domingo, 7 de febrero de 2010

NORMALMENTE...

Normalmente hubiese respirado ruidosamente, a lo sumo, hubiese suspirado con fastidio, pero, resignada, habría vuelto a tomar la tarjeta que salía eyectada por la misma hendija por donde la había metido hacía sólo unos instantes, y me hubiese retirado del cajero en busca de otro que accediera a facilitarme la suma, (humilde, humildísima suma), de dinero MIO, dicho sea de paso, que pretendía sacar de la cuenta.

Si, normalmente hubiese hecho eso… Pero hoy no era un día normal…

Ya desde temprano, al despertar, “algo” me anunciaba que no era un día normal…

En principio, el sol entraba por la ventana con una intensidad mucho mayor a la acostumbrada para las 8 de la mañana, así que enseguida comencé a sospechar que no eran las 8 de la mañana, sino bastante más tarde. Inmediatamente corroboré mi sospecha al ver que las manecillas del despertador indicaban las 11:27. HORROR! No era tarde, era tardísimo! Al girar para despertar a los gritos a calavera, comprobé que no estaba ahí, sentí alivio. No se por qué razón, siempre que nos quedamos dormidos, descarga su furia en mi, como si yo tuviera la culpa, como si no hubiésemos sido los dos los que nos quedamos dormidos, así que no tener que escuchar sus quejas, iba a contribuir para no empeorar mi mañana que ya bastante mal había comenzado, acrecentando mi consabido mal humor matinal. Pero una vez pasado el alivio inicial, comenzó a extrañarme su ausencia, cómo que no estaba??? dónde estaba? Entonces, comencé a dudar, será que es sábado? o domingo? Será que no tenía que levantarme temprano???!!! Será, acaso, que calavera no está porque fue a la panadería de la vuelta, esa que hace esas medialunas tan ricas, que te las dan calentitas y tienen un olorcito que no lo podés creer, y está por entrar en cualquier momento con el aromático manjar?!
Cuando estaba a punto de convencerme esta posibilidad, desde la punta de la cama, Aquiles me hizo caer en la realidad.
Aún echado entre las sábanas, aún en su lugar a los pies de la cama, aún medio dormido pero ya moviendo la cola, Aquiles me miraba desorientado desde sus ojos lagañosos de sueño. Entonces lo comprendí todo: hoy no sería un día normal, había despertado en otra realidad. Sólo hay una realidad en la que calavera y yo convivimos, además, con Aquiles, y en esa realidad, ahora que lo recordaba, hacía una semana me había quedado sin trabajo.

Aquiles es nuestro perro, un simpático cachorro raza perro, que tiene una de sus patitas traseras medio tullidita. Una tarde, mientras calavera y yo recorríamos los puestos del parque Rivadavia con la ilusión de dar con algún hallazgo de esos que después se exhiben como trofeo, dando cuenta de la suerte que hemos tenido por el objeto obtenido, y tras dos horas de no dar más que con cachivaches y baratijas desmotivantes, calavera lo vió. Ahí estaba él, acurrucado en la escasa sombra de uno de esos árboles añosos y enormes que hay en el parque, resguardándose, como podía, del sol, mientras eludía pelotas y freesbes. Yo creo que el enamoramiento fue instantáneo y recíproco, los dos se miraron y el flechazo se produjo. Finalmente, se había producido el hallazgo, ahí estaba el objeto maravilloso que calavera estaba convencido de haber encontrado después de más de dos horas de calor sofocante de caminata entre los puestos del parque Rivadavia. Enseguida me di cuenta de que tenía que desempeñar el rol de la mala de la película, así que puse manos a la obra, y mientras calavera acariciaba el lomo del perrito, la cabecita, y se reía con las piruetas y caras del cachorro que no paraba de mover su cola y pasarle la lamerle las manos y la cara, le hice un recuento de las mil y una razones por las cuales no podíamos tener un perro, (“no estamos nunca en casa, el bicho se la va a pasar solo todo el día” “quién lo va a sacar a pasear? eh? mirá que hay que sacarlo todos los días, a la mañana y a la noche, eh!” “vos te vas a encargar de llevarlo a la veterinaria?”), pero todo fue inútil, cuando calavera, con esos ojos de niño bueno que sólo pone cuando quiere conseguir algo de la dama de hielo, me explicó que seguramente lo habían abandonado al nacer, que seguramente habría tenido, al menos 7 hermanitos sanos y fuertes y que sin dudas él había sido el único que había nacido con un pequeño defecto, con un taloncito mal, (así dijo, “un taloncito mal”), supe, no sólo que el perro se venía a casa con nosotros, sino que ya nos había adoptado y que su mismo “defecto” lo había bautizado, obviamente se llamaría Aquiles.

