miércoles, 11 de noviembre de 2009

Choreo... pero con créditos!!!

En un acto de absoluta admiración, transcribo, a continuación, un cuento, sacado de una recopilación de cuentos populares italianos que recopiló y adaptó Italo Calvino, ("Cuentos Populares Italianos. Tomo II", Italo Calvino, Ediciones Librerías Fausto. Habiendo hecho mención a los créditos correspondientes, nobleza obliga: créditos 2: A mi hermana, que me habló del cuento y me prestó el libro, gracias, muchas, sister!

COMO A LA SAL

Había una vez un rey que tenía tres hijas: una morocha, una castaña y una rubia. La primera era feucha, la segunda más o menos, y la más pequeña era la más buena y hermosa. Y las dos mayores le tenían envidia. Ese Rey tenía tres tronos: uno blanco, uno rojo y uno negro. Cuando estaba contento usaba el blanco, cuando estaba más o menos usaba el rojo, cuando estaba irritado el negro.
Un día fue a sentarse en el trono negro, porque estaba enojado con las dos hijas mayores. Ellas empezaron a fastidiarlo con sus zalamerías.
-Señor padre -le dijo la mayor-, ha descansado bien? Está enojado conmigo que lo veo en el trono negro?
-Si, contigo.
-Pero por qué, señor padre?
-Porque no me amas.
-Yo? Yo lo amo, señor padre, claro que si.
-Cuánto?
-Como al pan.
El Rey resopló un poco, pero no dijo nada porque estaba muy complacido con esa respuesta.
Vino la hija segunda.
-Señor padre, ha descansado bien? Por qué está en el trono negro? No estará enojado conmigo, no?
-Si, contigo.
-Pero por qué conmigo, señor padre?
-Porque no me amas.
-Pero claro que lo amo...
-Cuánto?
-Como al vino.
El Rey farfulló algo entre dientes, pero se veía que estaba satisfecho.
Vino la más pequeña, muy sonriente.
-Oh señor padre, ha descansado bien? En el trono negro? Por qué? Se habrá enojado conmigo, tal vez?
-Si, contigo. Porque tú tampoco me amas.
-Pero yo si que lo amo.
-Cuánto?
-Como a la sal!
Al escuchar esa respuesta, el Rey montó en cólera.
-Como a la sal! Como a la sal! Ah, desgraciada! Fuera de mi vista, que no quiero volver a verte! -y dió orden de que la llevaran a un bosque y le dieran muerte.
Su madre la Reina, que realmente la amaba, en cuanto supo la orden del Rey se devanó los sesos para hallar el modo de salvarla. En el Palacio Real había un candelero de plata así de grande, donde Zizola (así se llamaba la hija menor) cabía sin dificultad, de modo que la Reina la escondió ahí adentro.
-Ve a vender este candelero -le dijo a su servidor de confianza-, y cuando te pregunten cuánto cuesta, si es gente pobre diles un precio alto, si es un gran señor dáselo por nada.
Abrazó a la hija, le hizo mil recomendaciones, y en el candelero pusieron higos secos, chocolate y bizcochos.
El servidor llevó el candelero a la plaza y, cuando le preguntaban el precio, a los que no le caían bien les pedía un despropósito. Finalmente pasó el hijo del Rey de Torralta, examinó el candelero parte por parte, y luego preguntó cuánto costaba. El servidor le pidió un precio irrisorio y el Príncipe hizo llevar el candelero a palacio. Lo hizo instalar en el comedor y todos los que vinieron a comer se deshicieron en elogios.
A la noche el Príncipe iba a conversar afuera; como sin embargo no quería que nadie se quedara esperándolo, los servidores solían dejarle la cena preparada y se iban a acostar. Cuando Zizola se dió cuenta de que no había nadie en la sala, salió del candelero, se comió toda la cena y volvió a su escondite. Llega el Príncipe, no encuentra nada para comer, hace sonar todas las campanillas y empieza a injuriar a los servidores. Ellos no se cansaban de jurarle que habían dejado la cena lista, que debía habérsela comido el perro o el gato.
-Si vuelve a pasar, los despido a todos -dijo el Príncipe; se hizo traer otra cena, comió y se fue a dormir.
A la noche siguiente, pese a que todo estaba cerrado con llave, ocurrió lo mismo. Parecía que los gritos del Príncipe iban a derrumbar la casa; pero luego dijo:
-Vamos a ver mañana a la noche.
Y qué hizo el día siguiente a la noche? Se ocultó bajo la mesa, cubierta con un mantel que llegaba hasta el piso. Vienen los servidores, ponen los platos con todos los manjares, hacen salir al perro y al gato y cierran la puerta con llave. Apenas se retiran, se abre el candelero y sale la bella Zizola. Se acerca a la mesa y se pone a comer a manos llenas. Sale el Príncipe, la toma de un brazo, ella trata de escapar pero él se lo impide. Entonces Zizola cae de rodillas y le cuenta su historia de cabo a rabo. El Príncipe ya se había enamorado ardientemente. La calmó y le dijo:
