Mi abuela materna se murió el 11 de julio de 2008. Ya era muy viejita, y si bien hasta el último día gozó de absoluta lucidez, hacía unas cuantas semanas que estaba internada y todo parecía indicar, como de hecho sucedió, que esta vez era en serio…
La vi por última vez el feriado del 9 de julio, un día después de mi cumple, que la fui a visitar a la clínica. Y se murió 2 días después, el viernes 11 de julio, un día antes de que festeje mi cumpleaños n° 32.
Para colmo de males, por aquella época, yo andaba penando con las heridas del “a mi no me pasa”, así que, en definitiva, no fue una buena época. Pero, tras la insistencia de mi madre, mi hermana y amigos, el cumple lo festejé igual y agradecí mucho a todos los presentes.
De mi abuela conservo los mejores recuerdos, (y si, siempre es mejor recordar los mejores recuerdos, para recordar los otros, yo prefiero directamente olvidar a la persona), sus historias, su bondad y, sobre todo, la época de nuestra niñez cuando íbamos mi hermana y yo los viernes a dormir a su casa, ERA LA GLORIA!!!
Un tiempo antes de esta última internación de mi abuela, unos meses antes, yo estaba en su casa de visita. La había ido a visitar a ese especie de museo repleto de cosas que me anclaban una y otra vez en mi infancia, en la vieja casa de Piedras al 700, en las horas de siesta llenas de juegos, escondidas, manchas y sándwiches con pan de figaza.
Esa tarde, en que como otras, nos hicimos mutua compañía y me contó por milésima vez viejas historias de ella cuando era chica, que yo conocía de memoria pero que me encantaba que me volviera a contar, esa tarde, se largó a llover. Pero con una furia! Se largó una tormenta de esas que te paraliza. Y yo de cuerpito gentil, sin piloto, sin paraguas, sin nada. Cuando llegó la hora de retirarme, mi abuela le pidió a Rosa que me prestara uno de sus viejos pero impecables paraguas. Rosa era la señora que por aquella época y hasta el último día de mi abuela, vivía con ella en su casa. Era una señora que la cuidaba y se quedaba con ella, así que por eso le estoy muy agradecida, pero sinceramente, yo no la quería. Y creo que se me notaba y también creo que ella tampoco me quería a mi, es decir, la simpatía era mutua, je!
Pero aquella tarde, Rosa fue en busca del paraguas, me lo dio, y en ese mismo acto mi abuela sentenció: “Y quedatelo, nena, si total tenemos otro... y más para qué queremos, si ni salimos” Era cierto, en la última época, ni salía de su casa mi abuela. Y yo tomé ese regalo como una ofrenda en vida. Era el paraguas de mi abuela, a lo largo de toda mi vida, la había visto cientos de veces con ese paraguas, a ella y a mi tía, era el paraguas de la abuela.
Así que me fui con el paraguas, uno de esos viejos y buenos paraguas, fuertes, que no se doblan con el primer viento. Y llegué sequita a casa, cubierta por el halo protector del paraguas de la abuela...
En una de las veces que la fui a visitar a mi abuela a la clínica, en aquella última internación, llovía, y por tanto, fui con el paraguas. Había ido con mi mamá y estuvimos un rato juntas, con mi abuela, acompañándola. También estaba Rosa, claro.
Esa tarde, cuando terminó el horario de visita, mi mamá y yo salimos juntas de la clínica, ya no llovía. Caminamos una cuadra, y al llegar a la esquina, descubro, con estupor, que me había olvidado el paraguas. Corriendo volví a la clínica, a zancadas subí las escaleras hasta llegar al piso donde se encontraba mi abuela, y en el lugar donde recordaba haber dejado el paraguas por última vez, su ausencia me informó lo peor: alguien se lo había llevado.
Con la esperanza esa que queda cuando ya no queda nada, fui al sector donde van a parar los objetos perdidos, olvidados, desdeñados, y había paraguas de todos los colores y tamaños, pero no estaba el paraguas de la abuela.
Cabizbaja, salí de la clínica a encontrarme con mi mamá, que continuaba en la esquina esperándome. Desde que me vió se dio cuenta, antes por mi expresión que por la ausencia del mismo, de que lo había perdido. Cuando di por cierta su sospecha, la nube que se adueñó de su rostro me informó que su desilusión era aún mayor que la mía. De todos modos, soltó una frase alentadora “no era más que un paraguas”, aunque las dos sabíamos que si era más, era mucho más que un simple paraguas.
