A las 8 de la mañana, el penetrante sonido del celular de calavera, nos anunciaba el comienzo de un nuevo día.
Como el desayuno se servía de 8 a 10, y nosotros, por una cuestión de religión casi, tenemos prohibidos saltearnos los desayunos gratis, (o mejor dicho, incorporados en el paquete que sea que estemos pagando), y por experiencia ya sabemos que lo que se va consumiendo no va siendo repuesto, habíamos decidido ponernos el despertador para levantarnos bien tempranito y ser de los primeros en dar el presente en el comedor a la hora del desayuno.
El hostel estaba poblado de gringos muertos de hambre que arrasaban con todo lo que veían a su paso, (vaya novedad, tratándose de gringos, no? je!), que se desayunaban con huevos revueltos y otros mejunjes rarísimos, y se tardaban tanto tiempo en darse por satisfechos, que si no te levantabas temprano, no encontrabas ni lugar dónde sentarse ni nada que deglutir, o al menos no lo mejorcito, que ya había caído en manos no latinas.
Así que con la rapidez de un soldado, en cuanto sonaba el celular, saltábamos de la cama como eyectados, nos vestíamos rápidamente, y nos dirigíamos al comedor, famélicos, y con la fime misión de arrasar con todo nosotros también, (alguna vez alguien debía adelantarse a un gringo!).
Una vez que nuestro estómago nos agradeciera el desayuno hinchándose de modo tal que debíamos desajustarnos el pantalón, considerábamos por terminada nuestra primera parada del día. Ahora si estábamos en condiciones de arrancar, propiamente dicho!
Nos habían dicho que las Termas de Potosí eran muy lindas. Y que va! Las termas, en general, siempre son lindas: agüita a temperaturas altas, poder retozar un poco después de tanto trajín… Si, sin lugar a dudas, no nos íbamos a ir sin conocer las termas de Potosí!
El señor del hostel nos explicó un par de formas para ir a las termas, entre las que se incluía la obvia de tomar un taxi. Pero preferimos hacerlo a lo populacho, que es otra buena forma de conocer el lugar que estás visitando: viajar en el transporte público como cualquier hijo de vecino. Para ello, debíamos ir al Mercado Machia, y de ahí tomar el bondi que fuera hasta las termas.
Para llegar al Mercado ya había que caminar unas cuantas cuadras. Claro, todos los comienzos son prometedores y uno los encara de forma entusiasta, pero a la tercera cuadra en subida, ya comenzábamos a pensar que después de todo éramos turistas, y tomar un taxi de vez en cuando no es tan mala idea… Pero cuando viajan al menos dos personas juntas, en general, cuando uno afloja el otro alienta, así que a puro tire y afloje, luego de unas 10 cuadritas siempre subiendo, llegamos al Mercado.
El famoso Mercado Machia era un lugar enorme lleno lleno de puestitos, stands y manteles en el piso ofreciendo todo tipo de cosas, desde comida hasta ropa de las más variadas clases. Lo recorrimos un poco, bastante a las corridas. Ese era un tema, yo me pararía en todo aquello que se pueda ver/comprar, aunque luego no compre nada, y calavera lo pasaría todo de largo. Así que hicimos un mix, parábamos en casi todo, pero era como una parada relámpago y a seguir. Bueno, así, a relámpago puro recorrimos el mercado y luego fuimos a tomar el bondi para las termas.
Por suerte, cuando llegamos a lo que sea que hayamos llegado, (no se qué era, pero una estación no era), justo había un bondi que tenía aún 2 asientos disponibles esperando ser ocupados para arrancar rumbo a las termas, (porque los bondis salen una vez que están llenos). Así que nos subimos y emprendimos el camino.
El viaje habrá durado aproximadamente 40 minutos. Así que pronto estábamos ahí, como cualquier otro boliviano más, en las termas dispuestos a pasar un lindo domingo de sol.
Las Flores, así el nombre de las termas a las que fuimos, constaban de 2 piletas, ambas cubiertas, con el agua calentita, divina. Me gustó porque era un lugar súper popular, era para que cualquier boliviano pudiera ir y disfrutar. El lugar está bien cuidado, y salvo las cholas que andan por ahí que siempre algo te cobran, (pero poquito), no se pagaba entrada y todos tenían derecho a disfrutar de las piletas. En mi opinión, cobrar una entrada a los extranjeros no estaría nada mal. Me parece genial que no le cobren a los bolivianos, pero a los que somos turistar si nos podrían cobrar, (sin que sea un hachazo en la cabeza, claro), y esa plata destinarla al cuidado de las termas y demás… lo tiro, por si algún interesado lo levanta…
También había varias duchas, así que la gente aprovechaba y se bañaba ahí también. Creo que ya dije que cuando ves un chorrito de agua caliente, aprovechas y te metés abajo, no? Bueno, parece que en las termas todos aprovechan, y como el agua de las duchas está bien calentita, todos, (calavera y yo no íbamos a ser menos), llevamos nuestro jabón, nuestro shampoo y aprovechamos y nos bañamos ahí. Ahhhh!!! Qué placer!!!
Realmente haber estado tirados boca arriba en las termas nos vino de maravillas. Recién ahí nos dimos cuenta de lo entumecido que teníamos todo el cuerpo!
