domingo, 21 de febrero de 2010

CONTINUACIÓN...

Para cuando regresé a casa, la lluvia había cesado por completo y las estrellas habían vuelto a acaparar el cielo. Sólo el agua tapando las veredas, ramas caídas y árboles completos arrasados de sus raíces y todo tipo de cosas flotando, revelaban el feroz temporal que hasta hacía un momento había sumido a la ciudad en un caos completo en el que continuaría por los próximos días. Como cada lluvia, el arroyo Maldonado había vuelto a dejar en evidencia a los gobernantes de la ciudad, y a la clase maedia, que se amuchaba en las esquinas con su queja a voz en cuello. Los cortes de luz habían tomado por sorpresa a varias zonas de la ciudad. Cuadra a cuadra iba avanzando por aquellas que me separaban del bar a mi casa. A medida que iba acercándome, las calles a oscuras, con los faroles y los semáforos sin funcionar, me pronosticaban una noche sin electricidad, es decir, sin ventilador, sin televisor, sin heladera, y posiblemente, sin agua también, nada que disipara la tristeza que me invadía. Pensé que estar sin luz era un final previsible para un día como aquel, y una voz en mi cabeza no dejaba de preguntar: “qué vas a hacer con la casa”.

La boca de lobo fue guiándome hasta mi casa, pero, con sorpresa, noté justo la cuadra anterior, que la de mi casa tenía luz, tal y como el resto de las manzanas siguientes. Lo que indicaba que el corte llegaba hasta ahí. Con esa ilusión que se aferra con garras a la esperanza para no dejarla partir, inmediatamente comencé a considerar que quizás si era una persona afortunada y que no necesariamente todos los males del universo debían recaer sobre mi.

Abrí la puerta del ph, y a medida que avanzaba por el pasillo, corroboraba uno por uno que mis compañeros de ph tenían luz, uno con la salsa a todo volumen, otro con una novela o serie de la que salían tiros, ambulancias y pedidos de socorro, y los del bebé con todas las luces apagadas, lo que sólo corroboraba que el niño por fin se había dormido. Cuando entré en mi casa, me abalancé sobre el primer interruptor y con alegría comprobé que efectivamente tenía luz. Había corrido con suerte esta vez. En hora buena!

Rápido comencé a encender una a una las luces de casa, y uno a uno iban iluminándose los ambientes. Si hay algo que me perturba es la oscuridad, así que pronto mi casa quedó totalmente iluminada. Fue entonces que la ausencia se volvió notoria. De pronto la casa se había colmado de espacios vacios, el vacío lo llenaba todo de un modo brutal. Todos los rincones me gritaban sin piedad la ausencia de calavera. Miraba de un lado a otro intentando reconocer los espacios, pero la ausencia lo invadía todo, por más que mirara y buscara, el bajo de calavera, ya no estaba ahí, ni su guitarra, ni su tablero, ni su ropa sucia en el canasto o limpia colgada de la soga, ni el frasco siempre lleno de monedas para el colectivo, ni su remera verde para dormir hecha jirones, ni su sillón rojo, ni sus medias siempre tiradas por algún rincón, ni todos los volantes recogidos educadamente de manos ajenas durante el día, (siempre la misma discusión, qué te cuesta agarrarle el papel, no ves que el chico está trabajando! supongo que no me costaba nada), ni las ojotas, ni el cucharón ese heredado vaya a saber de quién, ni sus discos, ni su música ni su… ya no estaba calavera, mirara donde mirara, sólo podía pensar en qué íbamos a hacer con esa casa… Al final de cuentas, quedarme sin luz, no hubiese estado tan mal después de todo.

El bar no me había atraído particularmente, no era especialmente lindo, ni siquiera especialmente feo, no era ni moderno ni antiguo, era simplemente un bar, como cualquier otro, como cualquiera de los miles de bares que hay en las esquinas de Buenos Aires, sólo que éste estaba justo en la esquina de dónde estaba parando calavera. Y sin pensarlo dos veces, hacia allí nos dirigimos. Error! Pronto descubríqu no se debe subestimar la importancia del lugar donde se llevará a cabo una charla que puede ser crucial para el resto de tu vida, al menos, para alguna de todas ellas, puede ser sumamente beneficioso contar con un lugar inspirador, como altamente perjudicial lo contrario.

Pero no contaba con esta premisa antes de la charla, y en medio del diluvio, tampoco me pareció oportuno detenerme a evaluar las posibilidades barsisticas de la zona, simplemente, los dos chorreando agua y acuciados por la lluvia, entramos al bar y nos sentamos a una de las mesas.

Un cortado en jarrito y una lágrima doble. Con edulcorante, por favor, los dos. Medialunas? No, gracias. Ninguno de los dos había merendado, y la mojadura que teníamos encima ameritaba algo caliente, que asentara el estómago y nos alentara para la charla.

Luego de una puesta al día, concisa, pero inevitable, nos volcamos de lleno a la conversación que nos concernía.

