Si algo habíamos pensado bien, había sido justamente eso, hacer el viaje de ida en micro, y reservarnos el avión para la vuelta. Por supuesto que no contábamos con el agregado ese del pobre boliviano tiradito en el pasillo del micro con un repasador cubriéndole el rostro, pero sabíamos que para la vuelta seguramente estaríamos muy cansados, y que nos quedara la vuelta en avión era un aliciente más que reconfortante.
Mi hermana se había encargado de hacer la confirmación de los vuelos, y vía mail me había indicado que estaba todo ok, el único cambio, un agregado, en lugar de 2 aviones, tomaríamos 3, pero sin demasiado tiempo de espera entre uno y otro, y sinceramente, después de todo lo que habíamos pasado, no pensábamos que fuese un cambio relevante.
Llegamos al aeropuerto, hicimos todo el tramiterío, presentamos todos los papeles, y ahora si, sólo restaba esperar que saliera el avión, y para amenizar la espera, hacía días que venía soñando con el free shop y el riquísimo perfumito que me compraría libre de impuestos…
Primero fuimos a desayunar, compramos alguna tontería de recuerdo, (las tonterías de recuerdos las pensábamos comprar durante nuestro último día en Cuzco, pero siendo que nuestro último día en Cuzco fue en realidad en Santa Teresa, no habíamos podido comprar nada, bah, calavera no había podido comprar nada, yo, previsora, ya lo había comprado todo en Copacabana).
Y ahora si! Ya estaba lista para hacer la comprita del perfumito, la única comprita que a mi me interesaba hacer, y con la que venía soñando desde hacía días. No contaba con que, al tomar este avión, no tendría acceso al free shop…
UFA!
Pronto se hizo la hora de embarcar, y subimos al avión.
Ahhh!!! Qué lindo volar! Qué lindo estar entre las nubes! Qué lindo llegar tan rápido!
El vuelo fue cortito, apenas un par de horitas hasta La Paz, (nuevamente en tierras Bolivianas).
Una vez que aterrizamos, buscamos nuestras maletas, otra vez el tramiterío… y una vez que terminamos con todo, buscamos el free shop. Pero no, el próximo vuelo era dentro del país, así que tampoco teníamos acceso al free shop… De pronto, el perfumito comenzaba a evaporarse frente a mis narices. Lo único que nos quedaba por delante eran las 24 horitas de espera hasta el próximo vuelo.
Estábamos en La Paz, como poder, se podían hacer un montón de cosas, teníamos 24 horas!!! Pero después de todas las que habíamos pasado, calavera y yo decidimos no movernos del aeropuerto. Iba a ser una larga espera, pero estábamos seguros de que, si salíamos a recorrer la ciudad, algo nos iba a pasar, quizás nos cayéramos en un pozo sin fondo, o nos secuestraran narcotraficantes del cartel de Juarez, o fuéramos abducidos por algún objeto volador no identificado, y claro, perderíamos el avión. Así que no, no íbamos a salir. En cambio, teníamos un lugar de Internet, un libro cada uno, música para escuchar con los auriculares y un bar donde clavarnos algo cada tanto, cuando la ansiedad se tornara insoportable. El tiempo se pasaría lento, pero estaríamos seguros, qué nos podía pasar en un aeropuerto, no???????????????????
Así que, con todos nuestros petates alrededor, nos acomodamos en un par de poltronas, y dimos rienda suelta a la espera interminable.
En algún momento, el hambre se hizo insoportable, y nos metimos en uno de los dos bares que había para comer un bocado. Yo me pedí una ensalada cesar que estaba buenísima, y calavera optó por un sándwich que no lo dejó del todo conforme. Siempre lo digo, no hay nada que hacerle, vayamos a donde vayamos, siempre hago mejores elecciones de menú que calavera, (algunos me intoxican y casi me matan, pero esas son otras cuestiones).
Al caer la tarde, de a poco, el aeropuerto se fue vaciando, los negocios fueron cerrando, y para las 21 hs, no quedaba ni el loro… o mejor dicho, sólo quedaba el de seguridad, nosotros dos y el loro…
Yo solita me había embarcado en la difícil tarea de leer “La Montaña Mágica”, libro que fielmente me acompañó a lo largo de todo el viaje, y que aún hoy conservo en la mesita de luz, con la ilusión de terminarlo algún día, y mientras estaba con toda mi atención sumergida en la lectura, calavera, desde otro plano de la realidad, me comunica que no se sentía bien… quizás el sándwich le había caído mal???
Cerca de las 23 hs, y sabiéndonos dueños absolutos del aeropuerto, nos estiramos sobre las poltronas lo más comodamente que pudimos, y nos dedicamos a intentar hundirnos hasta el fondo en el sueño más profundo.
En eso estaba cuando, después de unos bruscos movimientos hacia un lado y hacia el otro, veo como calavera se levanta corriendo.
Al rato, y más blanco que la sal de Uyuni, volvía después de haber descargado parte de su anatomía en el inodoro del baño. Y así seguiría durante toda la noche…
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