contento, salimos a recorrer las callecitas de Potosí. Precioso lugar, muy pintoresco. Callecitas angostas, ni espacio casi para caminar por las veredas, autos que deben dejarse el paso mutuamente, mucha gente en la calle disfrutando de la tarde del sábado… Algo que me llamó la atención: las tortas! RARISIMO LO DE LAS TORTAS. Empezamos a ver a mucha gente que iba de un lado a otro cargando tortas, en sus manos, así sin más, sin empaquetar, sin siquiera estar tapadas por un papel un paño, algo… Mucha gente con tortas en las manos. Y después nos llamaron la atención los stands de tortas apostados en las callecitas, así pequeños stands de tablas repletos de tortas encima ¿¿¿??? Raro, no? Bueno, no se, una curiosidad más…
Aprovechamos nuestra tarde libre y fuimos a conocer la casa de la moneda, y seguimos paseando y sacando fotos sin piedad.
Paramos en una ex iglesia, actual teatro que además funcionaba como confitería. Hermoso teatro. Nos dijeron que en ese momento no había nada en escena y tampoco se podía pasar a conocer la sala, pero por lo que vimos, debía de ser enorme y hermoso. Ahí nos sentamos a una de las mesas y pedimos una rica merienda. Sin dudas, uno de los cafés más ricos que tomaríamos en toda Bolivia. Parecía que la suerte empezaba a cambiar…
El hostel contaba con todas las comodidades que uno puede esperar, a saber, Internet y tv, y en este primer día, hicimos uso de ambos. Mandamos mails informando que estábamos a salvo, y nos dedicamos a un zapping furioso, abstinencia que estaba comenzando a afectarnos.
Y pronto se hizo la hora de la cena. Así que nuevamente salir y buscar dónde engullir algo rico. Averiguando sobre excursiones para hacer, nos recomendaron un lugar, LA TORRE DE PIZZA, especializado en pizzas, pero nos decidimos por un pollo con vegetales que estaba de rechupete. Acompañamos con una cervecita y una vez acabada la cena, raudos volvimos al hostel a descansar. Mañana nos esperaba un nuevo día, todo todo nuevito para que escribamos en el a piacere. Finalmente el viaje parecía tomar el rumbo esperado…
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