Para cuando regresé a casa, la lluvia había cesado por completo y las estrellas habían vuelto a acaparar el cielo. Sólo el agua tapando las veredas, ramas caídas y árboles completos arrasados de sus raíces y todo tipo de cosas flotando, revelaban el feroz temporal que hasta hacía un momento había sumido a la ciudad en un caos completo en el que continuaría por los próximos días. Como cada lluvia, el arroyo Maldonado había vuelto a dejar en evidencia a los gobernantes de la ciudad, y a la clase maedia, que se amuchaba en las esquinas con su queja a voz en cuello. Los cortes de luz habían tomado por sorpresa a varias zonas de la ciudad. Cuadra a cuadra iba avanzando por aquellas que me separaban del bar a mi casa. A medida que iba acercándome, las calles a oscuras, con los faroles y los semáforos sin funcionar, me pronosticaban una noche sin electricidad, es decir, sin ventilador, sin televisor, sin heladera, y posiblemente, sin agua también, nada que disipara la tristeza que me invadía. Pensé que estar sin luz era un final previsible para un día como aquel, y una voz en mi cabeza no dejaba de preguntar: “qué vas a hacer con la casa”.
La boca de lobo fue guiándome hasta mi casa, pero, con sorpresa, noté justo la cuadra anterior, que la de mi casa tenía luz, tal y como el resto de las manzanas siguientes. Lo que indicaba que el corte llegaba hasta ahí. Con esa ilusión que se aferra con garras a la esperanza para no dejarla partir, inmediatamente comencé a considerar que quizás si era una persona afortunada y que no necesariamente todos los males del universo debían recaer sobre mi.
Abrí la puerta del ph, y a medida que avanzaba por el pasillo, corroboraba uno por uno que mis compañeros de ph tenían luz, uno con la salsa a todo volumen, otro con una novela o serie de la que salían tiros, ambulancias y pedidos de socorro, y los del bebé con todas las luces apagadas, lo que sólo corroboraba que el niño por fin se había dormido. Cuando entré en mi casa, me abalancé sobre el primer interruptor y con alegría comprobé que efectivamente tenía luz. Había corrido con suerte esta vez. En hora buena!
Rápido comencé a encender una a una las luces de casa, y uno a uno iban iluminándose los ambientes. Si hay algo que me perturba es la oscuridad, así que pronto mi casa quedó totalmente iluminada. Fue entonces que la ausencia se volvió notoria. De pronto la casa se había colmado de espacios vacios, el vacío lo llenaba todo de un modo brutal. Todos los rincones me gritaban sin piedad la ausencia de calavera. Miraba de un lado a otro intentando reconocer los espacios, pero la ausencia lo invadía todo, por más que mirara y buscara, el bajo de calavera, ya no estaba ahí, ni su guitarra, ni su tablero, ni su ropa sucia en el canasto o limpia colgada de la soga, ni el frasco siempre lleno de monedas para el colectivo, ni su remera verde para dormir hecha jirones, ni su sillón rojo, ni sus medias siempre tiradas por algún rincón, ni todos los volantes recogidos educadamente de manos ajenas durante el día, (siempre la misma discusión, qué te cuesta agarrarle el papel, no ves que el chico está trabajando! supongo que no me costaba nada), ni las ojotas, ni el cucharón ese heredado vaya a saber de quién, ni sus discos, ni su música ni su… ya no estaba calavera, mirara donde mirara, sólo podía pensar en qué íbamos a hacer con esa casa… Al final de cuentas, quedarme sin luz, no hubiese estado tan mal después de todo.
El bar no me había atraído particularmente, no era especialmente lindo, ni siquiera especialmente feo, no era ni moderno ni antiguo, era simplemente un bar, como cualquier otro, como cualquiera de los miles de bares que hay en las esquinas de Buenos Aires, sólo que éste estaba justo en la esquina de dónde estaba parando calavera. Y sin pensarlo dos veces, hacia allí nos dirigimos. Error! Pronto descubríqu no se debe subestimar la importancia del lugar donde se llevará a cabo una charla que puede ser crucial para el resto de tu vida, al menos, para alguna de todas ellas, puede ser sumamente beneficioso contar con un lugar inspirador, como altamente perjudicial lo contrario.
Pero no contaba con esta premisa antes de la charla, y en medio del diluvio, tampoco me pareció oportuno detenerme a evaluar las posibilidades barsisticas de la zona, simplemente, los dos chorreando agua y acuciados por la lluvia, entramos al bar y nos sentamos a una de las mesas.
Un cortado en jarrito y una lágrima doble. Con edulcorante, por favor, los dos. Medialunas? No, gracias. Ninguno de los dos había merendado, y la mojadura que teníamos encima ameritaba algo caliente, que asentara el estómago y nos alentara para la charla.
Luego de una puesta al día, concisa, pero inevitable, nos volcamos de lleno a la conversación que nos concernía.