Para qué ahondar en detalles. Baste decir que calavera me confesó cierta dificultad para confiar en mi estabilidad emocional y le costaba creer que esto no volviera a suceder… en cualquier momento. Sus razones eran profundas y locuaces, mis explicaciones poco serias y faltas de claridad. Cómo explicar, de un modo convincente, que sin quererlo, sin poder frenarlo y sin siquiera poder preverlo, voy saltando de realidad en realidad? Es imposible explicar semejante situación y esperar que no la tomen a una por loca. Yo misma, cuando la evidencia de los viajes se me volvió una verdad contundente e irrefutable, pensé que me estaba volviendo totalmente loca, que estaba perdiendo la chaveta por completo. Así que, por más que me enredé con mis propias palabras, no pude explicarle seriamente por qué de un día para el otro decidí volverme acróbata, moldear el físico a lo Tyson y unirme a la troupe de un domador de leones de destino itinerante. Estaba clarísimo que no podía contarle toda la verdad a calavera, en el supuesto de que creyera en la veracidad de lo que le contara, cosa poco probable, sería muy riesgoso para él, debiendo tomar recaudos de todo tipo por aquellos que nos persiguen y pretenden que esta realidad permanezca en las sombras. Por otra parte, de conocer cómo son los hechos, más tarde o más temprano, desistiría y acabaría por confirmar que no era conveniente confiar en mi estabilidad emocional, (y a la luz de los acontecimientos últimos, quién podría culparlo). Lo que más me conmovió de toda la charla, fue darme cuenta de la cantidad de preguntas sin respuestas que encerraban su cabeza. Es sorprendente la cantidad de cuestionamientos que puede albergar una persona sobre su pareja, nunca darlos a conocer y lo que es aún peor, su pareja, ni siquiera intuir esta situación. Cómo no me di cuenta de todo lo que le rondaba en la cabeza? Algún indicio debió haberme dado que yo no pude o no quise ver. Mi descuido se me presentó como una puntada en el estómago, un dolor intenso que me obligó a pararme e ir al baño a descargar en el inodoro toda la lágrima que había tomado recién. Al lavarme la cara y ver mi reflejo frente al espejo, otra vez volví a toparme con esa desconocida musculosa y de pelo corto, pero al detenerme en mi mirada, comprobé que detrás de todo ese disfraz, seguía siendo yo, desorientada, confusa, atemorizada, pero yo. Podía entender que calavera no viera aquello que yo podía ver, era claro que todo este tiempo había notado que algo raro pasaba, como si no hubiese sido yo, y si en algún momento se había esforzado por entender, era evidente que había desistido en el intento. Y tampoco podía culparlo por eso. Había sido un error pensar que podía saltar de realidad en realidad sin que el simple acto acarreara un sin fin de consecuencias. Siempre, todo acto, toda acción, contienen en si mismo una consecuencia. Negar esto o ignorarlo es de una estupidez demencial.

Para cuando volví a la mesa, ya calavera había pagado los cafés. Comprendí que la conversación había finalizado. Lo único que nos quedaba por arreglar, era qué hacíamos con la casa, pero no era el momento de discutirlo. Por el resto, estaba todo dicho. Ahora yo tenía muchas cosas para pensar, en principio, qué hacer con mi vida, pero era algo que tenía que hacer por mi cuenta, debía evaluar los desarreglos que podía haber causado en esta y todas las realidades y, en medida de lo posible, enmendar lo más que pudiera. Y de existir otra oportunidad, (dicen que la tercera es la vencida), sería en otros términos, con las cosas un poco más claras. Así que tomé el bolso que traía conmigo, nos saludamos con un beso y un largo abrazo que temí fuera de compromiso, y nos despedimos hasta siempre nunca jamás.

Con la mente alborotada, y triste pero en paz, emprendí el camino de regreso a casa. La oscuridad lo regía todo, una oscuridad perturbadora que hacía evidente el odio a las cosas poco claras. Después descubriría que a veces, la realidad, así, lisa y llana, presentada con total claridad, también puede ser perturbadora, cruel y dañina, y puede calar hondo en los huesos.

Cuando llegué a casa ya era tarde. Había sido un día largo y sumamente angustioso. Quería borrarlo de mi cabeza. Lo que más me aterraba era no saber hasta cuándo iba a permanecer en esta realidad. Por primera vez me topaba con una vida que no se parecía en nada a mi vida, que no me gustaba y que no sabía cómo continuar. Cómo me iba a mantener? De qué iba a trabajar, por ejemplo? Por lo que sabía, había renunciado a mi trabajo y me había dedicado al circo, pero ahora que esa posibilidad estaba absolutamente descartada, qué podría hacer? Empezar a buscar trabajo? De qué? Y con este cuerpo? Con este pelo? Y con la casa? En algún momento calavera y yo íbamos a tener que tomar alguna decisión…

UFFF!!!!!!!

