viernes, 16 de julio de 2010

04/04 La odisea a Machupicchu

A las 5.50, la camioneta de la agencia, nos estaba pasando a buscar por el hostel. Como las callecitas de Cuzco son, en general, angostísimas, había un concierto de bocinas apurandonos ahí afuera, y con toda la rapidez de la que éramos capaces para esa hora de la madrugada, dejamos el equipaje que no llevábamos en manos del pibe del hostel para que lo guardara en el depósito hasta nuestra vuelta, y con nuestra mochila prestada y la propia, bajamos escaleras abajo para dar inicio a lo que aún no sabíamos, pero se transformaría en una odisea digna de Ulises...

Nos subimos a la camioneta hermosa, moderna, cómoda, y el sr. con quien habíamos contratado la excursión, nos informa sobre un cambio que tuvo que hacer, el tren que tomaríamos después de cruzar con la tirolesa, ya no lo teníamos, en cambio, nos había agregado el micro para subir a Machupicchu. Nos pareció bien, y sin chistar estuvimos de acuerdo, y seguimos en viaje, sólo hasta donde estaba la van que nos llevaría a la excursión –no viajaríamos en esta divinura- y donde estaba el resto del pasaje. Al llegar, ya casi todos estaban allí, incluso la van a la que debíamos subir, una especie de catramina, polvorienta y tosca, donde debimos encarar las primeras 6 horas de lo que sería un viaje de locura…

En total, viajábamos unas 15 personas aproximadamente, 13 turistas (+ o -), el guía y el chofer.

Como decía, el primer trecho de viaje fueron 6 interminables horas, de cuerpos pegados y plegados sobre si, (calavera tenía un dolor de rodilla que no daba más!), en esta lata de asientos incómodos y duros. Por suerte paramos en un punto a desayunar, -moríamos de hambre!- porque además, en mi caso, me apremiaba la urgencia sanitaria: no olvidemos que yo desde Copacabana, no volví a regularizar mi estado, y no se si todo mi cuerpo estaba en descomposición, pero una parte importante, seguro que si!

Pero al transcurrir estas primeras 6 horas, ya era cerca de las 13, debimos hacer un parate obligado: el camino se había venido abajo. Nos habían advertido que los caminos no estaban en condiciones, nos lo habían advertido… y no lo quisimos escuchar. Claro que esta otra agencia nos dijo que si se podía, que no había problema, y la versión “no hay problema”, sonó más dulce a nuestros oídos. Cuestión que camino en medio de la montaña, ya no había, sólo era precipicio de un lado y un montón de barro y piedras caídas del otro, y la única opción que quedaba, era cruzarlo a pie. No era un trecho largo, serían unos 5´ caminando, pero ya la cosa se fue tornando de castaño a oscuro…

Calavera, que entre la catramina y el dolor de rodilla tenía un humor que se lo llevaba el demonio, embistió nuevamente con eso de “yo me voy, me vuelvo al hostel que estaba tan tranquilo y me quedo viendo la tv, total, yo a Machupicchu ya fui…” OK, casi lo tiro barranco abajo. Pero me acordé de que él tenía los documentos, los pasajes, la plata, y opté por la paciencia zen, (esa que dice contá hasta 10, si no alcanza, que sea hasta 100, y si tampoco sirve, seguí hasta 1.000.000), y mientras todos los guias y demás peruanos gritaban que nos apresuremos, metí borceguí en barro y me dediqué a la tarea de cruzar caminando un camino intrasitable. Como tampoco le quedaba mucha opción, calavera, hizo lo mismo. Y así lo hicieron el resto de los compañeros de viaje, y los demás que como nosotros habían quedado varados de uno u otro lado del camino. La cosa era así, los que íbamos, una vez atravesado este trecho caminando, debíamos subirnos a las camionetas que desocupaban los que venían, que harían lo propio con las camionetas que nosotros habíamos dejado libre. A medida que nos íbamos cruzando con los que “venían”, uno a uno nos iban advirtiendo: “preparense, esto recién empieza” Lo confieso, sentí pavor!

Ya del otro lado, ya subidos en la nueva van, nuestro próximo destino sería el lugar donde almorzaríamos. ALELUYA! Comer era, sin lugar a dudas, un muy buen plan. En el lugar donde hicimos la parada para alimentarnos, nos cruzamos con otros tantos que volvieron a repetirnos eso de “esto recién empieza”, pero decidí hacer oídos sordos, ya lo peor, supuse yo, había pasado…

La comida rica, con gusto a poco, pero rica. El baño, aceptable, otra visita a las instalaciones del lugar se me presentó como cita impostergable.

