El despertar fue un tanto… como decirlo… ruidoso. En principio, vecinos de cuarto que ya habían dado por satisfecho el descanso requerido por sus cuerpos, decidieron prestarle atención a otros requerimientos de su pretenciosa anatomía, dando rienda suelta a la algarabía de la carne.
Intentando satisfacer el requerimiento de mi no menos pretencioso cuerpecito que consideraba que aún no había descansado lo suficiente, seguí durmiendo mientras soñaba con gangsters y princesas.
Un rato después, la ruidosa mañana nos sacó de la cama a los gritos pelados. Aparentemente, una turista alojada en el hostel, -mi intuición me dice que se trataba de la misma que, hacía un rato, había estado alardeando con alaridos desproporcionados- estaba tomando una ducha cuando se percató de que estaba siendo fotografiada por uno de los empleados del hostel.
Con calavera, a pesar de que teníamos muchas cosas para hacer, (recorrer la ciudad, por ejemplo), decidimos quedarnos un rato más en la habitación, con la oreja pegada a la puerta, para no perder detalle de lo que la atormentada mujer, entre sollozos, relataba mientras que pedía a gritos que llamaran a la policía. La recepcionista del lugar, queriendo defender lo indefendible, -es que el muchacho tiene aires de paparazzi- no sabía cómo tranquilizarla, (a mi sólo me hubiesen podido calmar con un dardo tranquilizante). Para cuando llegó la dueña del hostel, ya todo se había vuelto bastante más escabroso de lo que imaginamos, y no alentaba seguir escuchando detrás de la puerta. Así que nos abrigamos bien, y con un cortés “buenos días”, saludamos a la policía, a la turista con los ojos inyectados en sangre, a la dueña que intentaba mantener la compostura a toda costa, y a la recepcionista con cara de “esto no estaba incluido en el sueldo”. Y así, muy campantes, nos fuimos a desayunar.
Calavera quería llevarme a un lugar donde solía desayunar él, cuando con un amigo había estado en Cuzco hacía ya 3 años. Pero o el lugar no estaba más o no lo encontró, y buscando, buscando caímos en otro lugar repleto de exquisiteces.
Luego comenzamos la recorrida de la ciudad, a la vez que íbamos averiguando opciones para realizar la excursión al Machupicchu. La situación era la siguiente: por las inundaciones producidas en febrero, Machupicchu fue cerrado al público, y recién volvío a abrirse el 01/04, es decir, dos días antes. Pero los caminos no estaban aún en condiciones óptimas como para llegar al lugar sin problemas, y la mejor opción era el tren. Cuando averiguamos por esta opción, nos dijeron que hasta el día 09/04 no había lugar, y para esa fecha, ya estaríamos de vuelta en Bs. As. La desilución fue enorme, pero las ganas de conocer Machupicchu era más enorme aún, y sin darnos por vencidos, seguimos averiguando. Finalmente, contratamos una excursión que te aseguraba el feliz arribo al lugar vía terrestre…
La excursión constaba de un micro hasta un lugar donde había que cruzar un río en tirolesa, luego caminar bastante hasta una estación de tren que nos llevaría a Aguas Calientes, la noche en un hotel, la visita con guía al Machupicchu para el día siguiente, otra noche en el hotel, y luego la tirolesa de vuelta hasta el lugar donde debíamos tomar el micro de regreso a Cuzco. Todo, por supuesto, con las correspondientes comidas y colaciones.
Ya tranquilos con nuestro baucher de la excursión bien guardadito, seguimos disfrutando de la ciudad.
Luego volvimos al hostel a tomar una ducha, y mientras rezaba por no estar siendo espiada por ojos ajenos, me esforzaba probando poses, por las dudas, para salir lo más decorosamente posible en fotos indiscretas de pseudos paparazzis…
Después de una ducha reparadora, tirarse a mirar un poco de tv fue un placer recuperado, que por un momento me hizo caer en la tentación de cancelar toda excursión posible y trocarla por una estadía de cómoda poltrona, papas fritas bien saladas, mucha coca-cola y sobredosis de tv. Pero la vida del turista es sacrificada y, como un soldado, en la primera propaganda, me puse de pie y comencé a armar la mochila para nuestra excursión a las ruinas incas. Los de la agencia donde habíamos contratado la excursión, nos habían alquilado una mochila, que debíamos pagar y devolver a la vuelta-, que estaba buenísima, y si bien era grande, no era TAN grande como las mochilas con las que viajábamos, así que pesaba menos.
Una vez organizado el temita de las mochilas, ya bañaditos y cambiaditos, y con un hambre feroz, salimos a cenar por las frías calles de Cuzco. Al día siguiente debíamos arrancar muy temprano a la mañana, así que lo mejor era tempranito, estar bien guardaditos en la cucha, con el edredón hasta las pestañas y disfrutando de los últimos momentos televisivos, hasta el regreso de la visita a las ruinas.
Cada vez un poquito más cerquita de MACHUPICCHU!!!
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