jueves, 5 de agosto de 2010

LAS PARALELAS NO SE CRUZAN

Un paréntesis. Las vacaciones finalmente no fueron más que un paréntesis, o unas vacaciones dentro del ajetreado ida y vuelta de las vidas paralelas…

Recuerdo perfectamente ese viernes. Una vez que el hermano de calavera y la mujer se fueron de casa, calavera se acostó, (recordemos corridas al baño durante la noche anterior, abrazo a maceta con palmera, bolsita en el avión, etc), estaba lógicamente cansado y debilitado, y pronto se quedó dormido.

Yo, en cambio, me puse a ordenar, a desempacar, guardar y hacer lavados. No quería dormir, no quería acostarme, cerrar los ojos y ser vencida por el sueño y el cansancio, no quería porque no sabía qué podría suceder después. Pero era una batalla perdida de antemano, el sueño, más tarde o más temprano, me vencería y se apoderaría de mi para trasladarme vaya a saber a qué realidad…

Evidentemente, el cambio de latitudes, había posibilitado la continuidad de mi vida sin saltos hacia otras realidades, si hubiese seguido yirando por tierras bolivianas, peruanas, o por cualquier otra que no compartiera latitudes con el sitio de origen, seguramente seguiría viviendo la realidad de aquella Jimena Luján a la que con tanto ahínco intentaba volver desde antes de comenzar el viaje. Como si el cambio de latitud hubiese “mareado” al mecanismo que se pone en juego cuando se producen los saltos de realidades. Pero al volver a la latitud de origen, el mecanismo, que nunca abandonó su estado de alerta, enciende todos sus sensores que se ponen en marcha para rastrear a aquel que había osado engañar sus tentáculos receptores cambiando, sin aviso previo, su latitud de residencia. Por eso, caer nuevamente en el abismo de los saltos temporales, era una cuestión de tiempo. Yo tenía la esperanza de que el tiempo con que contara, me diera alguna chance de acción antes de caer nuevamente en otra realidad. Pero era sólo una ilusión, y para cuando me venció el sueño, yo aún estaba intentando dilucidar en mi cabeza todos estos razonamientos, mientras apilaba a un costado calzas, medias, remeras y buzos que no tendrían otro destino más que el lavarropas. Pero el sopor fue superior, y ya entrada la madrugada caí rendida, sentada en el piso, con la espalda recostada en las patas del sillón, con una calza llena de barro y polvo en una mano y una remera aún sudorosa en la otra.

Cuando desperté, a la mañana siguiente, todo rastro del viaje había desaparecido. Y todo rastro de calavera también. Nuevamente, la musculosa de pelo corto se había apoderado de mi, nuevamente, ya no era yo la dueña completa de mi ser, nuevamente debía correr contra reloj en un intento desesperado de reencontrarme con mi vida…

Cómo explicar la angustia? Deseaba no haber vuelto nunca, no haber tomado nunca ese avión. Pero sería una fugitiva toda la vida… Por otra parte, la matriz que todo lo sabía, se daría cuenta de que uno de sus eslabones no estaba en su lugar y comenzaría mi rastreo por todas latitudes. Sabía que, más tarde o más temprano, finalmente me encontraría, y sólo Dios sabe qué realidad me depararía a modo de represalia.

Es innegable que estas cosas, las realmente serias, las que realmente te colocan entre la espada y la pared, tienen la virtud de acomodar todo en su justo rango. De pronto, el camino a Coroico, las 6 horas de caminata en subida o la vuelta por la montaña, el abandono de los guías y el atravesar caminos empantanados y derrumbados no parecían ser tan malos… Casi desee haber caído aquel día barranco abajo por la montaña, rumbo al infinito y más allá… Pero no! No podía dejarme caer en la desesperación! No podía rendirme tan fácilmente, no, al menos, sin oponer resistencia. Debía luchar con todas mis fuerzas y hasta las últimas consecuencias por volver a tomar las riendas de mi vida. Aunque en ello me fuese la vida, aunque fuese lo último que hiciera… lo último…

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