Ya con el estómago lleno, el humor de calavera mejoró notablemente, y así las cosas, nos dispusimos a disfrutar lo que quedaba del viaje hasta Aguas Calientes. Pero, como nos venían advirtiendo, esto recién empezaba…

Volvimos a montarnos a la combi, que nos llevó un trecho más hasta donde debíamos cruzar el río en tirolesa. Había bastante gente antes que nosotros y sólo una tirolesa que cruzaba, así que tuvimos un rato largo de espera, pero una vez que nos tocó el turno, fue sumamente divertido! Debíamos cruzar de a 3, sentados en un tablón, uno detrás del otro, con las piernas abiertas que caían al vacío, y el de adelante, debía tirar de la soga para ir avanzando. No se cuánto habrá durado el viajecito, no mucho, pero fue lindo y adrenalínico a la vez, al final de cuentas, estábamos a un montón de mts de altura, cruzando un río, subidos a un tablón de madera y sostenidos por cuerdas.

Una vez que cruzamos al otro lado, debíamos encontrarnos con otro guía de nombre Amoroso que continuaría el viaje con nosotros, ya que el guía con el que habíamos salido de Cuzco no cruzaba al otro lado del río, sino que se quedaba esperando a los que cruzaban para dar la vuelta. Ese fue uno de nuestros grandes errores, y no sería el único…

Sabíamos que lo siguiente era caminar durante una hora hasta llegar a la Hidroeléctrica, de donde salía el tren que nos llevaría hasta Aguas Calientes, y sabíamos que ese recorrido debíamos hacerlo con un ese tal Amoroso, con el que debíamos encontrarnos una vez hecho el viajecito en tirolesa, pero no sabíamos mucho más.

Lo que ocurrió fue que, una vez del otro lado, Amoroso no aparecía por ninguna parte. De todos modos, lejos de desconfiar, nos sentamos en círculo a charlar entre los que ya habíamos cruzado, mientras esperábamos a los que aún faltaban, total, no nos iba a abandonar un guía en el medio de la nada, no??????????????????????????????

Lo que detonó la hecatombe fue que a un avispado se le ocurrió preguntar por el tren, y así nos enteramos de que el único tren que salía hasta Aguas Calientes, partía a las 16 hs. A esa altura ya eran las 15.30 hs, y si llegar a la hidroeléctrica nos llevaría una hora de caminata… En ese momento comenzaron a no cerrar nuestros cálculos. “Y qué pasa si perdemos el tren?” se le ocurrió preguntar a uno, fácil, otras 6 horitas más de caminata hasta llegar a Aguas Calientes. Ese fue el momento en que el grupo se empezó a movilizar. Mientras los últimos rezagados del terminaban de cruzar por la tirolesa, el resto de nosotros cantaba a voz en cuello el nombre Amoroso, selección poco afortunada para llamar a alguien en esas circunstancias. Otro guía que andaba por ahí con otro grupo nos informó: “Amoroso ya se fue con otro grupo para la hidroeléctrica” WHAT??????????????????????????????????????? Cómo otro grupo? Qué otro grupo? Y nosotros??????????????????????????????

PANICO

Una vez que nos sobrepusimos del baldazo de agua fría, comprendimos que no podíamos quedarnos mucho tiempo más mirándonos las caras, alguna decisión debíamos tomar. A esa altura, de todos los que nos habíamos subido a la van en Cuzco, quedamos un grupo de 10: una pareja de Brasileños, una australiana que viajaba con unos amigos que ya hacía rato habían comenzado la caminata a la hidroeléctrica, 3 yanquis que viajaban juntos, Ceci y Juan, una parejita de argentinos con los que luego pegaríamos mucha onda, y calavera y yo. Muchas opciones no teníamos, no nos quedaba otra más que caminar a la hidroeléctrica. Pero algo que pensábamos hacer despreocupadamente descansando en el guía que nos acompañaría, comenzó a preocuparnos, cómo coño vamos a la hidroeléctrica???????????? Y mientras más preguntábamos, más nos preocupábamos: “ah, si les pasó lo mismo que a nosotros… tengan cuidado por qué camino agarran, nosotros nos equivocamos, nos perdimos, fuimos por la montaña, y estuvimos 12 hs caminando”, nos relató uno de los pibes que esperaba para cruzar por la tirolesa, pero en plan de vuelta. Así las cosas, decidimos juntarnos y, fuese lo que fuese que hiciéramos, hacerlo todos juntos. De ahí en más, nos convertimos en un grupo de 10 bien armado y afianzado. Junto con otros que estaban en igual situación que nosotros, emprendimos la marcha hacia la hidroeléctrica. Nos costó bastante dar con el camino que debíamos tomar “por ahí no más, toman el caminito de la montaña, lo van a ver, ahí abajito” "Ahí abajito" Dónde cuernos será "ahí abajito", pensaba yo. En síntesis, lo mismo que nada. Un par tomaron la delantera, y el resto los seguimos, y así comenzamos a escalar la montaña… Dicho así, suena fácil, pero no lo era. Estábamos cargados con mochilas, no había un camino por el cual ir, así que íbamos casi en cuatro patas, agarrándonos de pastitos y ramitas para no caernos, hasta que llegó un momento en que la cosa se puso difícil de verdad, y yo pensé: “este no puede ser el camino, está muy complicado, me puedo matar en cualquier momento”. Y en eso vemos que, por debajo de nosotros y en sentido contrario, iba llegando un grupo de gente “es por ahí”, gritamos!. No se cómo nos las ingeniamos para bajar, y una vez que nos cruzamos con otro grupito que venía en nuestra dirección, nos informaron que, ahora si, había que seguir derecho hasta llegar a la estación de tren.