Desde entonces, Aquiles se ha ganado su lugar en la casa y solemos compartir y disfrutar mucho de sacarlo a pasear, pero, como era de esperar, yo soy la que lo lleva a la veterinaria para los controles y para que lo bañen, le corto las uñas, a veces me animo con el pelo, le enseñé a echarse y a dar la patita, y le compro comida cuando se acaba, (porque, por más que calavera esté convencido de lo contrario, no, no se reproduce por si sola en la alacena). Y, más allá de algún que otro tapizado de alguna silla de mi abuela que lamenté en el alma, es una compañía y, a esta altura, un miembro más de la familia.

Si bien intentamos por todos los medios habidos y por haber, que Aquiles durmiera en su súper cómodo almohadonote que muchos cachorros ladrarían por tener, nunca lo logramos, desde el comienzo se adueño del sector de la cama que dejan libres los dos pares de pies que lo rodean todas las noches y ahí mismo, ya el colchón tiene marcada su humanidad, y la cama no es más que otra de las tantas cosas que ahora compartimos entre los tres. Por eso, esta mañana al despertar, una vez superado el sobresalto inicial, que yo me había despertado en otra realidad, que calavera no estaba porque él si había tenido que ir a trabajar y que yo, no sólo podía despertarme tardísimo, sino que podía seguir durmiendo durante todo el día… ahora que lo pensaba bien, de hecho, no tenía por qué levantarme.

Cada vez que me despierto en otra realidad, tardo un poco en reaccionar y entender cómo es mi vida paralela ahí donde amanecí. Una vez hecho este proceso, recordé que, desde que me quedé sin trabajo, añoro terriblemente mi viejo empleo del que tanto despotriqué en todas las realidades y vidas paralelas. Y no es que lo extrañe, en realidad no lo extraño, ni siquiera a la gente, aquellos con los que trabé algún vínculo los sigo viendo fuera del trabajo, pero había algo de esa rutina diaria que me ordenaba y, en cierta forma, me servía, (más allá del sueldo, que por ahora con el seguro de desempleo iré tirando, pero que también es una preocupación que me remuerde la conciencia). Ahora, en cambio, tengo todo el tiempo del mundo para acomodármelo del modo en que me plazca, lo que concluye en que todo puedo hacerlo mañana. No se si será depresión, porque en realidad no me siento deprimida, pero escuché por ahí que justamente ése es uno de los síntomas. Siempre me digo a mi misma que está buenísimo que haya sucedido así, que esto sólo abre la puerta para todas las grandes oportunidades que me están esperando, pero la verdad, es que, en estas dos semanas que pasaron, además de dormir como morsa y acostarme tardísimo después de navegar horas en Internet buceando entre los sitios más insólitos, además de hacerme una experta en las noticias de la farándula vernácula, mientras los niveles de sal se acrecientan en mi organismo por la ingesta desmesurada de papas fritas, no hay nada más que haya hecho que valga la pena ser mencionado, y así los días pasan pero las grandes oportunidades no llegan a mi puerta aún.

Por eso hoy, cuando me desperté al ver que era casi medio día, habiendo hecho un repaso de lo que habían sido mis últimas semanas en esta realidad, y no sabiendo hasta cuándo trendré que permanecer atrapada en esta paralela, decidí saltar de la cama y hacer algo por mi vida.

Como mucho qué hacer no se me ocurrió, (por más que me asomé, no vi a ninguna gran oportunidad del otro lado de mi puerta), y los grandes cambios hay que darlos dando pequeños pasos, decidí comenzar por algo bien chiquitito: hoy voy a cocinar! Si señor, hoy voy a preparar una rica comida, sabrosa, de esas que llevan su tiempo de preparación y que nunca hacemos precisamente porque no tenemos tiempo, hoy voy a preparar unos escalopines al marsala con bombas de papa, y que calavera se caiga de culo!