-Bien, por lo pronto te digo que serás mi esposa. Ahora vuelve adentro del candelero.
Cuando se acostó, el Príncipe no pudo cerrar un ojo en toda la noche, a tal punto estaba enamorado; y por la mañana ordenó que trasladasen el candelero a su cámara, porque era tan bello que de noche quería tenerlo cerca. Luego dio orden de que llevasen porciones dobles de comida a su cámara, porque tenía hambre. Así le llevaron el café, y luego una colación, y el almuerzo, todo doble. En cuanto le traían las bandejas, cerraba la puerta con llave, hacía salir a su Zizola y comían juntos con gran alegría.
La Reina, que estaba sola en la mesa, se puso a suspirar:
-Pero qué tendrá mi hijo contra mi que no baja a comer conmigo? Qué le habré hecho?
El siempre decía que tuviera paciencia, que quería estar solo; hasta que un buen día le dijo:
-Quiero tomar mujer
-Y quién es la novia? -dijo la Reina muy contenta.
-Quiero casarme con el candelero! -dijo el Príncipe.
-Caramba, mi hijo se ha vuelto loco! -exclamó la Reina tapándose los ojos con las manos.
Pero él hablaba en serio. La madre trataba de hacerle entrar en razón, de hacerle pensar en lo que diría la gente, pero él seguía en sus trece: dio orden de preparar la boda en un plazo de ocho días.
El día acordado un gran cortejo de carrozas salió de palacio, y en la primera iba el Príncipe acompañado por el candelero. Llegaron a la iglesia y el Príncipe hizo trasladar el candelero frente al altar. Cuando llegó el momento, abrió el candelero y entonces salió Zizola, vestida de brocado, con tantas piedras preciosas en el cuello y las orejas que irradiaba esplendor por todas partes. Celebradas las bodas y de vuelta en palacio, refirieron a la Reina toda la historia. La Reina, que era una pícara, dijo:
-Déjenlo por mi cuenta que a este padre le quiero dar una lección.
Así pues, organizaron el banquete de bodas e invitaron a todos los Reyes de la vecindad, incluso el padre de Zizola. Y la Reina hizo preparar una comida especial para el padre de Zizola, con todos los platos sin sal. La Reina anunció a los invitados que la novia no se encontraba bien y no podía asistir al banquete. Se pusieron a comer; pero la sopa del Rey era insípida, de modo que se puso a mascullar: "Este cocinero, este cocinero, se olvidó de salar la sopa." Y se vió obligado a dejarla en el plato.
Después vino el guiso, también sin sal. El Rey dejó el tenedor a un lado.
-Por qué no come, Majestad? No le gusta?
-Pero no, está muy bueno, muy bueno.
-Y por qué no come?
-Eh, no me siento muy bien.
Intentó llevarse a la boca un pedazo de carne, pero por más que masticaba no la podía tragar. Y entonces recordó la respuesta de su hijita, que lo quería tanto como a la sal, y fue presa del remordimiento y el dolor, y de a poco rompió a llorar, diciendo:
-Ay, desgraciado de mi, qué hice!
La Reina le preguntó qué le ocurría, y él empezó a contar toda la historia de Zizola. Entonces la Reina se levantó y mandó llamar a la novia. El padre la abrazó y lloró y le preguntó cómo había llegado allí. Le parecía como si hubiese resucitado. Mandaron llamar también a la madre y reiniciaron la boda con una fiesta todos los días, y creo que todavía siguen bailando.

FIN

Ninguna saladicta lo podría haber contado mejor...

2 comentarios:

  1. Conozco este cuento!! como buena saladicta yo lo tuve desde pequeña!! pero en mi version cuando el padre preguntaba si lo amaban, ella respondia:- tanto como la carne quiere a la sal...
    Esta respuesta quedo grabadisisma en mi memoria, tanto es asi, que siempre que tengo un bife o un corte de asado delante recuerdo esta frase y digo..tal cual, tanto como la carne quiere a la sal... que declaracion de amor...
    Mi librito se llamaba "Gorro de Juncos" jajajaja, que lindo recordarlo!!
    besos amiga!!

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  2. "...tanto como la carne quiere a la sal...", qué bueno!!!
    Qué lindo, de pronto, encontrarse con algo de la infancia, no? Qué buen viaje! Y si, los viajes a la infancia, en general, son buenos viajes...

    Besos!!!

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