Ya encaminados, nos tranquilizamos un poco. Había que trepar un trechito por la montaña, pero en seguida bajar y seguir derecho por la playita que iba al costado del río… por supuesto, en subida! Más allá del cansancio y el esfuerzo, ya estábamos encaminados.

Para cuando llegamos a la hidroeléctrica, ya era cerca de las 18 hs. Unos trabajadores del lugar nos hicieron firmar el libro en el que queda asentado quienes pasaron por allí, y aprovechamos para preguntarles cómo llegar a Aguas Calientes y contarles nuestras penurias. Los muy truhanes vieron algún motivo de risa en nuestra odisea –que recién comenzaba- y casi nos los comemos crudos. Al ver lo desmedida de nuestra reacción, (la brasileña ya estaba sacando cuchillo y tenedor para entrarles en la yugular), recapacitaron y pacientemente nos explicaron cómo continuar, a partir de ahora, debíamos seguir las vías del tren. En un primer trayecto, iba todo bien, pero luego había que subir por la montaña nuevamente atravesar la maleza, y retomar el camino de las vías. No queríamos hacerlo, nos negábamos, cómo meternos en medio de la selva? Pero no quedaba alternativa, en ese punto, no se por qué pero no se podía seguir en la misma dirección, y había que retomar las vías por arriba, y para eso, debíamos volver a trepar a la montaña y hacernos camino entre la maleza, con el agravante de que, a la noche que se aproximaba, había que agregarle la oscuridad de la selva… Un garrón! Por suerte siempre hay una luz si uno la sabe buscar, y 3 de los 10 que éramos en el grupo, tenían linterna. Lo que siguió fue sinceramente admirable, si, formamos una cuadrilla admirable, encabezada, nada más ni nada menos, que por calavera y Juan! Una vez que sorteamos la parte selvática de nuestra aventura, volvimos a la ruta de las vías del tren, pero a esta altura, ya la noche había caído sobre nosotros, no se veía nada. Y ahí la audacia de nuestros líderes de cabecera! Adelante, y como si conocieran el camino, iban calavera y Juan, indicando cuando había un pozo, cuando algún desnivel o cualquier otra cosa que nos pudiera hacer caer, tropezar, etc. Y al costado, los tres con linternas apuntaban a nuestros pies. Así estuvimos, caminando, flaqueando por momentos y dando ánimos en otros, riendo, parando un rato para tomar o comer algo -yo aún tenía de ese maíz inflado que habíamos comprado en Bolivia y fue muy bien recibido- charlando… Y así, durante 6 horas…

Hasta que, cuando ya creíamos que no lo íbamos a lograr, cuando ya creíamos que habíamos equivocado el camino y que estábamos siguiendo las vías equivocadas, cuando ya creíamos que algún monstruo marino de la época de los incas iba a expulsarse de alguna de las tantas aguas que cruzamos en la oscuridad y nos iba a hacer desaparecer de un bocado para adentrarse en las profundidades por 600 años más, unas luces allá adelante comenzaron a parpadear de pronto “LLEGAMOS” exclamamos todos, mientras corríamos con la última exhalación de aliento que nos quedaba antes de derrumbarnos por el agotamiento. Pero la ilusión no duró demasiado. No se trataba de otra cosa más que de la estación de trenes de Aguas Calientes, que dadas las altas horas de la noche, (ya eran las 23 hs!), estaba vacía… y oscura. Nos cruzamos, sin embargo, con un grupito que en ese momento terminaba de jugar un picadito en una canchita que había por ahí, y cuando les preguntamos por Aguas Calientes, nos informaron que “sólo les quedan 30 minutos de caminata” PERO LA PUTA, VIEJO! NO LLEGAMOS MÁS!!!!!

