miércoles, 28 de julio de 2010

07/4 Casi - Casi II De vuelta a Cuzco

A las 8 de la mañana, y después de dar vueltas y vueltas en la cama, de a uno, nos fuimos levantando. A los 4 nos había pasado lo mismo, desde hacía 2 horas estábamos despiertos, sin poder conciliar el sueño, expectantes a cualquier ruido que indicara que alguien se acercaba para despertarnos anunciando la feliz noticia de que nos íbamos.

Pero nada…

Ningún sonido tras la puerta, ningún paso acercándose. Lo único que se oía era la lluvia, que suave, no había parado de caer en toda la noche, complicándolo todo aún más.

Para las 8 de la mañana, ya nuestros cuerpos entumecidos por los nervios, no aguantaban más. Así que nos levantamos, de a uno, e hicimos todos el mismo recorrido, primero al baño a lavarnos los dientes, y luego agolparnos todos frente a la ventana a ver caer la lluvia.

Lo peor que nos podía pasar, era tener que quedarnos ahí un día más, con todo lo que eso traía aparejado, y que en principio, no resultaba gracioso para nadie, pero en el caso de los chicos, más que eso, no iba a pasar. En nuestro caso, en cambio, la cosa se agravaba, al día siguiente a las 8 de la mañana, salía nuestro avión para La Paz, nosotros DEBIAMOS abandonar Santa Teresa ese día.

Después de clavarnos mirando hacia fuera por la ventana, después de organizar nuestras cosas, después de ponernos más o menos en condiciones a nosotros mismos, ya no nos quedaba nada más por hacer en la habitación, así que nos fuimos, y encaramos para el restaurante donde esperábamos encontrar a Flora y a las buenas noticias.

Con la parsimonia esa que ya nos estaba impacientando, Flora nos dijo que no nos preocupáramos, (ya era tarde para esa recomendación), y que ella nos avisaría cuando apareciera una combi que podía trasladarnos al lugar del derrumbe. Como a esta altura ya no creíamos en espejitos de colores, la obligamos a que nos dijera cuánto tiempo debíamos esperar, hasta qué hora debíamos esperar, “un rato”, a esta altura de los acontecimientos, nos parecía un dato demasiado incierto. Así logramos robarle un “hasta el mediodía”, y con esa respuesta nos conformamos… por un tiempo.

Desayunamos, recorrimos un poco el lugar, y tratamos de divertirnos, aunque sinceramente, ya nos costaba un poco, el miedo a perder el avión lo ensombrecía todo.

Ya pasadas las 11 de la mañana, sin moros ni combis a la vista, y con la experiencia que veníamos acumulando, volvimos a buscar a Flora. Nuestra desesperación era tal, que no pudo más que hacerse cargo de la situación y comenzó a hacer llamados. Ahí se contagió la desesperación que nos invadía, tampoco ella parecía ahora encontrar respuestas. Y nuevamente el panorama se nos tiñó de un negro profundo.

Ya bastante después del mediodía, consiguió dar con una combi que iba a trasladarnos hasta el lugar del derrumbe, e intentó hacer lo que todos venían haciendo, “del otro lado del derrumbe, va a ver un tal Daniel que tiene una combi que los va a llevar a Cuzco”, pero en todo este tiempo, algo habíamos aprendido, así que le rogamos a Flora que viniera con nosotros, cruzara el derrumbe con nosotros, y nos despidiera con la mano una vez que nos viera arriba de la combi del tal Daniel. Por suerte, accedió a nuestros ruegos, sino, no nos hubiese quedado otra opción más que secuestrarla…

Llegó la combi, nos subimos, y en silencio viajamos hasta la zona del derrumbe. De día, todo se veía con otra claridad, y esa claridad anunciaba la locura que estábamos por cometer. Los trabajadores, intentaban allanar el camino con sus máquinas, y en la faena, montones de piedras caían desde lo alto de la montaña para estrellarse contra el derrumbe o seguir precipicio abajo. Un montón de gente intentaba cruzar tanto de un lado como del otro, y en ambos lados, los choferes, al lado de sus camionetas, observaban divertidos la odisea que todos, atemorizados, debíamos enfrentar.

Los que dirigían el “operativo cruce loco y peligroso”, a la voz de “YA”, daban la orden para que comencemos a cruzar. Yo no puedo explicar lo que fue eso, lo recuerdo y se me erizan todos los pelos. No sólo no era sencillo caminar por ahí, no sólo existía el riesgo de dar un mal paso y caer precipicio abajo, además las piedras no cesaban en su caída. Y los gritos de todos ordenando que nos apuremos, sólo lo empeoraba todo. Fue horroroso, de verdad, sentí miedo, mucho mucho miedo, no podía dejar de pensar en que estaba exponiendo mi vida de un modo tonto e inconciente, y lo peor del caso, es que no dejaba de tener conciencia de lo peligroso que era. Recé, mucho, a lo largo de toda esa caminata, y sentí mucha culpa también por estar comprometiendo mi vida de una manera tan pava, y si me caía? y si me caía una piedra en la cabeza? Listo, así no más, “un día se fue de vacaciones y nunca más volvió” Ya me imaginaba las noticias en “Una turista argentina muerta en Machupicchu mientras intentaba cruzar un camino desmoronado” Horrible, horrible final. Una piedra en la cabeza, un paso mal dado y chin pun, c´est fini!