Para qué ahondar en detalles. Baste decir que calavera me confesó cierta dificultad para confiar en mi estabilidad emocional y le costaba creer que esto no volviera a suceder… en cualquier momento. Sus razones eran profundas y locuaces, mis explicaciones poco serias y faltas de claridad. Cómo explicar, de un modo convincente, que sin quererlo, sin poder frenarlo y sin siquiera poder preverlo, voy saltando de realidad en realidad? Es imposible explicar semejante situación y esperar que no la tomen a una por loca. Yo misma, cuando la evidencia de los viajes se me volvió una verdad contundente e irrefutable, pensé que me estaba volviendo totalmente loca, que estaba perdiendo la chaveta por completo. Así que, por más que me enredé con mis propias palabras, no pude explicarle seriamente por qué de un día para el otro decidí volverme acróbata, moldear el físico a lo Tyson y unirme a la troupe de un domador de leones de destino itinerante. Estaba clarísimo que no podía contarle toda la verdad a calavera, en el supuesto de que creyera en la veracidad de lo que le contara, cosa poco probable, sería muy riesgoso para él, debiendo tomar recaudos de todo tipo por aquellos que nos persiguen y pretenden que esta realidad permanezca en las sombras. Por otra parte, de conocer cómo son los hechos, más tarde o más temprano, desistiría y acabaría por confirmar que no era conveniente confiar en mi estabilidad emocional, (y a la luz de los acontecimientos últimos, quién podría culparlo). Lo que más me conmovió de toda la charla, fue darme cuenta de la cantidad de preguntas sin respuestas que encerraban su cabeza. Es sorprendente la cantidad de cuestionamientos que puede albergar una persona sobre su pareja, nunca darlos a conocer y lo que es aún peor, su pareja, ni siquiera intuir esta situación. Cómo no me di cuenta de todo lo que le rondaba en la cabeza? Algún indicio debió haberme dado que yo no pude o no quise ver. Mi descuido se me presentó como una puntada en el estómago, un dolor intenso que me obligó a pararme e ir al baño a descargar en el inodoro toda la lágrima que había tomado recién. Al lavarme la cara y ver mi reflejo frente al espejo, otra vez volví a toparme con esa desconocida musculosa y de pelo corto, pero al detenerme en mi mirada, comprobé que detrás de todo ese disfraz, seguía siendo yo, desorientada, confusa, atemorizada, pero yo. Podía entender que calavera no viera aquello que yo podía ver, era claro que todo este tiempo había notado que algo raro pasaba, como si no hubiese sido yo, y si en algún momento se había esforzado por entender, era evidente que había desistido en el intento. Y tampoco podía culparlo por eso. Había sido un error pensar que podía saltar de realidad en realidad sin que el simple acto acarreara un sin fin de consecuencias. Siempre, todo acto, toda acción, contienen en si mismo una consecuencia. Negar esto o ignorarlo es de una estupidez demencial.
Para cuando volví a la mesa, ya calavera había pagado los cafés. Comprendí que la conversación había finalizado. Lo único que nos quedaba por arreglar, era qué hacíamos con la casa, pero no era el momento de discutirlo. Por el resto, estaba todo dicho. Ahora yo tenía muchas cosas para pensar, en principio, qué hacer con mi vida, pero era algo que tenía que hacer por mi cuenta, debía evaluar los desarreglos que podía haber causado en esta y todas las realidades y, en medida de lo posible, enmendar lo más que pudiera. Y de existir otra oportunidad, (dicen que la tercera es la vencida), sería en otros términos, con las cosas un poco más claras. Así que tomé el bolso que traía conmigo, nos saludamos con un beso y un largo abrazo que temí fuera de compromiso, y nos despedimos hasta siempre nunca jamás.
Con la mente alborotada, y triste pero en paz, emprendí el camino de regreso a casa. La oscuridad lo regía todo, una oscuridad perturbadora que hacía evidente el odio a las cosas poco claras. Después descubriría que a veces, la realidad, así, lisa y llana, presentada con total claridad, también puede ser perturbadora, cruel y dañina, y puede calar hondo en los huesos.
Cuando llegué a casa ya era tarde. Había sido un día largo y sumamente angustioso. Quería borrarlo de mi cabeza. Lo que más me aterraba era no saber hasta cuándo iba a permanecer en esta realidad. Por primera vez me topaba con una vida que no se parecía en nada a mi vida, que no me gustaba y que no sabía cómo continuar. Cómo me iba a mantener? De qué iba a trabajar, por ejemplo? Por lo que sabía, había renunciado a mi trabajo y me había dedicado al circo, pero ahora que esa posibilidad estaba absolutamente descartada, qué podría hacer? Empezar a buscar trabajo? De qué? Y con este cuerpo? Con este pelo? Y con la casa? En algún momento calavera y yo íbamos a tener que tomar alguna decisión…
UFFF!!!!!!!
Decidí que no era hora de plantearme tantos cuestionamientos. Quizás tenía la suerte de irme a dormir y levantarme mañana en otra realidad, mucho más acorde a lo que estaba acostumbrada, con calavera al lado, mi pelo hasta la cintura y comiendo helado, bien lejos de las barras proteícas de cereal. Si, mañana sería otro día. Así que me di una ducha rápida, (quería sacarme los restos del día antes de acostarme), y antes de caer rendida sobre la cama, pasé por la cocina y me eché un puñado de sal dentro de la boca, confiando en que la dosis facilitara la activación de las células que habilitan el acceso a los umbrales virtuales, con suerte, mañana, despertaría en otra realidad. Qué felicidad despertar y pensar que todo había sido un mal sueño. Y si bien sabía que no era así, que formaba parte de la más absoluta realidad, de una de ellas, al menos cabía la posibilidad de despertarme en otra. Ya tendría tiempo para solucionar las cosas, ahora, sólo quería dormir. Cuando apoyé la cabeza en la almohada, todo dejó de importar y el sueño se apoderó de mi. Despertara donde despertara, mañana sería otro día, ya nada podía hacer…
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