Esa fue la primera vez que perdería el paraguas de la abuela. La primera, de muchas…
Al día siguiente del día de la pérdida, mi mamá nuevamente fue a visitar a mi abuela a la clínica, y ahí se encontró con Rosa que mostraba como un trofeo el paraguas de la abuela: “se lo olvidó ayer, Jimena, lo dejó en el pasillo” “si, volvió corriendo a buscarlo y ya no estaba”, le contestó mi madre. Por la noche, además de contarme que el paraguas había aparecido, también me dijo que había vuelto a las manos de su dueña, (¿?), aseveración por la que monté en cólera argumentando que MI abuela me lo había regalado y que la vieja bruja de Rosa estaba mintiendo. Y como soy la pequeña de mi mamá, al día siguiente, nuevamente en su visita a la clínica, se sacó la duda, confirmó mi versión de boca de mi abuela, Rosa se metió sus palabras ahí, donde no le da el sol y esa noche recuperé el paraguas de la discordia.
Esa fue la primera vez que lo recuperaría. La primera, de muchas…
Lo que siguieron, fueron olvidos en casas de amigos, en bares, en negocios, todos acompañados el momento “parálisis con estupor” y el mágico reencuentro con el bendito paraguas.
Pero ayer, sucedió lo que estaba cantado y me negaba a aceptar.
A la mañana, salí de casa armada con mi paraguas, el pronóstico anunciaba con alarma que llovería toda la tarde, ALERTA METEOROLÓGICA, avisaban desde los noticieros. Pero no, no llovió en toda la tarde, no llovió hasta bien entrada la noche. Claro que, a la mañana, no podía saberlo, así que estuve todo el día con el paraguas acuestas. Al finalizar mi día laboral, me fui rauda a tomar el 5 para llegar a mi clase de pilates. Los lunes normalmente no tomo la clase, pero sabía que hoy no podría ir, así que quise adelantarla. Crucé corriendo la Av. Córdoba porque ahí, paradito, estaba el 5 aguardándome. Compré el boleto abajo, al sr. que normalmente los expende, trepé los altos escalones y me dirigí a los asientos del fondo. Quedaba libre el del lado de la puerta, justo el de la ventanilla, así que hice todo el recorrido sentada en ese rincón. Al llegar a mi parada, bajé corriendo una vez más, y así crucé Av. Rivadavia para llegar a tiempo a la clase de las 18. Al llegar me anunciaron que estaban todos los lugares ocupados, que no había llamado nadie para cancelar, pero aún faltaban llegar dos de las chicas, y como la esperanza es lo último que se pierde, me cambié con la ilusión de que la fiaca venciera a alguna de las dos chicas que faltaban, y así poder tomar la clase. Pero llegaron, las dos, así que, a sabiendas de que había hecho todo lo posible y de que ya no quedaba más por hacer, con la tranquilidad de conciencia que sólo da haber agotado todas las posibilidades, volví a casa.
En casa tenía cosas que hacer, le había prometido a calavera un peceto a la mostaza, así que puse manos a la obra en el asunto. Y me bañé, y escuché la radio, y puse las sábanas a lavar, y luego las colgué y estuve con la compu, y escribí… Al rato, al rato largo, recién, me di cuenta, con terror, de lo ocurrido: no sólo no tenía el paraguas, sino que no tenía ni la menor idea dónde podría haberlo dejado.
No tengo un registro claro de cuándo fue que tuve el paraguas conmigo por última vez. Se que lo tuve todo el día colgando de mi silla de la oficina, custodiando mis espaldas. Se que al irme del trabajo lo tomé. Pero justo a la salida del laburo me encontré con gente, me quedé charlando, y luego comenzó la carrera que siguió hasta llegar a pilates, así que no se si se me cayó en la calle, si lo olvidé en el 5 o si me lo dejé en pilates.
Mañana tengo que volver a pilates, entonces me enteraré de la verdad. No me animé a llamar, porque no quiero corroborar que lo perdí: si no está en pilates, no creo que vaya a recuperarlo. Así que un poco alargando la agonía, otro poco alargando la esperanza, aún no me atrevo a enfrentar la verdad... Como si escribir esto sirviera para exorcizar el demonio de la pérdida, como si el ruego lanzado al espacio, a la galaxia, a las estrellas, pudiera ser escuchado y el paraguas apareciera como por arte de magia, como tantas otras veces que volvió a mi como el arco al puño de Ulises.
No se, ojalá, ojalá recupere el paraguas. Quizás sea un modo de dejar ir a mi abuela??? Ahoa se me ocurre, no lo se…
Lo que si es evidente, es que ésta ha sido una semana abuelística, una semana melancólica, una semana de añoranza de abuelas, de tenerlas presentes y recordarlas y nombrarlas…
Besos abuelas! Besos enormes a las dos! Se que deben de estar divirtiendose allá arriba, disfrutando del reencuentro con tanta gente, con los abuelos, volviendo por estos lares de vez en cuando, a festejar algún cumpleaños de alguna nieta… y si es que en el cielo llueve, posiblemente, cubriéndose con MI paraguas!!!
genial jim!! que bien que narraste este artículo...la verdad lo leí casi sin respirar de la emoción y es obvio haciendo un paralelo con mi santa abuela que adoro y que todavía me aguanta!! besos linda amiga
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