Decidí que no era hora de plantearme tantos cuestionamientos. Quizás tenía la suerte de irme a dormir y levantarme mañana en otra realidad, mucho más acorde a lo que estaba acostumbrada, con calavera al lado, mi pelo hasta la cintura y comiendo helado, bien lejos de las barras proteícas de cereal. Si, mañana sería otro día. Así que me di una ducha rápida, (quería sacarme los restos del día antes de acostarme), y antes de caer rendida sobre la cama, pasé por la cocina y me eché un puñado de sal dentro de la boca, confiando en que la dosis facilitara la activación de las células que habilitan el acceso a los umbrales virtuales, con suerte, mañana, despertaría en otra realidad. Qué felicidad despertar y pensar que todo había sido un mal sueño. Y si bien sabía que no era así, que formaba parte de la más absoluta realidad, de una de ellas, al menos cabía la posibilidad de despertarme en otra. Ya tendría tiempo para solucionar las cosas, ahora, sólo quería dormir. Cuando apoyé la cabeza en la almohada, todo dejó de importar y el sueño se apoderó de mi. Despertara donde despertara, mañana sería otro día, ya nada podía hacer…

viernes, 12 de febrero de 2010

La extraña de pelo corto

No puedo precisar con claridad cuál fue mi sensación, simplemente puedo decir que la imagen que me devolvía el espejo, no la reconocía como propia. No se cuánto tiempo estuve obnubilada frente al espejo, pudo haber sido por 5 segundos o 2 horas, el tiempo a veces se vuelve relativo. Lo que si puedo aseverar, es que no me reconocía en la imagen que me devolvía el espejo, y no se me ocurren palabras para explicar el shock que ese reflejo significó para mi. No era sólo por el pelo cortito a lo garcón, aunque no es un dato menor. Toda la vida usé el pelo largo, desde chica, hasta la cintura, millones de fotos lo corroboran, así que este nuevo look que no llegaba ni siquiera a melenita, este corte “varón”, como vulgarmente se dice, (qué horror! corte “varón”, lo entrecomillo porque me duele hasta pronunciarlo!), me desorientó, me dejó perpleja y sin posibilidad de reacción por un tiempo considerable. Y a medida que mi mirada iba bajando, más y más iba aumentando mi perplejidad, de dónde habían salido esos músculos?! De quién eran esos hombros, esos brazos, esas piernas?! Nunca me caractericé por ser una esmirriada sin forma, pero de ahí a tener los músculos de Rambo y los abdominales de Terminator, había un abismo. Era como estar encerrada en el cuerpo de otra persona, en un cuerpo que no me pertenecía, y lo que era peor aún, un cuerpo que no me gustaba y en el que no me sentía para nada cómoda.

Al levantarme esa mañana, me había sentido rara, mareada. Creí que se debía a que estaba recién levantada. Como imaginaba que iba a despertar en la misma realidad que el día anterior, no me preocupé por saber qué hora era, ni por que calavera no estuviera a mi lado, ya sabía que en esta realidad de desempleada sin ocupación, los horarios no eran un problema para mi. Si me extrañó que no estuviera Aquiles a los pies de la cama, tal y como era su costumbre, pero supuse que habría ido a tomar agua, y simplemente, con el impulso propio del comienzo de un nuevo día, me levanté y fui al baño. Así que, cuando me tambaleé en el pasillo, no me preocupé, más bien se lo atribuí a esa manía que tengo de hacerlo todo rápido. Pero al llegar al baño y encontrarme con la imagen de esa musculosa de pelo cortito, comprendí que el mareo se debía a que estaba apresada en el cuerpo de otra. Y no era otra, yo se que no era otra, era yo misma, era mi cara, mis rasgos, mi pelo, corto, pero mio, y mis brazos, tres veces más voluminosos pero mis brazos, que concluían en mis manos, manos que reconocía, dedos con uñas que eran míos, incluso estaba la cicatriz en forma de cruz en la palma de mi mano derecha de cuando me clavé un pedacito de vidrio del vaso que rompí aquella vez que mi abuela me llevó a la casa de su primo Héctor, un viejito adorable, solterón empedernido, que hablaba francés y tocaba el piano como los dioses, y del que me enamoré perdidamente a los 5 años. Claramente no era el cuerpo de otra persona mi nueva cárcel, sino mi propio cuerpo… irreconocible, deformado, obscenamente voluminoso, pero mi cuerpo al fin. De ahí lo brutal del shock. Creo que haberme despertado en el cuerpo de un hombre, no me hubiese causado tanto estupor.

Una vez que recuperé la capacidad de reacción, comencé a llamar a los alaridos a Aquiles. No estaba, por ninguna parte aparecía Aquiles, ni rastros, en toda la casa, de la existencia de ningún perro, de ninguna mascota, para ser exactos. Y entonces, descubrí lo peor, con un terror asimilable a la locura, descubrí que tampoco había rastros, en toda la casa, de la existencia de calavera… o mejor dicho, los espacios vacíos en donde solían estar sus cosas, me anunciaban a gritos que calavera ya no estaba ahí, se había ido…

Nunca me había sucedido una cosa así. Siempre, en todos los viajes que había tenido la suerte o la desgracia, (aún no me decido, no se si todo esto es un gran castigo o un enorme don, las sensaciones son enfrentadas y contrapuestas cada vez), de afrontar hasta el momento, nunca mi vida se había visto tan horrorosamente alterada, siempre mantenía más o menos la misma lógica, nunca había dejado de ser yo, con perro o sin perro, con trabajo o sin trabajo, más o menos nerviosa, con un poco más o menos de plata, pero salvando ciertas circunstancias más bien aleatorias, yo siempre seguía siendo yo, mi vida era más o menos la misma, y por sobretodo, la gente que me rodeaba, que me contenía, que me quería y a la que yo quería, también era siempre la misma, y si bien mis circunstancias, al modificarse, modificaban las de los demás, estas modificaciones más bien acompañaban a las mías y viceversa.