Nos desmoralizamos.

De verdad.

Mucho.

Y así…
de a poco…
nos fuimos apoyando
unos a otros hasta que logramos
ponernos en marcha otra vez por otros 30 minutos más

Hasta que, finalmente, llegamos.


Durante toda esta odisea, desde el comienzo, todos, sin excepción, habíamos estado pensando algo de lo que no queríamos hablar, no queríamos ni mencionar, pero ahora que ya habíamos llegado a destino, debíamos enfrentarlo, no nos quedaba más que asumirlo: no teníamos ni la menor idea de qué hacer ahora.

Todos habíamos comprado nuestro baucher en agencias distintas, cada cual había hecho su arreglo particular con su agencia, lo único que todos sabíamos que compartíamos, era el guía y el hotel, pero no contábamos con los datos sobre los mismos. Sabíamos que del otro lado de la tirolesa debíamos encontrarnos con Amoroso, que nos llevaría hasta el hotel, nos daría de cenar y nos llevaría al día siguiente a Machupicchu, pero ahora que, amorosamente, nos había abandonado, qué hacer???

En cuanto pusimos un pie en Aguas Calientes, nos precipitamos en el primer hotel que encontramos, y le explicamos todo al pibe que estaba en la recepción. Como siempre digo, en la oscuridad hay que tener la capacidad de ver la luz, y los que hablábamos castellano, tomamos las riendas del asunto. Como yo soy bastante quisquillosa con algunas cosas, tenía baucher, n° de teléfonos y todo lo que podría llegar a servirnos, claro que a esa altura, quién nos aseguraba nada, no? Pero por suerte, los teléfonos que había anotado el de la agencia eran reales, el pibe del hotel lo llamó, yo hablé con él, debe haber notado el tono de desesperación en mi voz, y me dijo que iba a mandar a alguien a que nos pasara a buscar…

Y ahí nos quedamos, esperando…

Ya estábamos trazando planes sobre cómo seguir, todos habíamos pagado el total de la excursión, (error!), pero nada nos garantizaba que alguien cumpliera en algún sentido con nosotros, y cuando estábamos a punto de preguntar cuánto costaban las habitaciones en ese hotel, un muchacho llegó para rescatarnos!!!

ALELUYA!!!!!!! Al menos algo parecía comenzar a encaminarse! Le preguntamos si era Amoroso y nos aclaró que no, pero que nos llevaría a donde estaba él… yo sólo podía repetir en mi cabeza unas cuantas cositas que tenía para decirle a este tal Amoroso.

Nos llevó hasta la plaza principal, nos derrumbamos en los bancos, y esperamos pacientemente que Amoroso apareciera. En cuanto lo vimos acercarse, automáticamente, todas las mujeres, nos abalanzamos encima como leonas enjauladas! No se si alguna vez tuvo un recibimiento más violento, pero si no nos paraban, yo creo que le pegábamos, sobre todo por la angustia que nos había hecho pasar! Cómo abandonarnos así, a la buena de Dios en un lugar que no conocemos??? A quién se le ocurre??? Y le chanté una que no le gustó ni un poquito, pero que me salió del alma: “yo creía que ser guía tenía algún sentido especial para quien elegía esa profesión, pensar que cuando fue la inundación un guía como vos se murió por intentar rescatar a una chica, y vos nos dejás abandonados a nuestra suerte”, o algo así…

Y despotricamos, despotricamos, despotricamos.

Una vez que calmamos un poco la furia, nos llevó al restaurant.

Qué bueno sentarnos a comer! Qué alivio, de verdad! Ya relajados, pudimos conocernos un poco más entre nosotros, divertirnos incluso de todo lo que habíamos pasado, empedarnos un poco y reirnos mucho!!! Otra vez la estábamos pasando bien.

Para cuando terminamos de cenar, ya eran más de las 12, y estábamos sucios y agotados. Nos llevaron al hotel, y nos dijeron que al día siguiente a las 4 de la mañana, teníamos que estar listos para tomar el micro que nos llevaría a Machupicchu.

La habitación era muy linda, aunque no la disfrutamos demasiado. Nos bañamos, no por una cuestión de obsesiva limpieza, sino porque realmente estábamos roñosos, y nos acostamos a dormir aunque más no fuesen un par de horitas… O mejor dicho, nos desmayamos en la cama hasta que un rato después nos vinieran a tocar la puerta para continuar viaje…

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