A pesar de la llovizna molesta y pegajosa que no paraba, tomé la correa, (enseguida Aquiles comenzó a saltar y ladrar de felicidad moviendo la cola, sabe que va a salir a pasear!), y ya con un perro asegurado contra todo riesgo, (propio y ajeno), y pertrechada con mi súper piloto con capucha, salí a hacer las compras. Como no tenía un centavo partido al medio, primero, debía pasar por el cajero a sacar la magra cantidad que me quedaba en la cuenta, y hacia allí me dirigí mientras, mentalmente, hacía una lista con todas las cosas que tenía que comprar: peceto cortado como para milanesas, harina, huevos, perejil, papas, queso fresco, pan rallado, marsala, obvio!. Al llegar al banco, me alegré de que no hubiese nadie esperando para usar los cajeros, así que, acomodé a Aquiles en un rinconcito, y entré con tarjeta en mano pensando que a partir de ese momento mi suerte debía cambiar y que mucho estaba en la energía con que encarara cada cosa: pensemos en verde… o en violeta? en qué color teníamos que pensar?. Mientras me debatía en estas reflexiones, desde la pantallita del cajero se me informa que ese cajero no operaba con dinero en ese momento, que disculpara las molestias… Uff! Bueno, sin detenerme demasiado en este percance, me retiré del cajero y junto con Aquiles nos encaminamos hacia el próximo banco. Cinco cuadras después, llegué a otro banco que operaba con la red que estaba buscando, al que, al igual que yo, se habían dirigido todos aquellos que seguramente habrían pasado por el otro sin lograr efectuar exitosamente su transacción. Al ver la cola que me esperaba, pensé que ése era un panorama mucho más similar al que debía esperar según la suerte de las últimas semanas. Así que, con paciencia, me coloqué al final de la fila. Como estábamos en los primeros días del mes, mucha de la gente que tenía delante se dedicó a abonar impuestos y servicios, con lo que mi estadía en el cajero se demoró más de lo deseado, pero bueno, salvo que a nadie le gusta hacer colas ni en el banco ni en ninguna parte, nada ni nadie me corría, así que decidí tomármelo con calma. Una vez llegado mi turno, vuelvo a operar de idéntica forma que antes, pero ahora la leyenda con que me respondía el cajero me informaba que debía sacar una suma que fuese múltiplo de 100… Y yo no tenía $ 100 en mi cuenta! Yo tenía $ 90!!! Suma que ahora quedarían secuestradas dentro de la cuenta porque a esa altura, el banco ya estaba cerrado, así que tampoco podía acudir a un cajero persona! Y así, nada más, me quedaba sin mi plata y sin poder hacer la rica comida que tenía pensada y sin poder comenzar mi nueva vida de pensamiento verde o violeta, pero positivo!!!

GRRR!!!

Quizás mi reacción no fue del todo atinada, cual tifón, comencé a zarandear el cajero a la par que iba enumerando una a una todas las atrocidades de este mundo, y las injusticias de las que era víctima día a día, entre las que estaba, por supuesto, la imposibilidad de los que no tenemos $ 100 en la cuenta de sacar la mísera suma de la que disponemos!

Minutos después, estaba sentada en una oficinita, esmerándome en una explicación que con el seño fruncido escuchaba el hombre de seguridad del banco, que insistía con llamar a la policía o a algún servicio de salud mental. Después de denodadas explicaciones sobre el trauma de quedarse sin trabajo para una persona de mi edad, y que todo aumenta, y no hay seguridad en ningún trabajo, y a ud. le parece, 7 años de mi vida tirados a la basura porque así como si nada te descartan, y que para colmo de males, no había podido sacar la plata que es mía y lo poco que me quedaba, y que ya vengo de un banco, y toda la cola que hice, y… finalmente, lo convencí, o le di lástima, pero logré que no llamara a nadie, prometiéndole que nunca más pisaría esa entidad bancaria.

Cuando volvía a casa, con Aquiles que no entendía nada pero que ya no movía tanto la cola, aunque en cada semáforo en rojo en que parábamos, me lamía los pies como queriéndome dar aliento, ya abandonada la idea de la gran cena para la noche, comprendí que ALGO tenía que ponerme hacer y PRONTO. Era obvio, lo viese o no, que no estaba sabiendo manejar las cosas y que este estado, si no se llamaba depresión, pues que le pusieran el nombre que quisieran, pero seguramente era lo más parecido a una depresión que había vivido hasta el momento, al menos en esta realidad… También noté que todo esto me estaba sucediendo en mi período de abstinencia psicoanalítica, lo que seguramente no era producto de la mera coincidencia… Y que, si bien no sabía qué hacer ni cómo lograr un cambio rotundo frente a todo esto, lo que era evidente era que ALGO tenía que hacer… en principio, esta noche, al irme a dormir, iba a hacer toda la fuerza posible por despertarme en una realidad en la que aún conservara mi tedioso y miserable empleo.

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