Por eso, comprobar que no había rastros de calavera en casa, me hizo temblar de un modo del que no tengo registro previo, sentí que toda mi vida podía derrumbarse en cualquier momento, que no había nada estable que me contuviera, si calavera había desaparecido, qué otras cosas, qué otras personas más podrían haber desaparecido también?
Mi casa, al menos a primera vista, salvo por los espacios vacíos antes ocupados por las cosas de calavera, parecía ser la misma. No tenía ni pistas de en qué realidad me encontraba, como si hubiese sido mi primera vez en esta paralela, todo parecía dar vueltas a mi alrededor, y por un momento creí que me desmayaba. De pronto, un sudor frío comenzó a correrme por la espalda, y si alguien o algo había decidido entretenerse haciendo añicos mis realidades paralelas? Con estupor esta idea se apoderó de mi. Qué más podría haber perdido, qué otras realidades más podrían estar destruyendo de este modo tan impune y doloroso? Y la mayor de las preguntas, quién o qué podría estar haciendo esto? Por qué?
Pero quedaba aún otra posibilidad, otra opción en la que no quería ni siquiera pensar, una posibilidad peor que cualquier otra especulación posible, habría sido yo misma el monstruo malicioso encargado de tremendo desbarajuste? Era posible que yo fuese la artífice de todo esto? Habría perdido por completo el rumbo?

Nuevamente el mareo, nuevamente la sensación de inestabilidad y de desmayo. Y en eso desde el fondo de la conciencia, el sonido de un teléfono llamando me volvió a la realidad. Instintivamente lo busqué con la mirada donde suele estar, y ahí estaba, así que, no sin pánico, me abalancé sobre el aparato y contesté, sabiendo que podía encontrarme con cualquier cosa del otro lado del inalámbrico.

Con felicidad reconocí la voz de mi mamá, y no pude evitar largarme a llorar. Al menos mi mamá seguía siendo mi mamá, estaba y me quería, al menos eso no estaba destruido! Preocupada me preguntó qué me pasaba, pero sabiendo que no puedo explayarme en lo que concierne a mis viajes virtuales y a sabiendas de que esta realidad tan novedosa para mi era cotidiana para mi mamá, actué con rapidez e intenté dirigir la conversación a averiguar en qué realidad había despertado, quién era esta paralela a Jimena Luján y sobre todo, qué había sido de calavera.

Así supe que un tal Ricardo, domador de leones, al parecer, me estaba buscando “desesperadamente”. Me había dejado varios mensajes en el celular, (después supe que lo tenía apagado), y me había llamado al teléfono de casa. Yo no lo había escuchado, no sabía si porque aún no había atravesado el umbral que me vararía en esta vida, o si simplemente aún estaba durmiendo y el sonido de la campanilla no me había despertado, pero Ricardo había optado, como última opción, tratar de localizarme por intermedio de mi mama, con quien no se llevaba para nada bien. Aparentemente, desde que conocí a este "Ricardo", yo habría cambiado radicalmente, me había separado de calavera, me había unido a su circo entrenando los 7 días de la semana para convertirme en una acróbata de pura cepa, -lo que explicaba mi musculatura exagerada-, y, lo que había colmado la paciencia de todos, incluyendo la de mi madre, había decidido unirme al circo y partir de gira con ellos sin rumbo fijo. Por eso, una vez que mi mamá recibió el llamado de "Ricardo" desesperado queriendo tener noticias mías, más allá de haberse preocupado, se alegró con la esperanza de que finalmente hubiese entrado en razón y me hubiese despedido de la absurda idea de unirme en la legión de domadores, payasos y malabaristas. No fue dificil desembarazarme de mi madre. Le bastó con saber que iba a volver a la dieta y las compras compulsivas y que ningún circo iba a tener la suerte de contar con piruetas acrobáticas. Pero debía cortar pronto con ella, una avalancha de imágenes comenzaron a presentarse ante mi, y, como si estuviera viendo una película, una a una iban desfilando ante mi las imágenes de todo aquello que mi mamá acababa de relatarme.

Entonces comprendí que este cambio de cuerpo, de actitud, de vida, había sido absolutamente buscado, ideado y pergeñado por mi con el único fin de vivir otra vida totalmente diferente a mi vida, a mi vida original, sincera, verdadera y que ahora extrañaba tanto. Evidentemente, me había tomado en serio eso de vivir otras realidades, y en ese experimento, al parecer no me habría importado nada deshacer todo aquello que con tanto esfuerzo y corazón había armado a lo largo de todos estos años. Por eso, cuando lo conocí a Ricardo, con quién había comenzado a tomar clases de acrobacia, más por juego que por otra cosa, se me presentó la posibilidad de otra vida diametralmente diferente a la mía, y ante su ofrecimiento de unirme en su comparsa, no lo habría dudado ni un segundo, aún sabiendo que esto significaba el fin de mi relación con calavera. Supongo que especulaba con que siempre existen las demás realidades, pero ahora me avergüenza mucho haber obrado de modo tan egoísta.