Pero calavera me había hecho un pedido especial, así que temprano, a las 14, emprendimos la vuelta. El pedido especial: volver temprano al hostel porque se jugaba el boca-river del domingo. Y bueno, ante semejante pedido hecho de rodillas y casi en un ruego, debí acceder, no sin antes asegurarme una vuelta por el mercado de la mañana, pero ya con más tiempo para dedicarle.
La vuelta se resolvió del mismo modo que la ida. Nos subimos al bondi que iba para el centro de Potosí, y cuando se llenó, se puso en marcha el motor. Esta vez, calavera y yo viajábamos en el asiento de adelante, yo en el medio, al lado del conductor, y calavera al lado mío. Sin mayores inconvenientes volvimos al mismo lugar del que habíamos partido a la mañana, y al llegar, el chofer me pidió que pisara el pedal que creo, era el freno, hasta que se bajara el último de los pasajeros y él terminara de cobrar el boleto. Cuando le tocó el turno a calavera, intentó una rebaja por los servicios prestados, pero no hubo trato, je! Esta es otra de las cosas que te puede pasar todo el tiempo en Bolivia, y que lo vuelve un viaje sumamente pintoresco.
Como ya estábamos con el cansancio acumulado por la caminata de la mañana y el agua calentita que nos había dejado a punto para una siesta, y apremiados por el tiempo porque el partido estaba a punto de comenzar, ahora si nos decidimos por un taxi que nos llevara al hostel.
Al llegar al Koala Den, calavera, sin otra parada en el medio, fue al cuartito de la tv, mientras yo iba a dejar las cosas a la habitación, iba al baño y hacía todo lo que se me daba la gana porque sinceramente no me moría por ver ningún partido. Pero una vez hecho todo lo que tenía que hacer, colgado la ropa que traíamos húmeda de las termas y demás, fui al cuartito donde estaba calavera para ver con él el súper clásico. Ahí me enteré de lo que calavera se había enterado pocos minutos antes: por un diluvio de aquellos, el partido se había sus pendido. Y bueh! Parece que Buenos Aires tampoco estaba muy distinta de cómo la habíamos dejado…
Como nuestro plan se había suspendido, decidimos salir a buscar un lugar donde poder tomar una merienda, ya que desde el desayuno que no comíamos nada…
Nunca nos imaginamos que la merienda podía convertirse en una misión imposible. Nos recorrimos todo Potosí, de arriba a abajo, y nada, ningún lugar donde pedir un mísero café. Se ve que los domingos descansan en serio!
Cuando ya estaba empezando a oscurecer y a refrescar, y ya nos habíamos dado por vencidos en nuestra búsqueda de un lugar para merendar, decidimos emprender la vuelta al hostel y ver si ahí teníamos más suerte. En eso estábamos cuando, caminando comúnmente por la calle, en pleno regreso al hostel, vemos cómo delante nuestro, una chola, (así se les llama a las señoras con el típico atuendo bolivianos: pollera larga, pulóver, trenzas larguísimas y casi siempre sombrero), una señora más bien mayor, se detiene en su paso, se sube las polleras, se agacha un poco y ahí no más comienza a orinar
¡¿?!
Si, así no más…
Nosotros lo más educadamente posible, sin decir ni una palabra, (nos miramos, pero no pudimos emitir sonido), cruzamos de vereda y seguimos rumbo al hostel.
Cuando llegamos al Koala, intentamos por todos los medios que alguien se apiadara de nosotros y nos preparara un café con leche. Explicamos que habíamos recorrido como locos sin encontrar ningún lugar donde poder tomarlo, y todos asentían como sabiendo de qué estábamos hablando, pero de todos modos no logramos que nos prepararan el café. Ofrecían desayuno, si, pero merienda, ni aunque de eso dependiera tu vida… Y bueno, esto también es Latinoamérica, (aunque una cosa así, en Buenos Aires no te pasa!).
A la hora de la cena estábamos famélicos. Yo creo que si pasaba un bolivianito por ahí, me lo manyaba de una! Fuimos en búsqueda de comida. Como este hostel te daba la posibilidad de cocinar ahí mismo o de traer comida y cenar en el comedor, y como desde el primer día que llegamos a Potosí estábamos tentados con un pollito al spiedo que veíamos girar y girar, salimos en búsqueda de nuestro pollito y con una sola frase acabamos con tanto giro: queremos el pollo entero! Y así, con una sonrisa en nuestros rostros y cargando el pollito, volvimos al hostel, nos hicimos de platos y cubiertos, nos acomodamos en comedor, y más rápido de lo que canta un gallo, acabamos con el pollo, chupándonos los dedos y todo. Nos faltó cacarear, pero para eso está calavera, que con su equipo de la franja roja sabe muy bien de qué se trata, je!
Dicen que panza llena, corazón contento… Bueno, mi estómago estaba tan agrandado, tanto espacio tuvo que ocupar por todo el pollo que le metí, que creo que mi corazón estaba un poquito oprimido. Pero no le di mucha importancia, seguramente mañana, después de una buena digestión, todo volvería a la normalidad. Por ahora me conformaba con panza llena panza contenta.
Y mañana nos esperaba la excursión a las minas, que era finalmente a lo que habíamos venido a Potosí. Así que a dormir que mañana había que madrugar otra vez…
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