Si a lo largo de este viaje había temido por mi vida, de pronto todo aquello me pareció un juego de niños, esta vez me las vi negras de verdad. Fui la última en cruzar, de los cuatro, evidentemente los otros o eran más corajudos o más inconscientes, no lo se, pero una vez que llegué del otro lado, no pude contener las lágrimas. Durante el cruce, varias veces estuve tentada de volver hacia atrás, pero el riesgo era el mismo para un lado como para el otro. Una parte creí que no iba a lograr cruzarla nunca, que me iba a quedar ahí, trabada sin poder avanzar, pero lo hice, en cuatro patas, pero logré llegar del otro lado… Nunca más, por favor, nunca más una cosa así!!!!!!!!!!!!!

Del otro lado, estaba calavera esperando que me agarró fuerte y me contuvo como pudo. Y también estaba Flora, que con casi el mismo miedo que yo había logrado cruzar. Entonces comenzó la siguiente lucha, encontrar a ese tal Daniel que nos iba a llevar hasta Cuzco. El tema, aparentemente, era que nadie quería hacer el trabajo de nadie, y menos gratis. Nosotros teníamos la vuelta paga, por supuesto, pero de los que nos tenían que llevar, ni rastros. Flora tuvo que pedir por favor, y comprometerse ella con pagarle al chofer en el supuesto de que en Cuzco, la empresa que habíamos contratado, no quisiera pagarle, y después de promesas y súplicas, por fin Flora logró su cometido y nosotros logramos 4 lugares en la combi.

UFFF!!!!!!!!!! Nunca un regreso se me había hecho tan cuesta arriba, aunque este también había tenido bastante de cuesta abajo.

Ya en la combi, una vez que todo lo peor había pasado, pudimos relajarnos y descansar pensando que al día siguiente, a esa hora, ya habríamos dejado Perú.

Y comenzó el retorno. Además de nosotros 4, viajaban un grupito de gringos todos rubios, altos, atlético, (qué comen los gringos? por qué todos parecían ser rubios, altos y atléticos???). Sin posibilidad de establecer contacto, (a esa altura, mis neuronas ya no hacían sinapsis, intentar hablar en otro idioma hubiese sigo una tarea titánica y no tenía fuerzas para enfrentarla), el regreso comenzó callado. Pero, así como después de la tormenta viene la calma, también hubo calma antes de la tormenta, así que este silencio que parecía inalterable, de pronto se vió absolutamente interrumpido, en medio del camino, nos topamos con un camión que tenía toda la cabina cayendo montaña abajo, y era sostenido por detrás por varios hombres que, con cuerdas, se esforzaban en no dejarlo caer. Increíble! En mi vida había visto cosa igual, salvo en las películas, claro, pero así, en vivo y en directo, jamás! Entonces la combi estacionó a un costado, y el chofer bajó y pidió socorro a calavera y Juan y al grupito de gringos rubios y atléticos. Por suerte, entre todos y a la voz de “tiren tiren” lograron subir a tierra firme al camión trapecista. Esta pequeña aventura, además de hacernos sentir en una película por 5´, le inyectó un poco más de bullicio a este viaje silencioso. Pero la emoción no duró mucho más, un ratito después, de a uno, íbamos cayendo en un sueño profundo…


Alrededor de las 19 hs. aproximadamente, llegamos a Cuzco.

Qué felicidad! Qué alegría! Qué contentura!

Lo primero que hubiésemos hecho, en circunstancias normales, hubiese sido volver a la agencia donde habíamos contratado la excursión, contar lo bien que la habíamos pasado, y devolverles la mochila que tan gentilmente nos habían alquilado. Pero las circunstancias distaban mucho de ser las normales, y lejos de agradecerles, queríamos pegarles por haber teñido nuestra excursión, que debió haber sido perfecta, de tantas cosas desagradables. Así que sin siquiera tener que charlarlo, con la mirada, calavera y yo decidimos cobrarnos con la mochila el mal trago que nos habían hecho pasar.

Ceci y Juan nos apoyaron un 100 % en nuestra decisión, y en una esquina nos despedimos de los chicos, cada cual debía volver a su hostel a reencontrarse con sus cosas y, en nuestro caso, prepararlo todo para viajar mañana, pero quedamos en volver a encontrarnos para cenar juntos.

Así que nos alejamos, y calavera y yo fuimos al hostel. Ahí nos enfrentamos a otra tormenta, la nuestra, la de Calavera y Jimena Luján. Un garrón! Aunque ahora me parece inevitable, después de todas las peripecias que habíamos vivido…

Así que así fue, nos gritamos un poco, pero después pudimos hablar otro poco, y finalmente nos arreglamos.

UFFFF! MUCHO! TOO MUCH!

A la noche, nos encontramos con los chicos, fuimos a comer pollo con ensalada y papas fritas, comimos como caballos y después a un bar a tomar un par de birras.

Nos despedimos pasándonos teléfonos, y ahora si, cada uno volvió a su hostel.

Casi sin poderlo creer, esa noche, al apoyar la cabeza sobre la almohada, caí rendida en un sueño profundo y placentero, por fin la pesadilla había terminado, sólo quedaba espacio para el sueño más dulce y placentero…

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