En este sin fin de imágenes como ráfagas que desfilaron ante mi, me desgarró la de calavera juntando sus cosas, vaciando la casa de su presencia, y por sobre todo, me vi a mi partida en dolor. Por qué, entonces, seguir adelante? Era incomprensible y a la vez, no podía dejar de reconocer que esa actitud era bastante más común y repetida que lo aconsejable en el cotidiano colectivo, con la salvedad de que en escasas oportunidades tenemos la posibilidad de deshacer lo hecho. Ya había sido suficiente. Ya había entendido todo, ya sabía perfectamente en qué realidad estaba, y no me gustaba, no me gustaba ni un poco. Era hora de solucionar las cosas, o al menos, intentarlo.

Me vestí a las apuradas, sólo encontré calzas, remerones y babuchas coloridas, así que, viendo que el vestuario dejaba mucho que desear, me zambullí en lo primero que encontré, sin demasiadas pretensiones, y salí corriendo a la calle, sabía perfectamente a dónde debía dirigirme, ya había recordado todo.

Por instinto, no más, tomé la mochilita que había en sobre una silla cerca de la puerta de casa, y por suerte estaban las llaves y un monedero con algo más de $ 40. Decidí tomar un taxi, la urgencia de la empresa que tenía entre manos lo ameritaba.

En qué momento se me había ido todo de las manos de esta forma? No creo haber evaluado las consecuencias de mis decisiones... no creo haber evaluado nada, en realidad. Ahora la rueda había comenzado a andar, y parecía no tener fin, qué otras cosas estaría haciendo en este mismo momento mi Jimena paralela con pretencions de múltiples vidas??? Era como si con este don, que ya estaba comenzando a vivir como un castigo, se despertara en mi una zona oscura, egoísta, un ser nuevo y aterrador, dispuesto a cualquier cosa con tal de vivir nuevas experiencias, sin importar el daño que esto pudiera ocasionar a los demás, olvidando la regla número 1, que es que cada realidad, por más paralela que sea de la origina, funciona como un organismo entero, completo, tiene su propia organicidad y sus propias leyes, y si bien, como organismo funcionan de manera independiente, no dejan de estar íntimamente relacionadas, y sabía que, más allá de que no estaba bien lo que había hecho y debía intentar resolverlo, tarde o temprano, la Ley de Umbrales Virtuales, comenzaría a cobrarme mis malos comportamientos, en ésta y en todas las realidades.

Mientras reflexionaba sobre estas cuestiones, llegué al circo ese famoso en donde me estaban aguardando para partir con destinos inciertos. Los saludé afectuosamente a todos, una vez frente a ellos, debo reconocer que me alegraron un poco el alma. Era un lindo grupo, y se que supe ser muy feliz entre ellos, pero no puedo irme así, sin más y abandonarlo todo. Quizás en otra vida… No! Pero qué digo, por pensar en otras vidas estoy metida en este tremendo bolonqui del que sólo quiero salir! Les expliqué que realmente me habían hecho mucho bien que apreciaba la calidez con que había sido recibida en su maravilloso mundo, pero ni en sueños podría vivir en un remolque toda la vida! Entre elefantes y malabaristas, y hombres que escupen fuego por la boca, y olor a estiércol… Soy una persona absolutamente citadina, tengo cemento en las venas, y aunque puede que por algún tiempo haya creído realmente que podía vivir así, sin un hogar fijo, de gira eterna conviviendo cada vez con la gente del nuevo lugar, sabía que a la larga, extrañaría horrorosamente a mi familia, a mis papás, a mis sobrinas, a mi hermana, a mis amigas, mis entrañables amigas! Y a calavera, claro!

Una vez hecha la despedida, habiendo dado y recibido tantos abrazos que me quedó doliendo el pecho, fui a cumplir la otra misión que debía enfrentar, ir a buscar a calavera.

Esta vez preferí caminar. Estaba a 20 cuadras de donde suponía se había instalado calavera. No tenía una noción del todo preciso del momento de la separación, es decir, no sabía exactamente hacía cuánto que estábamos separados, pero por lo que mi mamá me había contado, podía suponer que rondábamos ya el mes, es decir, bastante tiempo como para haber pensado y re-pensado y haber tomado una decisión y sostenerla. Pero en otra época, en la época del “a mi no me pasa” ya habíamos estado separado, y tenía la ilusión de que al menos eso contara a mi favor.

Mientras caminaba esas cuadras bajo la lluvia, (obvio, no podía ser de otra manera, se había largado una tormenta de esas de verano, en que pareciera que el cielo se abriera sólo para dejar pasar el agua), iba pensando en que desconocía absolutamente el mecanismo de estos viajes virtuales, y estaba comenzando a percatarme de un detalle, ya no sólo era una cuestión de atravesar umbrales y caer en realidades paralelas de las más diversas, estaba comenzando a sospechar que además viajaba en el tiempo, y que en estos viajes a través del tiempo, algo de la conciencia también se comenzaba a trastocar, lo que posibilitaba estos cambios abruptos de elecciones y personalidades… eso o en algún momento, sinceramente, me dejó de importar el resto y comencé a mandarme cualquiera. Pero de todas, ésta era la explicación que menos me gustaba, y tenía fe en que estos viajes virtuales no afectaran de tal modo mi concepción de la vida.

Abruptamente tuve que abandonar estos pensamientos cuando, 5 cuadras antes del lugar al que me dirigía, justo frente a mi, también bajo la lluvia y con una expresión que no podía terminar de distinguir si era de asombro, alegría o furia, estaba calavera, clavado en la vereda, mirándome. De haberse tratado de una película, hubiese tildado a semejante escena de, como mínimo, trillada, previsible y poco novedosa, pero como pertenecía a la más absoluta realidad, al menos a la más absoluta realidad paralela en la que me encontraba en ese momento, no me detuve en calificativos y con mi mejor sonrisa, (mi abuela siempre me decía, “Jimena, una sonrisa no se le niega a nadie, es la mejor carta de presentación”), envalentonándome en mis grandes dientes blancos, me encaminé, derechito, hacia donde estaba calavera…

Al cruzar la calle, veo que junto a él estaba uno de sus amigos, a quién le entrega las bolsas que llevaba, (por lo que alcancé a ver, una botella de coca-cola un par de cajas de hamburguesas y un paquete de pan, bastante previsible también), y con un cabeceo de saluda desaparece por una puerta pesada de vidrio y rejas negras.

Ahora si, ahí estábamos los dos, enfrentados. Empapada y con la capucha puesta, no pude evitar pensar que mejor hubiese sido llamarlo por teléfono y arreglar una cita para charlar y así tener la oportunidad de presentarme en mejor estado, pero viendo el cuerpo que me contenía, pensé que iba a ser difícil mejorar el estado, así que mejor acelerar los trámites y acabar con esta agonía, sea cual fuese la resolución de todo esto, al menos iba a llegar a un fin, y ya estaba cansada de tanta vuelta novelesca. Nos saludamos con cordialidad aunque con frialdad, y como vi que no me invitaba a pasar ni me sugería entrar a ningún lugar, lo invité yo a tomar un café en el bar de la cuadra de enfrente. Me miró a los ojos, fijo por un momento, una eternidad para mi. Cada tanto, de la capucha caían gotas gordas de lluvia que se estrellaban en mi nariz, y mientras me miraba, no podia evitar pensar en lo aparatoso de la situación…

CONTINUARA...

domingo, 7 de febrero de 2010

NORMALMENTE...

Normalmente hubiese respirado ruidosamente, a lo sumo, hubiese suspirado con fastidio, pero, resignada, habría vuelto a tomar la tarjeta que salía eyectada por la misma hendija por donde la había metido hacía sólo unos instantes, y me hubiese retirado del cajero en busca de otro que accediera a facilitarme la suma, (humilde, humildísima suma), de dinero MIO, dicho sea de paso, que pretendía sacar de la cuenta.

Si, normalmente hubiese hecho eso… Pero hoy no era un día normal…

Ya desde temprano, al despertar, “algo” me anunciaba que no era un día normal…

En principio, el sol entraba por la ventana con una intensidad mucho mayor a la acostumbrada para las 8 de la mañana, así que enseguida comencé a sospechar que no eran las 8 de la mañana, sino bastante más tarde. Inmediatamente corroboré mi sospecha al ver que las manecillas del despertador indicaban las 11:27. HORROR! No era tarde, era tardísimo! Al girar para despertar a los gritos a calavera, comprobé que no estaba ahí, sentí alivio. No se por qué razón, siempre que nos quedamos dormidos, descarga su furia en mi, como si yo tuviera la culpa, como si no hubiésemos sido los dos los que nos quedamos dormidos, así que no tener que escuchar sus quejas, iba a contribuir para no empeorar mi mañana que ya bastante mal había comenzado, acrecentando mi consabido mal humor matinal. Pero una vez pasado el alivio inicial, comenzó a extrañarme su ausencia, cómo que no estaba??? dónde estaba? Entonces, comencé a dudar, será que es sábado? o domingo? Será que no tenía que levantarme temprano???!!! Será, acaso, que calavera no está porque fue a la panadería de la vuelta, esa que hace esas medialunas tan ricas, que te las dan calentitas y tienen un olorcito que no lo podés creer, y está por entrar en cualquier momento con el aromático manjar?!
Cuando estaba a punto de convencerme esta posibilidad, desde la punta de la cama, Aquiles me hizo caer en la realidad.
Aún echado entre las sábanas, aún en su lugar a los pies de la cama, aún medio dormido pero ya moviendo la cola, Aquiles me miraba desorientado desde sus ojos lagañosos de sueño. Entonces lo comprendí todo: hoy no sería un día normal, había despertado en otra realidad. Sólo hay una realidad en la que calavera y yo convivimos, además, con Aquiles, y en esa realidad, ahora que lo recordaba, hacía una semana me había quedado sin trabajo.

Aquiles es nuestro perro, un simpático cachorro raza perro, que tiene una de sus patitas traseras medio tullidita. Una tarde, mientras calavera y yo recorríamos los puestos del parque Rivadavia con la ilusión de dar con algún hallazgo de esos que después se exhiben como trofeo, dando cuenta de la suerte que hemos tenido por el objeto obtenido, y tras dos horas de no dar más que con cachivaches y baratijas desmotivantes, calavera lo vió. Ahí estaba él, acurrucado en la escasa sombra de uno de esos árboles añosos y enormes que hay en el parque, resguardándose, como podía, del sol, mientras eludía pelotas y freesbes. Yo creo que el enamoramiento fue instantáneo y recíproco, los dos se miraron y el flechazo se produjo. Finalmente, se había producido el hallazgo, ahí estaba el objeto maravilloso que calavera estaba convencido de haber encontrado después de más de dos horas de calor sofocante de caminata entre los puestos del parque Rivadavia. Enseguida me di cuenta de que tenía que desempeñar el rol de la mala de la película, así que puse manos a la obra, y mientras calavera acariciaba el lomo del perrito, la cabecita, y se reía con las piruetas y caras del cachorro que no paraba de mover su cola y pasarle la lamerle las manos y la cara, le hice un recuento de las mil y una razones por las cuales no podíamos tener un perro, (“no estamos nunca en casa, el bicho se la va a pasar solo todo el día” “quién lo va a sacar a pasear? eh? mirá que hay que sacarlo todos los días, a la mañana y a la noche, eh!” “vos te vas a encargar de llevarlo a la veterinaria?”), pero todo fue inútil, cuando calavera, con esos ojos de niño bueno que sólo pone cuando quiere conseguir algo de la dama de hielo, me explicó que seguramente lo habían abandonado al nacer, que seguramente habría tenido, al menos 7 hermanitos sanos y fuertes y que sin dudas él había sido el único que había nacido con un pequeño defecto, con un taloncito mal, (así dijo, “un taloncito mal”), supe, no sólo que el perro se venía a casa con nosotros, sino que ya nos había adoptado y que su mismo “defecto” lo había bautizado, obviamente se llamaría Aquiles.

Desde entonces, Aquiles se ha ganado su lugar en la casa y solemos compartir y disfrutar mucho de sacarlo a pasear, pero, como era de esperar, yo soy la que lo lleva a la veterinaria para los controles y para que lo bañen, le corto las uñas, a veces me animo con el pelo, le enseñé a echarse y a dar la patita, y le compro comida cuando se acaba, (porque, por más que calavera esté convencido de lo contrario, no, no se reproduce por si sola en la alacena). Y, más allá de algún que otro tapizado de alguna silla de mi abuela que lamenté en el alma, es una compañía y, a esta altura, un miembro más de la familia.

Si bien intentamos por todos los medios habidos y por haber, que Aquiles durmiera en su súper cómodo almohadonote que muchos cachorros ladrarían por tener, nunca lo logramos, desde el comienzo se adueño del sector de la cama que dejan libres los dos pares de pies que lo rodean todas las noches y ahí mismo, ya el colchón tiene marcada su humanidad, y la cama no es más que otra de las tantas cosas que ahora compartimos entre los tres. Por eso, esta mañana al despertar, una vez superado el sobresalto inicial, que yo me había despertado en otra realidad, que calavera no estaba porque él si había tenido que ir a trabajar y que yo, no sólo podía despertarme tardísimo, sino que podía seguir durmiendo durante todo el día… ahora que lo pensaba bien, de hecho, no tenía por qué levantarme.

Cada vez que me despierto en otra realidad, tardo un poco en reaccionar y entender cómo es mi vida paralela ahí donde amanecí. Una vez hecho este proceso, recordé que, desde que me quedé sin trabajo, añoro terriblemente mi viejo empleo del que tanto despotriqué en todas las realidades y vidas paralelas. Y no es que lo extrañe, en realidad no lo extraño, ni siquiera a la gente, aquellos con los que trabé algún vínculo los sigo viendo fuera del trabajo, pero había algo de esa rutina diaria que me ordenaba y, en cierta forma, me servía, (más allá del sueldo, que por ahora con el seguro de desempleo iré tirando, pero que también es una preocupación que me remuerde la conciencia). Ahora, en cambio, tengo todo el tiempo del mundo para acomodármelo del modo en que me plazca, lo que concluye en que todo puedo hacerlo mañana. No se si será depresión, porque en realidad no me siento deprimida, pero escuché por ahí que justamente ése es uno de los síntomas. Siempre me digo a mi misma que está buenísimo que haya sucedido así, que esto sólo abre la puerta para todas las grandes oportunidades que me están esperando, pero la verdad, es que, en estas dos semanas que pasaron, además de dormir como morsa y acostarme tardísimo después de navegar horas en Internet buceando entre los sitios más insólitos, además de hacerme una experta en las noticias de la farándula vernácula, mientras los niveles de sal se acrecientan en mi organismo por la ingesta desmesurada de papas fritas, no hay nada más que haya hecho que valga la pena ser mencionado, y así los días pasan pero las grandes oportunidades no llegan a mi puerta aún.

Por eso hoy, cuando me desperté al ver que era casi medio día, habiendo hecho un repaso de lo que habían sido mis últimas semanas en esta realidad, y no sabiendo hasta cuándo trendré que permanecer atrapada en esta paralela, decidí saltar de la cama y hacer algo por mi vida.

Como mucho qué hacer no se me ocurrió, (por más que me asomé, no vi a ninguna gran oportunidad del otro lado de mi puerta), y los grandes cambios hay que darlos dando pequeños pasos, decidí comenzar por algo bien chiquitito: hoy voy a cocinar! Si señor, hoy voy a preparar una rica comida, sabrosa, de esas que llevan su tiempo de preparación y que nunca hacemos precisamente porque no tenemos tiempo, hoy voy a preparar unos escalopines al marsala con bombas de papa, y que calavera se caiga de culo!

A pesar de la llovizna molesta y pegajosa que no paraba, tomé la correa, (enseguida Aquiles comenzó a saltar y ladrar de felicidad moviendo la cola, sabe que va a salir a pasear!), y ya con un perro asegurado contra todo riesgo, (propio y ajeno), y pertrechada con mi súper piloto con capucha, salí a hacer las compras. Como no tenía un centavo partido al medio, primero, debía pasar por el cajero a sacar la magra cantidad que me quedaba en la cuenta, y hacia allí me dirigí mientras, mentalmente, hacía una lista con todas las cosas que tenía que comprar: peceto cortado como para milanesas, harina, huevos, perejil, papas, queso fresco, pan rallado, marsala, obvio!. Al llegar al banco, me alegré de que no hubiese nadie esperando para usar los cajeros, así que, acomodé a Aquiles en un rinconcito, y entré con tarjeta en mano pensando que a partir de ese momento mi suerte debía cambiar y que mucho estaba en la energía con que encarara cada cosa: pensemos en verde… o en violeta? en qué color teníamos que pensar?. Mientras me debatía en estas reflexiones, desde la pantallita del cajero se me informa que ese cajero no operaba con dinero en ese momento, que disculpara las molestias… Uff! Bueno, sin detenerme demasiado en este percance, me retiré del cajero y junto con Aquiles nos encaminamos hacia el próximo banco. Cinco cuadras después, llegué a otro banco que operaba con la red que estaba buscando, al que, al igual que yo, se habían dirigido todos aquellos que seguramente habrían pasado por el otro sin lograr efectuar exitosamente su transacción. Al ver la cola que me esperaba, pensé que ése era un panorama mucho más similar al que debía esperar según la suerte de las últimas semanas. Así que, con paciencia, me coloqué al final de la fila. Como estábamos en los primeros días del mes, mucha de la gente que tenía delante se dedicó a abonar impuestos y servicios, con lo que mi estadía en el cajero se demoró más de lo deseado, pero bueno, salvo que a nadie le gusta hacer colas ni en el banco ni en ninguna parte, nada ni nadie me corría, así que decidí tomármelo con calma. Una vez llegado mi turno, vuelvo a operar de idéntica forma que antes, pero ahora la leyenda con que me respondía el cajero me informaba que debía sacar una suma que fuese múltiplo de 100… Y yo no tenía $ 100 en mi cuenta! Yo tenía $ 90!!! Suma que ahora quedarían secuestradas dentro de la cuenta porque a esa altura, el banco ya estaba cerrado, así que tampoco podía acudir a un cajero persona! Y así, nada más, me quedaba sin mi plata y sin poder hacer la rica comida que tenía pensada y sin poder comenzar mi nueva vida de pensamiento verde o violeta, pero positivo!!!

GRRR!!!

Quizás mi reacción no fue del todo atinada, cual tifón, comencé a zarandear el cajero a la par que iba enumerando una a una todas las atrocidades de este mundo, y las injusticias de las que era víctima día a día, entre las que estaba, por supuesto, la imposibilidad de los que no tenemos $ 100 en la cuenta de sacar la mísera suma de la que disponemos!

Minutos después, estaba sentada en una oficinita, esmerándome en una explicación que con el seño fruncido escuchaba el hombre de seguridad del banco, que insistía con llamar a la policía o a algún servicio de salud mental. Después de denodadas explicaciones sobre el trauma de quedarse sin trabajo para una persona de mi edad, y que todo aumenta, y no hay seguridad en ningún trabajo, y a ud. le parece, 7 años de mi vida tirados a la basura porque así como si nada te descartan, y que para colmo de males, no había podido sacar la plata que es mía y lo poco que me quedaba, y que ya vengo de un banco, y toda la cola que hice, y… finalmente, lo convencí, o le di lástima, pero logré que no llamara a nadie, prometiéndole que nunca más pisaría esa entidad bancaria.

Cuando volvía a casa, con Aquiles que no entendía nada pero que ya no movía tanto la cola, aunque en cada semáforo en rojo en que parábamos, me lamía los pies como queriéndome dar aliento, ya abandonada la idea de la gran cena para la noche, comprendí que ALGO tenía que ponerme hacer y PRONTO. Era obvio, lo viese o no, que no estaba sabiendo manejar las cosas y que este estado, si no se llamaba depresión, pues que le pusieran el nombre que quisieran, pero seguramente era lo más parecido a una depresión que había vivido hasta el momento, al menos en esta realidad… También noté que todo esto me estaba sucediendo en mi período de abstinencia psicoanalítica, lo que seguramente no era producto de la mera coincidencia… Y que, si bien no sabía qué hacer ni cómo lograr un cambio rotundo frente a todo esto, lo que era evidente era que ALGO tenía que hacer… en principio, esta noche, al irme a dormir, iba a hacer toda la fuerza posible por despertarme en una realidad en la que aún conservara mi tedioso y miserable empleo.